Un
tipo enjuto, extravagante, de tez demacrada por el exceso de años y nívea barba
donde las hubiera. Sobre su sesgada cabeza, las cada vez más escasas canas
daban fe de una carrera de estrés, dolencias, tedio y demás malas experiencias.
Gajes del oficio, simplemente eso.
Y,
¿qué peor oficio hay que el de la crítica?¿Existe acaso una labor menos
satisfactoria que desprestigiar obras ajenas?.<<Pero alguien tiene que
hacerlo.-se decía a sí mismo el señor Miguel, todas las mañanas.-Si no hubiese
críticos, el mundo estaría abocado a sufrir toda clase de estupideces sin
sentido. Los libros no valdrían nada si no hubiese alguien que los diseccionase
meticulosamente.-aunque el motivo de tal bisección fuese tan solo deshonra al autor.-Tiene que haber
críticos, y no hay más que hablar.>>
Y
sin darle más vueltas, aquel día veintisiete de diciembre, ponía rumbo hacia el
metro, como había hecho todos los días desde hace… hace demasiado tiempo,
demasiado. Y allí estaba, en su querida línea seis, abarrotada de estudiantes,
como todas las mañanas.
Hacía
años, él también había sido uno de esos estudiantes, lleno de ilusión y dudas,
y de inquietudes que le quitaban el sueño noche tras noche. Recordó en aquel
momento a aquel joven que soñaba con ser escritor, escribiendo todo el día en
su libreta de anillas, leyendo las grandes obras de quienes le precedieron. Y
sobretodo, volando. Cuando era joven, el ahora anciano señor Miguel se pasaba
las horas muertas volando sobre su mundo, sobre sus ideas, y sobre todo aquello
que quería decirle a los demás, pero que jamás dijo; sobre lo que se tuvo que
callar delante da aquel profesor tan incompetente, y sobre todo lo que jamás le
había dicho a aquella chica de la que nunca supo siquiera el nombre. Recordó
las noches en vela que pasó delante de su mesa, hilando unas palabras con
otras. Recordó el cansancio en los dedos, las manos llenas de tinta, los folios
inconclusos…
Pero
ya no; aquello había quedado atrás. Ahora lo que hacía era descuartizar las
obras de otros autores, para llenar con ellas sus columnas semanales de aquel
periódico barato, en el que era famoso por su dureza a la hora de desmenuzar
sueños.
-Próxima
estación, Ventura Rodríguez.-dijo aquella voz que quería ser melodiosa sin
conseguirlo.
Se
bajó del vagón del tren sin demasiadas ganas y ascendió suavemente por las
escaleras mecánicas, que tanto obsesionaban al viajero medio, el que tanta
prisa tiene siempre. Llegó por fin a la calle, y de la calle al edificio de las
oficinas, y de allí a su despacho, junto a los editores. Lo poco bueno que
había tenido aquel día se esfumó en cuanto vio el libro que le habían dejado en
su mesa. No era sino la obra de otro escritor novel que acababa de publicar
cualquier cosa, como de rutina.
<<Demasiado
corto.-pensó.-No me dará problemas.>>
Y
arqueando una ceja, revisó aquel tomo palabra por palabra, coma por coma,
escudriñando al máximo, todas y cada una de las composiciones gramaticales que
estaban allí presentes. Aquel no era un buen autor: a veces era demasiado
directo, otras veces se iba por las ramas; en ocasiones era demasiado
coloquial, o demasiado serio; la historia era incoherente, demasiado irreal,
absurda, carente de significado. Para el veterano señor Miguel, lo importante
era el orden: si la obra no se entendía, no sería una buena obra; aquello lo
sabía todo el mundo, y sobre todo sus lectores. Tampoco sería un buen libro el
que no mostrase nada que entender, como los que tanto se leen en estos tiempos,
donde los héroes clásicos se retuercen para gustarle a las quinceañeras.
En
aquel caso, tenía ante él un libro completamente estúpido, seguramente como su
autor. Podía incluso imaginarse a aquel sujeto: gafazas de pasta, greñas
desordenadas, aspecto descuidado y alguna camiseta con algún chiste patético
grabado como emblema. <<¿Qué se puede esperar de un idiota que lleva el
patetismo como emblema? Pues más patetismo, evidentemente.>>
Cerró
el libro con desdén, y escribió un par de notas en un folio. Ya seguiría por la
tarde, después del habitual café.
Bajó
al bar de la esquina, donde se pidió el típico lodesiempre mientras
charlaba con un colega del periódico acerca del estado del país, el mal tiempo
que hacía y de lo caro que se había puesto todo. Desde luego, al bueno de
Miguel nunca se le ocurriría poner en duda la espectacular capacidad de
análisis que tenía un grupo de amigos reunidos en un bar, muy superior a la de
cualquier experto, se dijese lo que se dijese.
Para
su sorpresa, y para la del resto de sus acompañantes, reusó su invitación de ir
a comer con ellos, como la inmensa mayoría de los días. Prefirió volver a su
mesa, como si hubiese habido algo en aquel libro que no le hubiese parecido del
todo mal, algo que le llamaba para seguir leyendo. Volvió a la sede del
periódico y subió las escaleras con una prisa que no acababa de explicarse.
Se
dejó caer sobre su silla, y cogió de nuevo el libro que acababa de dejar a
medio leer. Comenzó un capitulo, y luego otro, y otro, y otro más, sin acabar
de entender muy bien por qué lo estaba haciendo. Aquel libro era malo, era
horriblemente malo. Y sin embargo, había algo en él que le llamaba. Cuando
quiso darse cuenta, ya eran más de las siete, y la gente empezaba a dejar la
oficina, pero él estaba atado.
Y
no fue hasta tres horas más tarde que acabó su trabajó, llegando al fin a la
última página del tomo. Aquello era absurdo, era completamente absurdo: la
historia se cortaba de pronto, como si hubiesen arrancado las últimas páginas,
justo cuando la historia parecía ir a algún sitio. Examinó la portada y el
lomo, buscando alguna pista; quizá aquella solo era la primera parte de una
obra más extensa, pero no había nada que así lo indicara. Miró a su alrededor,
buscando a alguien a quién preguntarle, pero no había nadie, le habían dejado
solo. Seguramente abajo encontrase aún a algún que otro bedel vigilando la
portería, pero ¿Qué iba a saber un bedel de aquel libro. Nada. Muy a su pesar,
no le quedaba más remedio que volver a su casa, y esperar a mañana para
resolver todas aquellas dudas. Lo más probable es que se enfrentase a un
ejemplar defectuoso.
Volvió
a coger el metro, intranquilo, y en aquella ocasión no se fijó en las personas
con las que compartía vagón en el corto trayecto de vuelta. Subió a su piso, y
sin molestarse en cenar se apresuró a acostarse en su pequeña cama. Como era de
esperar, no pudo conciliar el sueño en toda la noche: había algo dentro de él
que le mantenía despierto, pero la cuestión estaba en que no tenía ni la más
remota idea de qué era. Recorrió mentalmente todas las líneas de aquel libro
que tanto le había perturbado aquella tarde, y no encontró ninguna anomalía en
comparación con otros muchos trabajos que había llevado a lo largo de los años,
y que le habían resultado igual de sencillos. ¿Qué tendría de especial aquel
último?
Quizá
hubiese llegado el momento de la jubilación; llevaba ya un tiempo dándole
vueltas a la idea, pero hasta entonces, siempre la había rechazado. No quería
dejar de trabajar: aquello acabaría con él.
¿Se
estaría volviendo loco? La simple idea le aterraba.<<No,-se dijo a sí
mismo.-los locos oyen voces, los locos queman edificios o creen que alguien les
está siguiendo por la calle.>> El solo se había envejecido sin darse
cuenta.
Y
fue en aquel momento, a un par de horas de que amaneciera, cuando todo pareció
cobrar sentido. Como un rayo, un escalofrío recorrió su espalda, haciendo que
se estremeciese. Se levantó de su cama
como una exhalación, y recorrió su piso a grandes zancadas mientras contenía la
respiración, y con un fuerte tirón, abrió el armario del final del pasillo.
Revolvió las mantas que había almacenadas allí, junto a murallas de libros,
trajes viejos y demás trastos testigos de su paso por el mundo. Y justo en el
rincón más profundo, en la zona más llena de polvo, encontró la caja que estaba
buscando.
La
rescató y sopló para quitarle la suciedad de encima, y sin esperar un momento,
volcó su contenido sobre el abombado parqué. Cientos de papeles cayeron
desordenados en remolinos de hojas blancas y amarillentas. El anciano Miguel se
tiró sobre ellas y comenzó a revolverlas con ansia, lanzando folios hacia los
lados.
Y
allí estaba, justo debajo de todo el montón: la última obra que había escrito
antes de abandonar su sueño de ser escritor, y que nunca había llegado a
acabar. La historia se cortaba justo al final, en el momento en el que la
narración alcanzaba cierto grado de seriedad. Junto a aquellos papeles encontró
el dibujo que el mismo había realizado
hacía años, pensando que aquella sería la portada que debería acompañar
a la obra si se publicase. Era un dibujo idéntico al que tenía la portada de
aquel tomo que le había ocupado toda la tarde.
No
fue capaz de contener la carcajada mientras sus dedos se volvían rígidos sobre
el papel, arrugándolo. Y en aquel momento, todo perdió su sentido, y solo
quedaron el, su obra, y su risa. La risa de aquel joven que había sido hace
tantos años, la risa de aquel joven que había vuelto a ser en aquel momento. La
risa de un hombre feliz. La risa de un loco.
Y
así fue como le encontró su sirvienta a la mañana siguiente: frío, rígido, y
congelado en una grotesca mueca que nunca nadie llegó a entender, pero que fue
el mayor legado que dejó en toda su vida.