Episodio VII: De las interacciones entre sujetos de
similares propiedades.
No hace
falta ser físico, filósofo, travestido ni abogado para saber que dos elementos
iguales suelen repelerse, es como si una ley natural esotérica les obligase a
ello, una ley universal de esas que tanto nos gustan a los que estudiamos
ciencias, y a los que no también supongo. Claro ejemplo de esto son los imanes,
que todo el mundo suele conocer, o como poco, haber visto alguna vez.
Pero,
¿por qué esta lección de filosofía avanzada en un relato sobre Valdecuerdo?. No
tiene una respuesta fácil; quizá porque me apeteciese ponerla, que es lo más
probable, pero también puede ser por rellenar un poco de espacio, que si no lo
que viene a ser la trama me queda más bien escueta. También supongo que tiene
que ver con que la historia que viene a continuación, tiene algo que ver con lo
que pone en el primer párrafo, como suele ser habitual.
Todo
empieza con aquella tarde, profunda y cerrada, unos pocos días antes de las
fiestas locales tan esperadas por la gente de Valdecuerdo. Yo, personalmente,
estaba sentado sobre una gran piedra, alejado del pueblo, con la mente en
blanco, igual que cuando voy a la facultad (muy extrañamente). Los pájaros
cantaban, el río fluía, y el grupo de japoneses me sacaba fotos en contra de mí
voluntad, creyéndome un elemento del terreno de tan quieto como estaba.
Entonces hubo algo que me sorprendió, y no fue la fluctuación espaciotemporal
que casualmente pasaba por allí, ni mucho menos, sino que fue el autobús que
como cada mañana paraba redundantemente en la parada.
En un
principio principal, no era nada extraño, hasta que pude ver como se bajaba un
personaje un tanto peculiar: un chico alto, desgarbado, mal peinado, con unas
gafas torcidas y un tanto rellenito. Lo que más me sorprendió de él, fue forma
de vestir; llevaba una camisa salida, y un chaleco oscuro, todo cubierto por
una parca marrón, algo desgastada por el uso. Nada más verlo, no tardé un
instante en sacar un cuaderno de mi parca marrón algo desgastada por el uso y
mi pluma de mi chaleco oscuro y registrar su llegada.
Dentro
de que aquel episodio me pareció, cuanto menos curioso, acabé por pasarlo por
alto. No creía que aquel extraño tan desagradable fuese a quedarse mucho en
Valdecuerdo. Seguramente se hubiese equivocado Pero no fue así, y aquella misma
noche volví a verle.
Esta
vez fue en el bar, al que yo me dirigía a tomarme unas gordas. Le encontré en
una de las mesas del rincón, él solo, escribiendo algo en un cuaderno; entonces
comprendí que alguien como él no podía traer nada bueno. Me acerqué a él y me
senté en su misma mesa.
-Hola.-le saludé amablemente en cuanto levantó la mirada.
-Buenas.-me respondió él tímidamente.
-No eres de por aquí. ¿Verdad?-le pregunté para romper el
hielo, cual si del cambio climático me tratase.
-No, he venido aquí a pasar una temporada.-había algo en él
que me decía que tenía que salir de allí tan deprisa como me fuese posible,
pero no lo hice, básicamente por masoquismo.- He venido para descubrir cómo es
la vida en lo más profundo de la Meseta Castellana. Seguramente, todo lo que
escriba aquí, lo ponga después en un blog que tengo en Internet, aunque no creo
que lo lea demasiada gente.
-Ah, pues suena interesante.-y curiosamente familiar.- Yo
también tengo un blog en Internet, en el que también cuelgo cosas a veces.
Esta
última frase no llegó a acabarla, ya que el señor Gervasio entró por la puerta
como una exhalación.
-¡Las vacas!-nos gritaba.-Se han escapado las vacas.
Todos
los presentes nos pusimos en pie de golpe, alarmados. Tuvimos el tiempo justo
antes de que una vaca atravesase la pared del fondo del local, mugiendo como
una descosida, tirando por el suelo todos los tableros de parchís que había
apilados al fondo de la habitación.
Aquella
situación nos tuvo tres días subidos en el tejado de la iglesia, fuera del
alcance de susodichos animales. Dónde pude estudiar bien el comportamiento de
aquel recién llegado. Para empezar, no paraba de escribir en su cuaderno, y
cuando paraba, se ponía a hablar de cosas que realmente, a nadie le importan.
De vez en cuando, dejaba caer algún chiste absurdo y sin gracia, que la gente
le reía por pena más que nada. Era un tipo muy, muy bizarro.
En
cierta ocasión, hablando con él, le pregunté por su nombre, y el me respondió
que era “Lollloel”. Entonces, supe con certeza, que se trataba de uno de estos
que van de modernos solo por saber usar un ordenador. También me comentó que
quería ser un escritor, o algo así, pero solo le salían bien las narraciones
absurdas, y carentes de sentido.
Aquello
no podía durar más, tenía que marcharse del pueblo antes de causar un mal mayor
que todo el daño que estaba haciendo solo con estar allí.
Una vez
conseguimos bajar del tejado, comencé a tejer un plan tan maquiavélico y sutil,
que difícilmente podría fallar. Y no exagero si os digo, que fueron horas de reflexión
las que tuve que pasar para no dejar ningún cabo suelto hasta conseguir encajar
todas las piezas.
Corrí
por el duro enlosado de la calle hasta llegar a la casa del señor Pérez Estuardo,
que en aquel momento estaba cerrada a cal y canto, con uno de esos cerrojos
como los de antes. Agité el tragaldabas para llamar, pero no hubo respuesta.
Volví a intentarlo, e igual que antes, nadie se dignó a abrirme. Finalmente,
cuando ya me disponía a marcharme blasfemando, Elena se asomó a la ventana.
-¿Llololito?¿Eres tú?-me preguntó.- Claro que eres tú. Como se suele decir, si piensas
mucho en una persona, es que estás a punto de encontrarte con ella.-esto es
falso, yo a Newton aún no le he visto.-Y mira, que casualidad, has venido a mí.
-Elena, ¿está tu padre?-la dije.-
-¿Mi padre?¿Mi padre? Uy, claro, vienes a pedirle mi mano,
qué romántico, qué romántico.
Entonces,
desapareció de la ventana. Al cabo de un instante, la puerta de la casa se
abrió, y yo entré para encontrarme con el señor Pérez.
-Señor Pérez, señor Pérez.-exclamé yo, fingiendo tono de
preocupación.
-¿Qué ocurre?¿Qué ocurre?-me preguntó alterado.
-¿Ha visto usted al chico ese que llegó al pueblo?¿le ha
visto?-no sé si lo de actuar se me da demasiado bien, pero lo que viene a ser
mentir, gloria bendita.- Pues creo que está pervirtiendo a su inocente hija.
-¿A Elena?¿pervertirla?- desde luego, se le notaba
alterado.- Nunca, mi hija es una bendita. ¿Dónde está ese canalla?
Después
le añadió un par de blasfemias que venían muy a cuento. Me mandó a buscarle,
para poder dialogar con él, y así conocer sus perversas intenciones. Fui en su
busca, y le encontré jugando a la petanca con un pueblerino, aunque ahora que
lo pienso, creo que aquello no era una petanca…
El caso
es que cuando llegué con él a la casa del señor Pérez, se había reunido allí
una gran turba armada con antorchas y rastrillos. En cuanto nos vieron llegar,
se lanzaron contra nosotros, seguramente instigados por el señor Pérez.
Hubiese
sido fácil que le apaleasen, pero sentí una sensación extraña en el siglo XXI:
el remordimiento. Así que le agarré de la manga y salí corriendo de allí tan
deprisa como pude, contento en parte porque mi plan hubiese funcionado.
Cuando
llegamos a un camino apartado, le dije que no podía volver por Valdecuerdo si
no quería que le linchasen.
-Coge este camino y ve hacia el sur.-le dije.-Y no vuelvas
nunca; la gente de pueblo, no olvida.
-Llolol,- me dijo él como despedida.- desde el momento que
te vi he querido…
No
acabó la frase, solo clavó sus ojos en los míos, y antes de que me diese
cuenta, me cogió de la chaqueta y me acercó a él. Cuando quise reaccionar, su
lengua ya estaba intentando abrirse paso hasta mi esófago mientras los pelos de
su corta barbita, chocaban contra los míos. No sabía que hacer, por lo menos
podría haber avisado.
Acabado
el morreo, me soltó y se puso en marcha, sin decirme nada más, dejándome
atónito durante casi media hora, en la que intenté procesar aquello.
Así,
Valdecuerdo volvía a estar a salvo de los muchos peligros que suelen acecharlo.
Porque las personas, vienen y van, pero Valdecuerdo permanece, permanece por
toda la eternidad.
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