Episodio VIII: Sobre los múltiples rituales mágicos que se
han dado a lo largo de los tiempos en muchas de las más antiguas culturas de la
Meseta Castellana.
No me considero religioso, ya os
lo tengo dicho, ni me creo todos esos bulos que se sueltan por la televisión en
esos programas casposos que suelen inundar las horas más tardías de la noche.
Pero debo confesar, que siento una especial debilidad por cualquier creencia
esotérica que haya llegado hasta nuestros tiempos desde las muchas culturas que
nos han precedido; no pienses mal, que tampoco es que me ponga a dar brincos
como un descosido las noches sin luna para invocar a los espíritus del Solo Kumbu, ni nada de eso. Es
simplemente, otra de mis excentricidades.
¿Acaso tú, sabio lector, nunca te
has preguntado qué es lo que se esconde tras los ritos chamánicos inuits?, ¿o tras
los misteriosos jeroglíficos egipcios?. Bueno, pues esas son la clase de
preguntas que me suelo hacer yo en mis ratos libres, cuando no estoy
incendiando (accidentalmente) algún laboratorio, o escribiendo nimiedades
estúpidas sobre pueblos raros. Todo esto lo digo, para que no se diga que soy
un poco friki; soy muy, pero que muy friki. Además, viene a cuento con lo que
pasó en aquella ocasión en Valdecuerdo, unos días antes de las fiestas locales.
Como norma general, cada año
suele tener un mes llamado Agosto, según el calendario gregoriano utilizado
actualmente; en este mes, como es bien sabido, las cosas se agostan. Y suele
ser en agosto cuando el antiguo pueblo celta celebraba la conocida Lugnasad, en
la que se honraba al dios Lugh.
Por unas cosas o por otras, los
celtas ya no se encuentran entre nosotros: algunos cedieron entre los romanos
mientras que el resto no pudo resistirse a las rebajas navideñas del Corte
Escocés. La cuestión es que nos dejaron solos en este mundo intempestivo.
Aunque lo que nadie sabe es que el último de todos ellos, vino a la Meseta, y
aquí fundó un pequeño pueblo al que llamó Valdecuerdo.
Sí, amigos, sí. Valdecuredo fue
fundado por el último de los celtas que habitaron entre nosotros, un poderoso
druida llamado Atamentaco. Según me revelan mis fuentes, el nombre Valdecuerdo,
proviene de la unión de las palabras “Valde”, que en celta significa “bastión
inquebrantable”, y “cuerdo”, que en celta significa “como una puta
cabra”.
Y en honor de Atamentaco, cada
agosto se celebraba la Lugnasad, de la que ya os he hablado antes. Los vecinos
no tenían muy claro qué es lo que se hacía en la Lugnasad, así que se dedicaban
a ponerse finos a vodka, como se suele hacer en el resto de fiestas. Y no solo
vodka, sino que había un poco de todo lo que te puedas imaginar. De hecho, yo
probé a echar un poco del contenido de una de las botellas presentes sobre el
enlosado de la calle, lo que provocó que allí mismo surgiese un enorme árbol en
un instante. Entonces me bebí el resto del contenido, esperando convertirme en
un ent, pero no pudo ser.
Nadie se dio cuenta de lo
sucedido hasta que nos empezó a hablar una voz de ultratumba, que nos susurraba
palabras siniestras a todos los presentes.
-Señor Gervasio…- nos decía
pesarosamente.-Señor Gervasiooooooo…. Señor Gervasioooooo…..ha aparcado usted
el tractor encima de mi mujeeeeeeeerrrrr…….
Nadie se explicaba qué era
aquella voz, aquel suspiro del más allá, aquel sonido que parecía provenir de
más allá del mismo Infierno. Para nuestro alivio cesó al momento, justo cuando
nos dispusimos a llamar a los cazafantasmas. Pero hubo otro incidente
sobrenatural que nos perturbó de forma superlativa: el árbol que había
aparecido antes se partió por la mitad, con un crujido que nos dejó a todos
sordos durante unos momentos.
Entonces, del corazón del árbol,
salió un señor mayor, así con barba larga y vestido todo de blanco, con unas
ramas puestas en la cabeza, como si tuviese complejo de arbusto.
-Gentes de Valdecuerdo.-nos gritó, como si le estuviésemos
prestando atención.- He vuelto a vosotros en esta hora sombría. Soy Atamentaco,
antiguo druida del pasado.
Todos
nos quedamos boquiabiertos. No nos podíamos creer que la prima de riesgo
hubiese bajado de los cuatrocientos puntos básicos. Después nos dimos cuenta de
que había un druida hablándonos.
-He vuelto para reclamar el lugar que me corresponde entre
vosotros, para gobernaros con sabiduría, y bajo el poder de los dioses.-siguió
el druida, esperando por nuestra parte una gran aclamación que nunca llegó.
-¿De qué habla el hippie éste?-pregunto doña Crisolda.-¿De
qué habla?
-Que éste se nos quiere hacer alcalde sin que nosotros lo
queramos.-aclaró el señor Pérez Estuardo a grandes voces.- Que se quiere pasar
la democracia por el forro de los…
-Calle, señor Pérez,-le paré a tiempo.-que va a dar mala
impresión del pueblo.
-He permanecido dormido bajo la tierra durante más de mil
años.-explicó Atamentaco.- Ahora he vuelto para poner mis poderes a vuestra
disposición.
-A mí de alcalde no me quita ni la Merkel.-sentenció
Gervasio, rojo de rabia.- Y mucho menos un perroflauta zarrapastroso.
-Pero yo fundé este bastión, y os traigo el conocimiento del
pasado.-el druida nos miraba a todos con desesperación.
El
griterío general inundó la plaza del pueblo. Yo creí en aquel momento que la
cosa no acabaría allí, pero me equivoqué estrepitosamente. Varios conflictos
armados de gran magnitud, se sucedieron a lo largo de los días, en los que se
enfrentaron los partidarios de Atamentaco, y los del señor Gervasio, que eran
una amplia y absoluta minoría. Sí, he dicho minoría, el señor Gervasio había
perdido el apoyo de sus vecinos cuando derribó accidentalmente el museo de arte
moderno que estaban construyendo en el pueblo. Por suerte para él, la gente era
demasiado vaga para ir a votar de nuevo.
La
verdad es que durante aquellos días no se estuvo tan mal, desde luego; una vez
te acostumbrabas a las explosiones y a las emboscadas entre vecinos, todo
parecía más llevadero. La OTAN llegó a intervenir, pero huyó con el rabo entre
las piernas en lo que ellos llamaron “retirada táctica”, y que los vecinos
llamaron “san cagao por la pata abajo”.
Pero la
situación se había vuelto finalmente insostenible, y ya no había quién
aguantase aquello, así que los pocos indiferentes que quedamos, urdimos un
maquiavélico plan: para empezar, le pedimos a don Gervasio que se rindiese, y
que cediera el cargo. Para convencerle, le prometimos una nueva pluma de plata
para que pudiese recalificar terrenos sin tapujo alguno una vez volviese al
poder.
Hecho
esto, el buen druida Atamentaco, ascendió al poder, igual que asciende el
precio del petróleo, y comenzó a hacer reformas: la iglesia la convirtió un
templo para Tutatis y Belisana, obligando a don Romualdo a sacrificar cada día
una cabra, una inocente, pero deliciosa cabra. También nos enseñó el antiguo
lenguaje de los druidas, que hasta entonces todo el mundo desconocía, y que
desde entonces, todo el mundo hubiese preferido no conocer. Expulsó a la
compañía química que atentaba contra el río, volviéndolo de color magenta,
haciendo que nuestro amado río magenta volviese a su insípida transparencia. Y
por último, nos obligó a forjar espadas mágicas para dominar el mundo, pero nos
vino la vagancia y nos las dejamos a medias.
Entonces
comenzó la segunda parte del plan: le mostramos la inmensa pila de facturas
almacenadas en el ayuntamiento. Según nuestros cálculos, debería haber sufrido
un infarto que nunca llegó, pues utilizó su magia para invocar al poderoso
Awen, el dios de los banqueros y de la bolsa, que consiguió que la UE le diese
una ayuda para pagar todo aquello, quitándose el peso de encima.
Con
aquel fracaso a nuestras espaldas, solo se nos ocurrió una última idea
desesperada: encendimos la televisión y pusimos el canal de noticias las
veinticuatro horas. Encerramos a Atamentaco en la misma habitación que a la
tele, y aguardamos.
Jamás he
oído gritos tan desesperados como aquellos, pidiendo auxilio mientras golpeaba
la puerta. Cuando por fin le abrimos tras una larga espera de cinco minutos,
salió corriendo delante de nosotros para volver a desaparecer dentro de su
árbol, tal y como había llegado. Don Gervasio volvió al poder para encontrarse
un pueblo sin deudas, limpio y saludable, que eso ni es un pueblo ni es nada.
Y así acabó este trágico suceso
en el pueblo de Valdecuerdo. Los druidas en el fondo fueron buena gente; se
pasaban un poco con la marihuana, pero fueron buena gente, campechanos donde
los haya. Tenemos mucho que aprender de ellos, de su amor por la naturaleza, de
su respeto a los ancestros, y sobre todo, de sus fórmulas para sacar la
combinación de la quiniela.
Sinceramente,
amado lector, no entiendo por qué sigues leyendo, si todos los episodios son
prácticamente iguales, tienen la misma estructura penosa y un final
decepcionante. Lo único bueno que tienen son las chorradas que aparecen de vez
en cuando, y que dicen bastante poco en mi favor. Si te soy sincero,
aprovecharías más el tiempo viendo una televisión apagada que leyendo esto, que
no vale ni para borrarlo de la papelera de reciclaje.
Que
Awen te acompañe, que tal y como están las cosas, falta nos hace.
P.D.: Sí, podría trabajármelo un poco más, y hacer las
historias éstas un poco mejores, pero entonces ya no sería lo mismo, que me
tenéis todo el día trabajando, narices.