El nuevo Guerenos, tierra de científicos y filósofos y cantamañanas.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Paseo por Valdecuerdo V.

Episodio V: de como el arte de hacer música llega hasta los más alejados lugares de la Meseta Castellana.


                Desde el Epitafio de Seikilos hasta la macarena, nos encontramos una amplia gama de composiciones musicales que la humanidad ha ido creando a lo largo del tiempo. Ha sido como una necesidad vital que nos ha acompañado desde siempre, dando lugar a grandes genios como Beethoven, Encina, o David el Gnomo, así como a grandes piezas como Bohemian Rapsody, Diferencias sobre Guárdame las Vacas o Paquito el Chocolatero. Han sido muchos los que han intentado triunfar, pero muy pocos los que lo han conseguido. Personalmente, he tenido el placer de conocer a algunos de los grupos que más alto han llegado, a lo largo de mis viajes a través del espacio tiempo.
                Pero vayamos al grano, es decir, a Valdecuerdo, donde unos pocos días antes de las fiestas locales, se decidió celebrar un casting para elegir quién sería la banda que tocase antes del pregón, así que se pusieron anuncios en Internet, por las calles, en la radio, en la televisión china y hasta debajo de las papeleras, para que nadie se lo perdiese. En cuestión de horas, Valcuerdo se había llenado de aspirantes. Unos eran grupos de jóvenes que empezaban a montarse sus pequeñas orgías musicales y querían darse a conocer, otros eran solistas de aspecto apagado que no soltaban más que cursilerías, y hasta vinieron grupos de bailes tradicionales Cherviokosovarkistanianos. También llegó un tal Justino Bieldaber, llegado desde los Montes de Toledo, pero le descalificamos cuando le encontramos sodomizando a un par de cabras.
                Misteriosamente, me eligieron para formar parte del jurado, entre grandes personajes de la música actual como Alfonso X o Freddy Mercury. No entiendo por qué, pero no fue ninguno de los dos, así que todo el peso de la decisión recaería sobre mis sensuales hombros.
                El primer grupo al que descalifiqué, fue a uno que bailaba bailes satánicos llamados “jotas” mientras tocaban un desagradable instrumento superdesagradable llamado “dulzaina” o algo parecido; acto seguido anuncié que no aceptaría a ningún grupo que se pareciese a aquel anterior. Pero no tardó en llegar otro aún peor.
                Montados sobre negros caballos, llegaron por el llano una noche sin luna, con sus negras capas al viento, y sus negras almas salidas del Infierno. Armas oscuras portaban, que con las manos blandían al son de los negros himnos que cantando proferían. Las campanas de la iglesia, tarde nos alertaron, y cuando nos dimos cuenta, aquí ya estaban llegados. Perturbaron nuestras calles con sus roncos alaridos, temblaban de miedo en sus casas, los abuelos y los niños. Por hacer que no entrasen, lancé granadas de luz, mas las batearon ellos con un golpe de laúd. Bien tuve que resignarme a perder esta batalla; bien tuve que resignarme a lo que allí me pasara.
                Era lo que todos pensáis, la Tuna había llegado a Valdecuerdo, decidida a presentarse al concurso, y yo, en mi condición de juez imparcial, me vi obligado a resignarme, y darles una oportunidad, que aprovecharon para berrear lo que les apeteció en aquel momento. De hecho, un carnero que pasaba por allí quiso montarles, creyendo que se trataba de ovejas en celo.
                Cuando acabaron, legó mi momento de gloria, y levanté el dedo índice, señalando hacia la llanura con expresión de ira absoluta. Entonces les pedí, muy amablemente que hicieran el favor de abandonar el pueblo y no regresar en lo que nos quedaba de milenio. Bueno, vale, a lo mejor no lo hice de forma tan amable.
                Para mi sorpresa, y para la de todos los vecinos allí presentes, se fueron sin decir nada, y sin molestar a nadie, cosa curiosa en esta especie de animal prehistórico. Así que ya sólo nos quedaban dos grupos: uno de polka y otro de rock formado por un grupo de alocados jóvenes aficionados. Una elección difícil, y más para un amante de las polkas (suerte que allí no había ninguno).
                A la mañana siguiente, llegó el momento de dar el veredicto ante las autoridades  del pueblo, para lo cual se había montado un gran escenario en la plaza mayor con focos inclusive. Yo subí y desenrollé el antiguo pergamino en el que había escrito mi decisión en lengua rúnica perdida.
-Gentes de Valdecuerdo.-comencé a pregonar.- Tras horas de reflexión intensa, y de seleccionar cuidadosamente a cada uno de los aspirantes para que permaneciese o no en el concurso, he concluido que el grupo que amenizará nuestras fiestas de este año será el de los…
                Me disponía a acabar la frase cuando una gran sombra se cernió sobre el pueblo. Todo el mundo miró hacia arriba para contemplar como sobre nosotros se había aparecido un gran platillo volador de color oscuro. De la monstruosa nave, emergió un rayo de luz mística, que se dirigió contra los dos grupos aspirantes, que estaban allí presentes para escuchar el veredicto.
                Mediante una fuerza misteriosa, los hizo ascender hasta una compuerta del volador objeto, por la que desaparecieron ante la impotencia de todo el pueblo. Nadie sabía que era lo que había pasado hasta que desde las sombras de una esquina, nos llegó una voz que nos era familiar, la voz de uno de los tunos del día anterior.
-Ya no tenéis nadie para que toque en vuestra fiesta, gentes de Valdecuerdo.-nos dijo riéndose con unas profundas y maquiavélicas carcajadas.- Ahora no tenéis más remedio que escucharnos a nosotros.
-Jamás.-exclamé yo mientras un fuerte viento me azotaba la cara, haciendo de aquella escena algo digno de cualquier fantasía épica.-¿Qué has hecho con nuestros aspirantes, malvado tunante?
-Ahora están bajo nuestro poder, y no podréis hacer nada. Las fiestas de Vadecuerdo son nuestras. ¡NUESTRAS!.-y sin decir nada más, se esfumó en una nube de humo negro.
                Yo caí de rodillas al suelo mientras gritaba hacia los cielos.
-¿Es que no hay misericordia en las alturas?-exclamé desgarradoramente. Todo el pueblo se estremeció, e incluso los pájaros salieron volando en bandada desde el torreón de la iglesia.
-Llolol.-me llamó la aparentemente inocente voz de Elena desde el público.-Elllolol,-dijo cuando al fin levante la vista hacia ella.-tienes que hacer algo, Llolol, tienes que salvar a Valdecuerdo de la tuna.
-Sí.-afirmé, levantándome decidido.-Lo haré.
                Aún recuerdo el clamor de la gente dándome las gracias, y tirándome flores, y el tacto suave de Elena, intentando violarme infructuosamente otra vez. De hecho, hasta pinté un cuadro de la escena que ahora se expone en el Museo del Prado.
                 Pero, por muy decidido que estuviese, y por mucho que me dopase cual ciclista, no sabía a dónde había ido aquel platillo volador, ni cómo rescatar a los grupos secuestrados. Así que para resolver e primer interrogante, decidí consultar al Guguel Erz (o como se escriba); descubrí que el platillo había aterrizado sobre los campos de don Marcial, justo al lado del establo donde solía dormir, y a la vista de todos.
                Ahora solo me quedaba trazar un plan de ataque, que sería la parte más difícil de éste periplo. El ataque con heces de vaca no funcionó, y cuando catapultamos a las vacas tampoco. Nos disponíamos a lanzarles a la yegua Jacinta cuando una idea de última hora vino a mi mente. Recordé el más poderoso artefacto de cuantos se hayan visto por esos lares, y que si eres un lector comprometido, (cosa que así espero) quizás recuerdes del Episodio III.
                Efectivamente, me refiero al cuerno de sodomizar, el Cuerno de Mamut de Sodom-Izar. Si no recordaba mal, Nicomedes se lo había llevado con él de regreso a África, pero ahora, lo necesitábamos en Valdecuerdo.
                Corrí hacia el portaviones que teníamos amarrado junto al ayuntamiento, donde me hice con un avión ultrasónico. A penas tardé diez minutos en llegar al campamento del anciano Nicomedes, en lo más profundo de la sabana. Tuve que enfrentarme a tres cíclopes a la vez para demostrar que era digno de portar el cuerno, y cuando lo conseguí al fin, puse rumbo en seguida de vuelta a Valdecuerdo.
                Cuerno en mano, conseguí superar el blindaje del patillo volador de la tuna, accediendo al interior. Con un poder como el que blandía en aquel momento, no me fue difícil rescatar a los grupos cautivos, ni introducir el Cuerno en le tubo digestivo de cuanto tuno como me encontré por delante. Así conseguí erradicar esa amenaza, de una vez por siempre.
                El pueblo agradecido me regaló un vale descuento en una cervecería cutre, mientras esperaba escuchar mi decisión. Evidentemente, elegí a los que bailaban polkas, pero hubo algo que me hizo cambiar de opinión en el último momento, pues oí cómo uno de los integrantes de este grupo le decía algo a otro con un acento extraño.
-Es que soy griego.-me dijo cuando le pregunté.-Concretamente del Peloponeso.
-¿Del Peloponeso?-pregunté yo algo alterado.-¡¡¡ESTO NO ES ESPARTA!!!-y con un puntapié le mandé directo al pozo de la plaza, del que se decía que no tenía fondo.
                Los de las polkas estaban descalificados. Así que sería el grupo de rockeros aficionados quienes tocarían en las fiestas. He decidido no decir su nombre aquí para protegerles de lo que les pudiera llegar a pasar. Devolví el cuerno a Nicomedes, y me dispuse a escribir todo lo ocurrido hasta entonces en esta última aventura en Valdecuerdo.

                Espero que hayas entendido la moraleja de ésta bella historia: nunca aparques un platillo volador en un pueblo, pues no sabes lo que te puede pasar.

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