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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Paseo por Valdecuerdo IV.

Episodio IV: De las prácticas religiosas dadas en Valdecuerdo a lo largo de mi estancia allí.


                Por lo general, alguien que imparte una doctrina, suele ser fiel a la misma; o sea, no puede decir cualquier cosa. Por ejemplo: una persona que estudia biología va a clase, y el profesor le dice que el creacionismo es una teoría completamente válida, y con base científica. Evidentemente, a ese alumno le costará creer eso sin que se lo demuestren, y no bajará la cabeza con expresión solemne y dirá “si, maestro”. O por lo menos en el mundo…bueno, civilizado de algún modo. Pero, por supuesto, en Valdecuerdo no es así.
Allí, maestros, lo que se dice maestros, no hay muchos; digamos que tiende a cero (o sea que no hay ni medio). Pero para compensar, tienen a don Romualdo, el cura, siempre tan…tan…siempre tan cura. Allí, lo que dice don Romualdo va a misa literalmente, y nadie osa ponerlo en duda. Esto le convertiría en el hombre más poderoso del pueblo de no ser porque tarda media hora en acabar una frase. Todo esto viene a cuento de una cosa que me pasó allí en Valdecuerdo, unos pocos días antes de las fiestas locales.
                Yo había decidido ir a misa aquel día, y eso que a mí, las cosas de la religión me atraen bastante poco; pero lo hice para ver a don Romualdo en plena acción. Y acción hubo, pero fue lenta y cansina. Para empezar, tardó media hora en salir de la sacristía, porque según dijo, estaba enseñándole el “espíritu santo” al monaguillo que salió pálido cual muerto andante. De hecho, yo creí que estaba poseído y le tiré el agua bendita de la pila encima mientras trataba de expulsar a Satán de él, pero no me salió bien.
Cuando el cura consiguió llegar al altar con su paso perezoso, se puso a hablar de un señor raro de hace muchos años que debió hacer algo importante. He visto ovejas con más elocuencia que don Romualdo. Cada dos palabras que decía, añadía un “emmm….” que hacía que pareciese que entraba en trance a cada cosa que decía. Dicen que Hitchcock era bueno con lo del suspense, pero don Romualdo lo superaba con mucho.
La única parte medio entretenida de todo aquello, fue que nos regaló galletitas rancias, pero comestibles al fin y al cabo. Y pocas veces he sido tan feliz en mi vida que cuando nos dijo que podíamos irnos.
-ALELUYA.-exclamé tras oír el “podeis ir en paz”, exasperado ya de estar allí. Vi como Romualdo me miraba desde el altar, así que supliqué a quienes estaban a mi alrededor que no le dejasen seguir hablando.
-Mirad,-dijo el cura señalándome.-aún queda…. gente…….. con fe…… en el mundo….. Dios…. aún…… tiene leales.
Y desde entonces me pregunto que quién sería ese tal Dios. Ya me había recorrido el pueblo entero y no había visto a nadie con ese nombre, ni similares.
Pero bueno, al fin y al cabo, aquella tortura psicológica había sido culpa mía por haberme metido en donde no me llamaban, así que decidí no volver. Pero volví, volví: me había quedado enganchado a esas galletas rancias que nos había repartido don Romualdo, así que fui una noche sin que nadie me viese y robé un saco entero de la sacristía.
Aquella mañana compartí el botín con Pelayo, y para mojarlas, qué menos que preparar chocolate fundido (que en realidad se lo robamos a los del bar).
-No están buenas ni ná.-dije yo mientras me metía diez en la boca a la vez.
-Sí,-afirmó Pelayo.-son la hostia.
-Bueno, tampoco es para tanto.
                Acabado el piscolabis, decidimos que  se nos había quedado corto y repetimos el proceso, yo robé las galletas y él el chocolate. Vuelta a empezar, hasta que se apareció don Gervasio, que no dudó en unirse a nosotros. Cuando las probó, las describió como “la hostia de buenas”, que las que se acababa de comer en su casa no valía “ni media hostia” comparada con aquellas.
                Y así, tras igualar esas galletas rancias al miembro viril masculino unas cuantas veces, decidimos repetir el suceso, y me tocó volver a colarme en la iglesia. Y allí empezó todo.
                Una vez me vi dentro de la sacristía, me pareció ver algo que se movía en una esquina: era el monaguillo, que miraba hacia el infinito con los brazos abrazando las rodillas mientras se balanceaba adelante y atrás.
-Espíritu santo.-repetía con voz entrecortada.-Espíritu santo.
                Tan absorto estaba, que ni siquiera se percató de mi presencia, así que seguí en mi búsqueda de las galletas rancias, y allí estaban justo al fondo en un saco se veinte kilos. La sonrisa maquiavélica que se había dibujado en mi rostro se borró en cuanto me acerqué a ellas. De la iglesia, salían voces.
                Miedo absoluto. Aquella podía ser la señal de que se estaba celebrando un acto religioso como el día anterior, y si salía de la sacristía, me vería obligado a presenciarlo. Pero la suerte estaba de mi parte, aquellas voces no sonaban como las del día anterior, sonaban como berridos de satánica bestia. Me asomé a la puerta por descubrir que era aquello, y fue un espectáculo bastante curioso, grotesco incluso cual esperpento de Valle-Inclán.
                La genta bailaba por toda la iglesia, si es que a eso se le puede llamar bailar. Más bien se retorcían y daban saltos por todas partes como si hubiesen metido los dedos en un enchufe. También gritaban cosas raras que supuse incoherentes. Todo el pueblo estaba allí, haciendo lo que se supusiese que estaban haciendo, incluso Elena, que bailaba quizá algo ligera de ropa, pero ya había intentado violarme tantas veces que estaba acostumbrado a verla así. Busqué a don Romualdo entre el tumulto, y ciertamente no fue difícil encontrarlo: estaba sobre el altar con una capa de plumas de colores, con las manos levantadas hacia arriba mientras rezaba en un idioma extraño.
                Me quedé pegado a la pared para evitar la colisión con cualquiera de las ochenteras danzantes allí presentes, y me acorralé un una esquina para sentirme pequeño y atemorizado.
                Tres horas después, lo que fuera aquello acabó cuando el cura invocó al espíritu del Kualalompupu para que nos guiase, y aún así, la gente se fue con sus bailes raros hasta sus respectivas casas. Yo me quedé en aquella esquina hasta bien entrada la noche, cuando decidí salir, esperando no cruzarme con nadie. De vuelta a mi hotel-establo, me enterré en el monton de paja más grande que vi para pasar toda la noche repitiéndome que todo había sido una pesadilla.
                Me levanté con la habitual sonrisa de todos los días para comprobar que nada había cambiado desde la noche anterior, la gente salía a la calle con los bailes estrambóticos y los gritos guturales, y lo peor fue cuando empezaron a rodearme. Solo me quedaba una opción desesperada para escapar de allí.
-¡¡¡¡¡¡¡¡¡GOKU!!!!!!!!!-exclamé.-¡Te necesitoooo!
                Pero no se apareció por allí, solo llegó el amigo suyo ese, el calvo bajito, pero le mataron unas ardillas enfurecidas. Así que estaba sólo ante el peligro. Y justo cuando vi que mi vida pasaba por delante de mis ojos, encontré un hueco entre los frenéticos bailarines pueblerinos. Tuve que usar toda mi habilidad en artes marciales adquirida gracias al exceso de videojuegos para escapar de allí, y salir del cerque que habían tendido en torno a mi persona.
                Conseguí esconderme en el espacio pluridimensional que había dentro de la alberca del pueblo, pero sabía que ni siquiera allí estaría seguro durante demasiado tiempo. Tenía que hacer algo para acabar con aquella locura…Pero no se me ocurría nada, así que saqué las cartas y me puse a jugar al solitario hasta que me acordé, que según la tele, la sabia tele, si matas al vampiro jefe, mueren todos los vampiros menores, así que decidí ir a enfrentarme al seños don Romualdo en el que sería una de las mayores batallas de nuestro mundo.
                Derribé las puertas de la iglesia con un puñetazo, y allí estaba Romualdo, dedicado a sus oraciones en extraña lengua, en cuanto me vio, le hizo una señal al director de la Gran Orquesta de Valdecuerdo para que empezase a tocar algo de música épica, muy dada para la ocasión. Y así comenzó el duelo, solos él, yo, y más de trescientos músicos para acompañar los golpes. Os puedo asegurar que de haber estado allí, no habríais visto nada, pues nuestros ataques eran tan rápidos que serían imperceptibles para el ojo humano. Estuve a punto de hacerme con la victoria en un par de ocasiones, pero no pude evitar la patada voladora que me hizo volar más allá de las puertas de la iglesia.
                Casualmente, en menos de diez minutos, una violenta tormenta había llegado al pueblo, y había empezado a llover fuertemente entre rayo y rayo. Yo había quedado tendido en el suelo, y estaba completamente empapado y lleno de barro, sabía que ese era mi final…
                Pero no, no, aún había una posibilidad de sobrevivir. No se cómo, pero justo a mi lado, al alcance de mi mano, había caído una de esas deliciosas galletas rancias, era mi salvación: en cuanto don Romualdo apareció por la puerta de la iglesia, dispuesto a darme el remate final, arrojé la galleta contra él. Pude ver como giraba hacia él, trazando una trayectoria perfecta hacia su boca. Encesté de pleno.
-Esto…-dijo él, deteniéndose en seco.-esto…está bueno de la hostia.
                Los bailes cesaron, la tormenta se disipó y la gente volvió a su vida normal, como si no recordasen nada de lo que había pasado hasta entonces. Don Romualdo entró en la iglesia en silencio, y todo volvió a ser como antes.
                Nadie volvió a hablar del tema, quizá no se acordasen. Con el tiempo descubrí que todo había ocurrido porque el cura se había pasado toda la noche anterior viendo programas de televidencia y había empezado a creer que todo lo que decían allí era verdad, transmitiéndoselo al resto de vecinos.

                Este hecho debe dejaros claro, lo peligroso que es ver programas de este tipo, jugar con los espíritus es divertido, pero puede llegar a ser peligroso. Como dice el proverbio chino: ”Si invocas al agua, que sea porque quieres que te lleven a algún sitio; si invocas al aire, que sea por que busques su sabiduría; si invocas a la tierra, que sea por que quieres entrar en armonía con ella; y si invocas al fuego, que sea por que tú solo no te apañas para encender la barbacoa.”

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