El nuevo Guerenos, tierra de científicos y filósofos y cantamañanas.

lunes, 6 de enero de 2014

Paseo por Valdecuerdo VIII

Episodio VIII: Sobre los múltiples rituales mágicos que se han dado a lo largo de los tiempos en muchas de las más antiguas culturas de la Meseta Castellana.

No me considero religioso, ya os lo tengo dicho, ni me creo todos esos bulos que se sueltan por la televisión en esos programas casposos que suelen inundar las horas más tardías de la noche. Pero debo confesar, que siento una especial debilidad por cualquier creencia esotérica que haya llegado hasta nuestros tiempos desde las muchas culturas que nos han precedido; no pienses mal, que tampoco es que me ponga a dar brincos como un descosido las noches sin luna para invocar a los espíritus  del Solo Kumbu, ni nada de eso. Es simplemente, otra de mis excentricidades.
¿Acaso tú, sabio lector, nunca te has preguntado qué es lo que se esconde tras los ritos chamánicos inuits?, ¿o tras los misteriosos jeroglíficos egipcios?. Bueno, pues esas son la clase de preguntas que me suelo hacer yo en mis ratos libres, cuando no estoy incendiando (accidentalmente) algún laboratorio, o escribiendo nimiedades estúpidas sobre pueblos raros. Todo esto lo digo, para que no se diga que soy un poco friki; soy muy, pero que muy friki. Además, viene a cuento con lo que pasó en aquella ocasión en Valdecuerdo, unos días antes de las fiestas locales.
Como norma general, cada año suele tener un mes llamado Agosto, según el calendario gregoriano utilizado actualmente; en este mes, como es bien sabido, las cosas se agostan. Y suele ser en agosto cuando el antiguo pueblo celta celebraba la conocida Lugnasad, en la que se honraba al dios Lugh.
Por unas cosas o por otras, los celtas ya no se encuentran entre nosotros: algunos cedieron entre los romanos mientras que el resto no pudo resistirse a las rebajas navideñas del Corte Escocés. La cuestión es que nos dejaron solos en este mundo intempestivo. Aunque lo que nadie sabe es que el último de todos ellos, vino a la Meseta, y aquí fundó un pequeño pueblo al que llamó Valdecuerdo.
Sí, amigos, sí. Valdecuredo fue fundado por el último de los celtas que habitaron entre nosotros, un poderoso druida llamado Atamentaco. Según me revelan mis fuentes, el nombre Valdecuerdo, proviene de la unión de las palabras “Valde”, que en celta significa “bastión inquebrantable”, y “cuerdo”, que en celta significa “como una puta cabra”.
Y en honor de Atamentaco, cada agosto se celebraba la Lugnasad, de la que ya os he hablado antes. Los vecinos no tenían muy claro qué es lo que se hacía en la Lugnasad, así que se dedicaban a ponerse finos a vodka, como se suele hacer en el resto de fiestas. Y no solo vodka, sino que había un poco de todo lo que te puedas imaginar. De hecho, yo probé a echar un poco del contenido de una de las botellas presentes sobre el enlosado de la calle, lo que provocó que allí mismo surgiese un enorme árbol en un instante. Entonces me bebí el resto del contenido, esperando convertirme en un ent, pero no pudo ser.
Nadie se dio cuenta de lo sucedido hasta que nos empezó a hablar una voz de ultratumba, que nos susurraba palabras siniestras a todos los presentes.
-Señor Gervasio…- nos decía pesarosamente.-Señor Gervasiooooooo…. Señor Gervasioooooo…..ha aparcado usted el tractor encima de mi mujeeeeeeeerrrrr…….
Nadie se explicaba qué era aquella voz, aquel suspiro del más allá, aquel sonido que parecía provenir de más allá del mismo Infierno. Para nuestro alivio cesó al momento, justo cuando nos dispusimos a llamar a los cazafantasmas. Pero hubo otro incidente sobrenatural que nos perturbó de forma superlativa: el árbol que había aparecido antes se partió por la mitad, con un crujido que nos dejó a todos sordos durante unos momentos.
Entonces, del corazón del árbol, salió un señor mayor, así con barba larga y vestido todo de blanco, con unas ramas puestas en la cabeza, como si tuviese complejo de arbusto.
-Gentes de Valdecuerdo.-nos gritó, como si le estuviésemos prestando atención.- He vuelto a vosotros en esta hora sombría. Soy Atamentaco, antiguo druida del pasado.
                Todos nos quedamos boquiabiertos. No nos podíamos creer que la prima de riesgo hubiese bajado de los cuatrocientos puntos básicos. Después nos dimos cuenta de que había un druida hablándonos.
-He vuelto para reclamar el lugar que me corresponde entre vosotros, para gobernaros con sabiduría, y bajo el poder de los dioses.-siguió el druida, esperando por nuestra parte una gran aclamación que nunca llegó.
-¿De qué habla el hippie éste?-pregunto doña Crisolda.-¿De qué habla?
-Que éste se nos quiere hacer alcalde sin que nosotros lo queramos.-aclaró el señor Pérez Estuardo a grandes voces.- Que se quiere pasar la democracia por el forro de los…
-Calle, señor Pérez,-le paré a tiempo.-que va a dar mala impresión del pueblo.
-He permanecido dormido bajo la tierra durante más de mil años.-explicó Atamentaco.- Ahora he vuelto para poner mis poderes a vuestra disposición.
-A mí de alcalde no me quita ni la Merkel.-sentenció Gervasio, rojo de rabia.- Y mucho menos un perroflauta zarrapastroso.
-Pero yo fundé este bastión, y os traigo el conocimiento del pasado.-el druida nos miraba a todos con desesperación.
                El griterío general inundó la plaza del pueblo. Yo creí en aquel momento que la cosa no acabaría allí, pero me equivoqué estrepitosamente. Varios conflictos armados de gran magnitud, se sucedieron a lo largo de los días, en los que se enfrentaron los partidarios de Atamentaco, y los del señor Gervasio, que eran una amplia y absoluta minoría. Sí, he dicho minoría, el señor Gervasio había perdido el apoyo de sus vecinos cuando derribó accidentalmente el museo de arte moderno que estaban construyendo en el pueblo. Por suerte para él, la gente era demasiado vaga para ir a votar de nuevo.
                La verdad es que durante aquellos días no se estuvo tan mal, desde luego; una vez te acostumbrabas a las explosiones y a las emboscadas entre vecinos, todo parecía más llevadero. La OTAN llegó a intervenir, pero huyó con el rabo entre las piernas en lo que ellos llamaron “retirada táctica”, y que los vecinos llamaron “san cagao por la pata abajo”.
                Pero la situación se había vuelto finalmente insostenible, y ya no había quién aguantase aquello, así que los pocos indiferentes que quedamos, urdimos un maquiavélico plan: para empezar, le pedimos a don Gervasio que se rindiese, y que cediera el cargo. Para convencerle, le prometimos una nueva pluma de plata para que pudiese recalificar terrenos sin tapujo alguno una vez volviese al poder.
                Hecho esto, el buen druida Atamentaco, ascendió al poder, igual que asciende el precio del petróleo, y comenzó a hacer reformas: la iglesia la convirtió un templo para Tutatis y Belisana, obligando a don Romualdo a sacrificar cada día una cabra, una inocente, pero deliciosa cabra. También nos enseñó el antiguo lenguaje de los druidas, que hasta entonces todo el mundo desconocía, y que desde entonces, todo el mundo hubiese preferido no conocer. Expulsó a la compañía química que atentaba contra el río, volviéndolo de color magenta, haciendo que nuestro amado río magenta volviese a su insípida transparencia. Y por último, nos obligó a forjar espadas mágicas para dominar el mundo, pero nos vino la vagancia y nos las dejamos a medias.
                Entonces comenzó la segunda parte del plan: le mostramos la inmensa pila de facturas almacenadas en el ayuntamiento. Según nuestros cálculos, debería haber sufrido un infarto que nunca llegó, pues utilizó su magia para invocar al poderoso Awen, el dios de los banqueros y de la bolsa, que consiguió que la UE le diese una ayuda para pagar todo aquello, quitándose el peso de encima.
                Con aquel fracaso a nuestras espaldas, solo se nos ocurrió una última idea desesperada: encendimos la televisión y pusimos el canal de noticias las veinticuatro horas. Encerramos a Atamentaco en la misma habitación que a la tele, y aguardamos.
                Jamás he oído gritos tan desesperados como aquellos, pidiendo auxilio mientras golpeaba la puerta. Cuando por fin le abrimos tras una larga espera de cinco minutos, salió corriendo delante de nosotros para volver a desaparecer dentro de su árbol, tal y como había llegado. Don Gervasio volvió al poder para encontrarse un pueblo sin deudas, limpio y saludable, que eso ni es un pueblo ni es nada.
Y así acabó este trágico suceso en el pueblo de Valdecuerdo. Los druidas en el fondo fueron buena gente; se pasaban un poco con la marihuana, pero fueron buena gente, campechanos donde los haya. Tenemos mucho que aprender de ellos, de su amor por la naturaleza, de su respeto a los ancestros, y sobre todo, de sus fórmulas para sacar la combinación de la quiniela.
Sinceramente, amado lector, no entiendo por qué sigues leyendo, si todos los episodios son prácticamente iguales, tienen la misma estructura penosa y un final decepcionante. Lo único bueno que tienen son las chorradas que aparecen de vez en cuando, y que dicen bastante poco en mi favor. Si te soy sincero, aprovecharías más el tiempo viendo una televisión apagada que leyendo esto, que no vale ni para borrarlo de la papelera de reciclaje.
                Que Awen te acompañe, que tal y como están las cosas, falta nos hace.

P.D.: Sí, podría trabajármelo un poco más, y hacer las historias éstas un poco mejores, pero entonces ya no sería lo mismo, que me tenéis todo el día trabajando, narices.

jueves, 2 de enero de 2014

El nobel y el bosón.



"Se dispondrá como sigue de todo el remanente de la fortuna realizable que deje al morir: el capital, realizado en valores seguros por mis testamentarios, constituirá un fondo cuyo interés se distribuirá anualmente como recompensa a los que, durante el año anterior, hubieran prestado a la humanidad los mayores servicios. El total se dividirá en cinco partes iguales, que se concederán: una a quien, en el ramo de las Ciencias Físicas, haya hecho el descubrimiento o invento más importante; otra a quien lo haya hecho en Química o introducido en ella el mejor perfeccionamiento; la tercera al autor del más importante descubrimiento en Fisiología o Medicina; la cuarta al que haya producido la obra literaria más notable en el sentido del idealismo; por último, la quinta parte a quien haya laborado más y mejor en la obra de la fraternidad de los pueblos, a favor de la supresión o reducción de los ejércitos permanentes, y en pro de la formación y propagación de Congresos por la Paz."

Este fragmento pertenece al testamento que nos legó Alfred Bernhard Nobel, creador de la dinamita entre otras cosas, y en él se disponen los premios que ahora llevan su nombre. Nobel, consciente de todo el más que habían provocado sus descubrimientos (dado el mal uso que se les había dado) decidió hacer lo posible por enmendar su error, y tratar de movilizar al mundo en contra de la violencia hacia un mundo menos oscuro. Su idea fue premiar, como supongo que habréis leído arriba, a quienes hicieran los descubrimientos más notables del año con un una (nada despreciable) cantidad de dinero, así como con un galardón que, actualmente es el más prestigioso del mundo. Pero, ¿cuál era la idea real que tenía en aquel momento Nobel realmente?

La respuesta se desprende automáticamente de lo dicho anteriormente: Nobel tenía la imperiosa necesidad de reparar el mal que había hecho, y eso solo podía hacerlo mediante una motivación para aquellos que viniesen detrás de él, y en este caso, la motivación vendría en forma de premio o reconocimiento. Esto, evidentemente solo podría ir dirigido a aquellos investigadores y activistas con capacidad de actuación.

A la vista de esto, nos invade una última pregunta: ¿Es correcto que el año pasado (2013), fuese Peter Higgs el premiado con semejante reconocimiento?Mi humilde opinión es que no, no debería haberlo ganado.

No tengo nada en contra de Higgs ni de Englert, por supuesto, y admiro su trabajo y lo considero fundamental, pero sinceramente, el Nobel no debería haber sido para ellos. Higgs descubrió el bosón hace varios años, pero ya no trabajaba en ello; realmente no trabajaba en nada porque se jubiló tiempo atrás para dejar paso a las nuevas generaciones de físicos, lo cual le honra, pero no le convierte en demasiado buen candidato para un nobel. Hay quien dice que ni él mismo querría haberlo ganado, e incluso le molestó hacerlo. Como muchos científicos a los que he tenido la suerte de conocer afirman(no voy a dar nombres),el premio nunca debería ser para un científico retirado.

Otra norma general, bastante molesta por cierto, que tiene el jurado de los premios, es la de exigir una prueba experimental para cada premio que se de, es decir, que nunca se reconocerá un descubrimiento simplemente teórico si aún no se ha hecho ningún experimento para corroborare; por eso se han tardado tantos años en darle el premio a algo que se definió teóricamente hace tanto tiempo.

 Y justo por eso, el premio de este año debería haber ido al propio CERN (el consejo europeo de la investigación nuclear), que fueron los que realizaron las complejas experiencias que llevaron a cabo el descubrimiento. El único problema sería que el premio de este año no llevaría ningún nombre en concreto, sino cientos de ellos, lo cual no es ni la mitad de elegante que el caso típico, pero de cualquier forma, quizá sería más justo con el casi olvidado Alfred Bernhard Nobel.


Paseo por Valdecuerdo VII.

Episodio VII: De las interacciones entre sujetos de similares propiedades.


                No hace falta ser físico, filósofo, travestido ni abogado para saber que dos elementos iguales suelen repelerse, es como si una ley natural esotérica les obligase a ello, una ley universal de esas que tanto nos gustan a los que estudiamos ciencias, y a los que no también supongo. Claro ejemplo de esto son los imanes, que todo el mundo suele conocer, o como poco, haber visto alguna vez.
                Pero, ¿por qué esta lección de filosofía avanzada en un relato sobre Valdecuerdo?. No tiene una respuesta fácil; quizá porque me apeteciese ponerla, que es lo más probable, pero también puede ser por rellenar un poco de espacio, que si no lo que viene a ser la trama me queda más bien escueta. También supongo que tiene que ver con que la historia que viene a continuación, tiene algo que ver con lo que pone en el primer párrafo, como suele ser habitual.
                Todo empieza con aquella tarde, profunda y cerrada, unos pocos días antes de las fiestas locales tan esperadas por la gente de Valdecuerdo. Yo, personalmente, estaba sentado sobre una gran piedra, alejado del pueblo, con la mente en blanco, igual que cuando voy a la facultad (muy extrañamente). Los pájaros cantaban, el río fluía, y el grupo de japoneses me sacaba fotos en contra de mí voluntad, creyéndome un elemento del terreno de tan quieto como estaba. Entonces hubo algo que me sorprendió, y no fue la fluctuación espaciotemporal que casualmente pasaba por allí, ni mucho menos, sino que fue el autobús que como cada mañana paraba redundantemente en la parada.
                En un principio principal, no era nada extraño, hasta que pude ver como se bajaba un personaje un tanto peculiar: un chico alto, desgarbado, mal peinado, con unas gafas torcidas y un tanto rellenito. Lo que más me sorprendió de él, fue forma de vestir; llevaba una camisa salida, y un chaleco oscuro, todo cubierto por una parca marrón, algo desgastada por el uso. Nada más verlo, no tardé un instante en sacar un cuaderno de mi parca marrón algo desgastada por el uso y mi pluma de mi chaleco oscuro y registrar su llegada.
                Dentro de que aquel episodio me pareció, cuanto menos curioso, acabé por pasarlo por alto. No creía que aquel extraño tan desagradable fuese a quedarse mucho en Valdecuerdo. Seguramente se hubiese equivocado Pero no fue así, y aquella misma noche volví a verle.
                Esta vez fue en el bar, al que yo me dirigía a tomarme unas gordas. Le encontré en una de las mesas del rincón, él solo, escribiendo algo en un cuaderno; entonces comprendí que alguien como él no podía traer nada bueno. Me acerqué a él y me senté en su misma mesa.
-Hola.-le saludé amablemente en cuanto levantó la mirada.
-Buenas.-me respondió él tímidamente.
-No eres de por aquí. ¿Verdad?-le pregunté para romper el hielo, cual si del cambio climático me tratase.
-No, he venido aquí a pasar una temporada.-había algo en él que me decía que tenía que salir de allí tan deprisa como me fuese posible, pero no lo hice, básicamente por masoquismo.- He venido para descubrir cómo es la vida en lo más profundo de la Meseta Castellana. Seguramente, todo lo que escriba aquí, lo ponga después en un blog que tengo en Internet, aunque no creo que lo lea demasiada gente.
-Ah, pues suena interesante.-y curiosamente familiar.- Yo también tengo un blog en Internet, en el que también cuelgo cosas a veces.
                Esta última frase no llegó a acabarla, ya que el señor Gervasio entró por la puerta como una exhalación.
-¡Las vacas!-nos gritaba.-Se han escapado las vacas.
                Todos los presentes nos pusimos en pie de golpe, alarmados. Tuvimos el tiempo justo antes de que una vaca atravesase la pared del fondo del local, mugiendo como una descosida, tirando por el suelo todos los tableros de parchís que había apilados al fondo de la habitación.
                Aquella situación nos tuvo tres días subidos en el tejado de la iglesia, fuera del alcance de susodichos animales. Dónde pude estudiar bien el comportamiento de aquel recién llegado. Para empezar, no paraba de escribir en su cuaderno, y cuando paraba, se ponía a hablar de cosas que realmente, a nadie le importan. De vez en cuando, dejaba caer algún chiste absurdo y sin gracia, que la gente le reía por pena más que nada. Era un tipo muy, muy bizarro.
                En cierta ocasión, hablando con él, le pregunté por su nombre, y el me respondió que era “Lollloel”. Entonces, supe con certeza, que se trataba de uno de estos que van de modernos solo por saber usar un ordenador. También me comentó que quería ser un escritor, o algo así, pero solo le salían bien las narraciones absurdas, y carentes de sentido.
                Aquello no podía durar más, tenía que marcharse del pueblo antes de causar un mal mayor que todo el daño que estaba haciendo solo con estar allí.
                Una vez conseguimos bajar del tejado, comencé a tejer un plan tan maquiavélico y sutil, que difícilmente podría fallar. Y no exagero si os digo, que fueron horas de reflexión las que tuve que pasar para no dejar ningún cabo suelto hasta conseguir encajar todas las piezas.
                Corrí por el duro enlosado de la calle hasta llegar a la casa del señor Pérez Estuardo, que en aquel momento estaba cerrada a cal y canto, con uno de esos cerrojos como los de antes. Agité el tragaldabas para llamar, pero no hubo respuesta. Volví a intentarlo, e igual que antes, nadie se dignó a abrirme. Finalmente, cuando ya me disponía a marcharme blasfemando, Elena se asomó a la ventana.
-¿Llololito?¿Eres tú?-me preguntó.- Claro que  eres tú. Como se suele decir, si piensas mucho en una persona, es que estás a punto de encontrarte con ella.-esto es falso, yo a Newton aún no le he visto.-Y mira, que casualidad, has venido a mí.
-Elena, ¿está tu padre?-la dije.-
-¿Mi padre?¿Mi padre? Uy, claro, vienes a pedirle mi mano, qué romántico, qué romántico.
                Entonces, desapareció de la ventana. Al cabo de un instante, la puerta de la casa se abrió, y yo entré para encontrarme con el señor Pérez.
-Señor Pérez, señor Pérez.-exclamé yo, fingiendo tono de preocupación.
-¿Qué ocurre?¿Qué ocurre?-me preguntó alterado.
-¿Ha visto usted al chico ese que llegó al pueblo?¿le ha visto?-no sé si lo de actuar se me da demasiado bien, pero lo que viene a ser mentir, gloria bendita.- Pues creo que está pervirtiendo a su inocente hija.
-¿A Elena?¿pervertirla?- desde luego, se le notaba alterado.- Nunca, mi hija es una bendita. ¿Dónde está ese canalla?
                Después le añadió un par de blasfemias que venían muy a cuento. Me mandó a buscarle, para poder dialogar con él, y así conocer sus perversas intenciones. Fui en su busca, y le encontré jugando a la petanca con un pueblerino, aunque ahora que lo pienso, creo que aquello no era una petanca…
                El caso es que cuando llegué con él a la casa del señor Pérez, se había reunido allí una gran turba armada con antorchas y rastrillos. En cuanto nos vieron llegar, se lanzaron contra nosotros, seguramente instigados por el señor Pérez.
                Hubiese sido fácil que le apaleasen, pero sentí una sensación extraña en el siglo XXI: el remordimiento. Así que le agarré de la manga y salí corriendo de allí tan deprisa como pude, contento en parte porque mi plan hubiese funcionado.
                Cuando llegamos a un camino apartado, le dije que no podía volver por Valdecuerdo si no quería que le linchasen.
-Coge este camino y ve hacia el sur.-le dije.-Y no vuelvas nunca; la gente de pueblo, no olvida.
-Llolol,- me dijo él como despedida.- desde el momento que te vi he querido…
                No acabó la frase, solo clavó sus ojos en los míos, y antes de que me diese cuenta, me cogió de la chaqueta y me acercó a él. Cuando quise reaccionar, su lengua ya estaba intentando abrirse paso hasta mi esófago mientras los pelos de su corta barbita, chocaban contra los míos. No sabía que hacer, por lo menos podría haber avisado.
                Acabado el morreo, me soltó y se puso en marcha, sin decirme nada más, dejándome atónito durante casi media hora, en la que intenté procesar aquello.

                Así, Valdecuerdo volvía a estar a salvo de los muchos peligros que suelen acecharlo. Porque las personas, vienen y van, pero Valdecuerdo permanece, permanece por toda la eternidad.