Episodio IV: De las prácticas religiosas dadas en
Valdecuerdo a lo largo de mi estancia allí.
Por lo
general, alguien que imparte una doctrina, suele ser fiel a la misma; o sea, no
puede decir cualquier cosa. Por ejemplo: una persona que estudia biología va a
clase, y el profesor le dice que el creacionismo es una teoría completamente
válida, y con base científica. Evidentemente, a ese alumno le costará creer eso
sin que se lo demuestren, y no bajará la cabeza con expresión solemne y dirá
“si, maestro”. O por lo menos en el mundo…bueno, civilizado de algún modo.
Pero, por supuesto, en Valdecuerdo no es así.
Allí, maestros, lo que se dice maestros, no hay muchos;
digamos que tiende a cero (o sea que no hay ni medio). Pero para compensar,
tienen a don Romualdo, el cura, siempre tan…tan…siempre tan cura. Allí, lo que
dice don Romualdo va a misa literalmente, y nadie osa ponerlo en duda. Esto le
convertiría en el hombre más poderoso del pueblo de no ser porque tarda media
hora en acabar una frase. Todo esto viene a cuento de una cosa que me pasó allí
en Valdecuerdo, unos pocos días antes de las fiestas locales.
Yo
había decidido ir a misa aquel día, y eso que a mí, las cosas de la religión me
atraen bastante poco; pero lo hice para ver a don Romualdo en plena acción. Y
acción hubo, pero fue lenta y cansina. Para empezar, tardó media hora en salir
de la sacristía, porque según dijo, estaba enseñándole el “espíritu santo” al
monaguillo que salió pálido cual muerto andante. De hecho, yo creí que estaba
poseído y le tiré el agua bendita de la pila encima mientras trataba de
expulsar a Satán de él, pero no me salió bien.
Cuando el cura consiguió llegar
al altar con su paso perezoso, se puso a hablar de un señor raro de hace muchos
años que debió hacer algo importante. He visto ovejas con más elocuencia que
don Romualdo. Cada dos palabras que decía, añadía un “emmm….” que hacía que
pareciese que entraba en trance a cada cosa que decía. Dicen que Hitchcock era
bueno con lo del suspense, pero don Romualdo lo superaba con mucho.
La única parte medio entretenida
de todo aquello, fue que nos regaló galletitas rancias, pero comestibles al fin
y al cabo. Y pocas veces he sido tan feliz en mi vida que cuando nos dijo que
podíamos irnos.
-ALELUYA.-exclamé tras oír el
“podeis ir en paz”, exasperado ya de estar allí. Vi como Romualdo me miraba
desde el altar, así que supliqué a quienes estaban a mi alrededor que no le
dejasen seguir hablando.
-Mirad,-dijo el cura
señalándome.-aún queda…. gente…….. con fe…… en el mundo….. Dios…. aún…… tiene
leales.
Y desde entonces me pregunto que
quién sería ese tal Dios. Ya me había recorrido el pueblo entero y no había
visto a nadie con ese nombre, ni similares.
Pero bueno, al fin y al cabo,
aquella tortura psicológica había sido culpa mía por haberme metido en donde no
me llamaban, así que decidí no volver. Pero volví, volví: me había quedado
enganchado a esas galletas rancias que nos había repartido don Romualdo, así
que fui una noche sin que nadie me viese y robé un saco entero de la sacristía.
Aquella mañana compartí el botín
con Pelayo, y para mojarlas, qué menos que preparar chocolate fundido (que en
realidad se lo robamos a los del bar).
-No están buenas ni ná.-dije yo mientras me metía diez en la
boca a la vez.
-Sí,-afirmó Pelayo.-son la hostia.
-Bueno, tampoco es para tanto.
Acabado
el piscolabis, decidimos que se nos
había quedado corto y repetimos el proceso, yo robé las galletas y él el
chocolate. Vuelta a empezar, hasta que se apareció don Gervasio, que no dudó en
unirse a nosotros. Cuando las probó, las describió como “la hostia de buenas”,
que las que se acababa de comer en su casa no valía “ni media hostia” comparada
con aquellas.
Y así,
tras igualar esas galletas rancias al miembro viril masculino unas cuantas
veces, decidimos repetir el suceso, y me tocó volver a colarme en la iglesia. Y
allí empezó todo.
Una vez
me vi dentro de la sacristía, me pareció ver algo que se movía en una esquina:
era el monaguillo, que miraba hacia el infinito con los brazos abrazando las
rodillas mientras se balanceaba adelante y atrás.
-Espíritu santo.-repetía con voz entrecortada.-Espíritu
santo.
Tan
absorto estaba, que ni siquiera se percató de mi presencia, así que seguí en mi
búsqueda de las galletas rancias, y allí estaban justo al fondo en un saco se
veinte kilos. La sonrisa maquiavélica que se había dibujado en mi rostro se
borró en cuanto me acerqué a ellas. De la iglesia, salían voces.
Miedo
absoluto. Aquella podía ser la señal de que se estaba celebrando un acto
religioso como el día anterior, y si salía de la sacristía, me vería obligado a
presenciarlo. Pero la suerte estaba de mi parte, aquellas voces no sonaban como
las del día anterior, sonaban como berridos de satánica bestia. Me asomé a la
puerta por descubrir que era aquello, y fue un espectáculo bastante curioso,
grotesco incluso cual esperpento de Valle-Inclán.
La
genta bailaba por toda la iglesia, si es que a eso se le puede llamar bailar.
Más bien se retorcían y daban saltos por todas partes como si hubiesen metido
los dedos en un enchufe. También gritaban cosas raras que supuse incoherentes.
Todo el pueblo estaba allí, haciendo lo que se supusiese que estaban haciendo,
incluso Elena, que bailaba quizá algo ligera de ropa, pero ya había intentado
violarme tantas veces que estaba acostumbrado a verla así. Busqué a don
Romualdo entre el tumulto, y ciertamente no fue difícil encontrarlo: estaba
sobre el altar con una capa de plumas de colores, con las manos levantadas
hacia arriba mientras rezaba en un idioma extraño.
Me
quedé pegado a la pared para evitar la colisión con cualquiera de las
ochenteras danzantes allí presentes, y me acorralé un una esquina para sentirme
pequeño y atemorizado.
Tres
horas después, lo que fuera aquello acabó cuando el cura invocó al espíritu del
Kualalompupu para que nos guiase, y aún así, la gente se fue con sus bailes
raros hasta sus respectivas casas. Yo me quedé en aquella esquina hasta bien
entrada la noche, cuando decidí salir, esperando no cruzarme con nadie. De
vuelta a mi hotel-establo, me enterré en el monton de paja más grande que vi
para pasar toda la noche repitiéndome que todo había sido una pesadilla.
Me
levanté con la habitual sonrisa de todos los días para comprobar que nada había
cambiado desde la noche anterior, la gente salía a la calle con los bailes
estrambóticos y los gritos guturales, y lo peor fue cuando empezaron a
rodearme. Solo me quedaba una opción desesperada para escapar de allí.
-¡¡¡¡¡¡¡¡¡GOKU!!!!!!!!!-exclamé.-¡Te necesitoooo!
Pero no
se apareció por allí, solo llegó el amigo suyo ese, el calvo bajito, pero le
mataron unas ardillas enfurecidas. Así que estaba sólo ante el peligro. Y justo
cuando vi que mi vida pasaba por delante de mis ojos, encontré un hueco entre
los frenéticos bailarines pueblerinos. Tuve que usar toda mi habilidad en artes
marciales adquirida gracias al exceso de videojuegos para escapar de allí, y
salir del cerque que habían tendido en torno a mi persona.
Conseguí
esconderme en el espacio pluridimensional que había dentro de la alberca del
pueblo, pero sabía que ni siquiera allí estaría seguro durante demasiado
tiempo. Tenía que hacer algo para acabar con aquella locura…Pero no se me
ocurría nada, así que saqué las cartas y me puse a jugar al solitario hasta que
me acordé, que según la tele, la sabia tele, si matas al vampiro jefe, mueren
todos los vampiros menores, así que decidí ir a enfrentarme al seños don
Romualdo en el que sería una de las mayores batallas de nuestro mundo.
Derribé
las puertas de la iglesia con un puñetazo, y allí estaba Romualdo, dedicado a
sus oraciones en extraña lengua, en cuanto me vio, le hizo una señal al
director de la Gran Orquesta de Valdecuerdo para que empezase a tocar algo de
música épica, muy dada para la ocasión. Y así comenzó el duelo, solos él, yo, y
más de trescientos músicos para acompañar los golpes. Os puedo asegurar que de
haber estado allí, no habríais visto nada, pues nuestros ataques eran tan
rápidos que serían imperceptibles para el ojo humano. Estuve a punto de hacerme
con la victoria en un par de ocasiones, pero no pude evitar la patada voladora
que me hizo volar más allá de las puertas de la iglesia.
Casualmente,
en menos de diez minutos, una violenta tormenta había llegado al pueblo, y
había empezado a llover fuertemente entre rayo y rayo. Yo había quedado tendido
en el suelo, y estaba completamente empapado y lleno de barro, sabía que ese
era mi final…
Pero
no, no, aún había una posibilidad de sobrevivir. No se cómo, pero justo a mi
lado, al alcance de mi mano, había caído una de esas deliciosas galletas rancias,
era mi salvación: en cuanto don Romualdo apareció por la puerta de la iglesia,
dispuesto a darme el remate final, arrojé la galleta contra él. Pude ver como
giraba hacia él, trazando una trayectoria perfecta hacia su boca. Encesté de
pleno.
-Esto…-dijo él, deteniéndose en seco.-esto…está bueno de la
hostia.
Los
bailes cesaron, la tormenta se disipó y la gente volvió a su vida normal, como
si no recordasen nada de lo que había pasado hasta entonces. Don Romualdo entró
en la iglesia en silencio, y todo volvió a ser como antes.
Nadie
volvió a hablar del tema, quizá no se acordasen. Con el tiempo descubrí que
todo había ocurrido porque el cura se había pasado toda la noche anterior
viendo programas de televidencia y había empezado a creer que todo lo que
decían allí era verdad, transmitiéndoselo al resto de vecinos.
Este
hecho debe dejaros claro, lo peligroso que es ver programas de este tipo, jugar
con los espíritus es divertido, pero puede llegar a ser peligroso. Como dice el
proverbio chino: ”Si invocas al agua, que sea porque quieres que te lleven a
algún sitio; si invocas al aire, que sea por que busques su sabiduría; si
invocas a la tierra, que sea por que quieres entrar en armonía con ella; y si
invocas al fuego, que sea por que tú solo no te apañas para encender la
barbacoa.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario