El nuevo Guerenos, tierra de científicos y filósofos y cantamañanas.

lunes, 27 de mayo de 2013

Un tipo enjuto...

Un tipo enjuto, extravagante, de tez demacrada por el exceso de años y nívea barba donde las hubiera. Sobre su sesgada cabeza, las cada vez más escasas canas daban fe de una carrera de estrés, dolencias, tedio y demás malas experiencias. Gajes del oficio, simplemente eso.
Y, ¿qué peor oficio hay que el de la crítica?¿Existe acaso una labor menos satisfactoria que desprestigiar obras ajenas?.<<Pero alguien tiene que hacerlo.-se decía a sí mismo el señor Miguel, todas las mañanas.-Si no hubiese críticos, el mundo estaría abocado a sufrir toda clase de estupideces sin sentido. Los libros no valdrían nada si no hubiese alguien que los diseccionase meticulosamente.-aunque el motivo de tal bisección fuese  tan solo deshonra al autor.-Tiene que haber críticos, y no hay más que hablar.>>
Y sin darle más vueltas, aquel día veintisiete de diciembre, ponía rumbo hacia el metro, como había hecho todos los días desde hace… hace demasiado tiempo, demasiado. Y allí estaba, en su querida línea seis, abarrotada de estudiantes, como todas las mañanas.
Hacía años, él también había sido uno de esos estudiantes, lleno de ilusión y dudas, y de inquietudes que le quitaban el sueño noche tras noche. Recordó en aquel momento a aquel joven que soñaba con ser escritor, escribiendo todo el día en su libreta de anillas, leyendo las grandes obras de quienes le precedieron. Y sobretodo, volando. Cuando era joven, el ahora anciano señor Miguel se pasaba las horas muertas volando sobre su mundo, sobre sus ideas, y sobre todo aquello que quería decirle a los demás, pero que jamás dijo; sobre lo que se tuvo que callar delante da aquel profesor tan incompetente, y sobre todo lo que jamás le había dicho a aquella chica de la que nunca supo siquiera el nombre. Recordó las noches en vela que pasó delante de su mesa, hilando unas palabras con otras. Recordó el cansancio en los dedos, las manos llenas de tinta, los folios inconclusos…
Pero ya no; aquello había quedado atrás. Ahora lo que hacía era descuartizar las obras de otros autores, para llenar con ellas sus columnas semanales de aquel periódico barato, en el que era famoso por su dureza a la hora de desmenuzar sueños.
-Próxima estación, Ventura Rodríguez.-dijo aquella voz que quería ser melodiosa sin conseguirlo.
Se bajó del vagón del tren sin demasiadas ganas y ascendió suavemente por las escaleras mecánicas, que tanto obsesionaban al viajero medio, el que tanta prisa tiene siempre. Llegó por fin a la calle, y de la calle al edificio de las oficinas, y de allí a su despacho, junto a los editores. Lo poco bueno que había tenido aquel día se esfumó en cuanto vio el libro que le habían dejado en su mesa. No era sino la obra de otro escritor novel que acababa de publicar cualquier cosa, como de rutina.
<<Demasiado corto.-pensó.-No me dará problemas.>>
Y arqueando una ceja, revisó aquel tomo palabra por palabra, coma por coma, escudriñando al máximo, todas y cada una de las composiciones gramaticales que estaban allí presentes. Aquel no era un buen autor: a veces era demasiado directo, otras veces se iba por las ramas; en ocasiones era demasiado coloquial, o demasiado serio; la historia era incoherente, demasiado irreal, absurda, carente de significado. Para el veterano señor Miguel, lo importante era el orden: si la obra no se entendía, no sería una buena obra; aquello lo sabía todo el mundo, y sobre todo sus lectores. Tampoco sería un buen libro el que no mostrase nada que entender, como los que tanto se leen en estos tiempos, donde los héroes clásicos se retuercen para gustarle a las quinceañeras.
En aquel caso, tenía ante él un libro completamente estúpido, seguramente como su autor. Podía incluso imaginarse a aquel sujeto: gafazas de pasta, greñas desordenadas, aspecto descuidado y alguna camiseta con algún chiste patético grabado como emblema. <<¿Qué se puede esperar de un idiota que lleva el patetismo como emblema? Pues más patetismo, evidentemente.>>
Cerró el libro con desdén, y escribió un par de notas en un folio. Ya seguiría por la tarde, después del habitual café.
Bajó al bar de la esquina, donde se pidió el típico lodesiempre mientras charlaba con un colega del periódico acerca del estado del país, el mal tiempo que hacía y de lo caro que se había puesto todo. Desde luego, al bueno de Miguel nunca se le ocurriría poner en duda la espectacular capacidad de análisis que tenía un grupo de amigos reunidos en un bar, muy superior a la de cualquier experto, se dijese lo que se dijese.
Para su sorpresa, y para la del resto de sus acompañantes, reusó su invitación de ir a comer con ellos, como la inmensa mayoría de los días. Prefirió volver a su mesa, como si hubiese habido algo en aquel libro que no le hubiese parecido del todo mal, algo que le llamaba para seguir leyendo. Volvió a la sede del periódico y subió las escaleras con una prisa que no acababa de explicarse.
Se dejó caer sobre su silla, y cogió de nuevo el libro que acababa de dejar a medio leer. Comenzó un capitulo, y luego otro, y otro, y otro más, sin acabar de entender muy bien por qué lo estaba haciendo. Aquel libro era malo, era horriblemente malo. Y sin embargo, había algo en él que le llamaba. Cuando quiso darse cuenta, ya eran más de las siete, y la gente empezaba a dejar la oficina, pero él estaba atado.
Y no fue hasta tres horas más tarde que acabó su trabajó, llegando al fin a la última página del tomo. Aquello era absurdo, era completamente absurdo: la historia se cortaba de pronto, como si hubiesen arrancado las últimas páginas, justo cuando la historia parecía ir a algún sitio. Examinó la portada y el lomo, buscando alguna pista; quizá aquella solo era la primera parte de una obra más extensa, pero no había nada que así lo indicara. Miró a su alrededor, buscando a alguien a quién preguntarle, pero no había nadie, le habían dejado solo. Seguramente abajo encontrase aún a algún que otro bedel vigilando la portería, pero ¿Qué iba a saber un bedel de aquel libro. Nada. Muy a su pesar, no le quedaba más remedio que volver a su casa, y esperar a mañana para resolver todas aquellas dudas. Lo más probable es que se enfrentase a un ejemplar defectuoso.
Volvió a coger el metro, intranquilo, y en aquella ocasión no se fijó en las personas con las que compartía vagón en el corto trayecto de vuelta. Subió a su piso, y sin molestarse en cenar se apresuró a acostarse en su pequeña cama. Como era de esperar, no pudo conciliar el sueño en toda la noche: había algo dentro de él que le mantenía despierto, pero la cuestión estaba en que no tenía ni la más remota idea de qué era. Recorrió mentalmente todas las líneas de aquel libro que tanto le había perturbado aquella tarde, y no encontró ninguna anomalía en comparación con otros muchos trabajos que había llevado a lo largo de los años, y que le habían resultado igual de sencillos. ¿Qué tendría de especial aquel último?
Quizá hubiese llegado el momento de la jubilación; llevaba ya un tiempo dándole vueltas a la idea, pero hasta entonces, siempre la había rechazado. No quería dejar de trabajar: aquello acabaría con él.
¿Se estaría volviendo loco? La simple idea le aterraba.<<No,-se dijo a sí mismo.-los locos oyen voces, los locos queman edificios o creen que alguien les está siguiendo por la calle.>> El solo se había envejecido sin darse cuenta.
Y fue en aquel momento, a un par de horas de que amaneciera, cuando todo pareció cobrar sentido. Como un rayo, un escalofrío recorrió su espalda, haciendo que se estremeciese.  Se levantó de su cama como una exhalación, y recorrió su piso a grandes zancadas mientras contenía la respiración, y con un fuerte tirón, abrió el armario del final del pasillo. Revolvió las mantas que había almacenadas allí, junto a murallas de libros, trajes viejos y demás trastos testigos de su paso por el mundo. Y justo en el rincón más profundo, en la zona más llena de polvo, encontró la caja que estaba buscando.
La rescató y sopló para quitarle la suciedad de encima, y sin esperar un momento, volcó su contenido sobre el abombado parqué. Cientos de papeles cayeron desordenados en remolinos de hojas blancas y amarillentas. El anciano Miguel se tiró sobre ellas y comenzó a revolverlas con ansia, lanzando folios hacia los lados.
Y allí estaba, justo debajo de todo el montón: la última obra que había escrito antes de abandonar su sueño de ser escritor, y que nunca había llegado a acabar. La historia se cortaba justo al final, en el momento en el que la narración alcanzaba cierto grado de seriedad. Junto a aquellos papeles encontró el dibujo que el mismo había realizado  hacía años, pensando que aquella sería la portada que debería acompañar a la obra si se publicase. Era un dibujo idéntico al que tenía la portada de aquel tomo que le había ocupado toda la tarde.
No fue capaz de contener la carcajada mientras sus dedos se volvían rígidos sobre el papel, arrugándolo. Y en aquel momento, todo perdió su sentido, y solo quedaron el, su obra, y su risa. La risa de aquel joven que había sido hace tantos años, la risa de aquel joven que había vuelto a ser en aquel momento. La risa de un hombre feliz. La risa de un loco.
Y así fue como le encontró su sirvienta a la mañana siguiente: frío, rígido, y congelado en una grotesca mueca que nunca nadie llegó a entender, pero que fue el mayor legado que dejó en toda su vida.