Episodio V: de como el arte de hacer música llega hasta los
más alejados lugares de la Meseta Castellana.
Desde
el Epitafio de Seikilos hasta la macarena, nos encontramos una amplia gama de
composiciones musicales que la humanidad ha ido creando a lo largo del tiempo.
Ha sido como una necesidad vital que nos ha acompañado desde siempre, dando
lugar a grandes genios como Beethoven, Encina, o David el Gnomo, así como a
grandes piezas como Bohemian Rapsody, Diferencias sobre Guárdame las Vacas o
Paquito el Chocolatero. Han sido muchos los que han intentado triunfar, pero
muy pocos los que lo han conseguido. Personalmente, he tenido el placer de
conocer a algunos de los grupos que más alto han llegado, a lo largo de mis
viajes a través del espacio tiempo.
Pero
vayamos al grano, es decir, a Valdecuerdo, donde unos pocos días antes de las
fiestas locales, se decidió celebrar un casting para elegir quién sería la
banda que tocase antes del pregón, así que se pusieron anuncios en Internet,
por las calles, en la radio, en la televisión china y hasta debajo de las
papeleras, para que nadie se lo perdiese. En cuestión de horas, Valcuerdo se
había llenado de aspirantes. Unos eran grupos de jóvenes que empezaban a
montarse sus pequeñas orgías musicales y querían darse a conocer, otros eran
solistas de aspecto apagado que no soltaban más que cursilerías, y hasta
vinieron grupos de bailes tradicionales Cherviokosovarkistanianos. También
llegó un tal Justino Bieldaber, llegado desde los Montes de Toledo, pero le
descalificamos cuando le encontramos sodomizando a un par de cabras.
Misteriosamente,
me eligieron para formar parte del jurado, entre grandes personajes de la
música actual como Alfonso X o Freddy Mercury. No entiendo por qué, pero no fue
ninguno de los dos, así que todo el peso de la decisión recaería sobre mis
sensuales hombros.
El
primer grupo al que descalifiqué, fue a uno que bailaba bailes satánicos
llamados “jotas” mientras tocaban un desagradable instrumento superdesagradable
llamado “dulzaina” o algo parecido; acto seguido anuncié que no aceptaría a
ningún grupo que se pareciese a aquel anterior. Pero no tardó en llegar otro
aún peor.
Montados
sobre negros caballos, llegaron por el llano una noche sin luna, con sus negras
capas al viento, y sus negras almas salidas del Infierno. Armas oscuras
portaban, que con las manos blandían al son de los negros himnos que cantando
proferían. Las campanas de la iglesia, tarde nos alertaron, y cuando nos dimos
cuenta, aquí ya estaban llegados. Perturbaron nuestras calles con sus roncos
alaridos, temblaban de miedo en sus casas, los abuelos y los niños. Por hacer
que no entrasen, lancé granadas de luz, mas las batearon ellos con un golpe de
laúd. Bien tuve que resignarme a perder esta batalla; bien tuve que resignarme
a lo que allí me pasara.
Era lo
que todos pensáis, la Tuna había llegado a Valdecuerdo, decidida a presentarse
al concurso, y yo, en mi condición de juez imparcial, me vi obligado a
resignarme, y darles una oportunidad, que aprovecharon para berrear lo que les
apeteció en aquel momento. De hecho, un carnero que pasaba por allí quiso
montarles, creyendo que se trataba de ovejas en celo.
Cuando
acabaron, legó mi momento de gloria, y levanté el dedo índice, señalando hacia
la llanura con expresión de ira absoluta. Entonces les pedí, muy amablemente
que hicieran el favor de abandonar el pueblo y no regresar en lo que nos
quedaba de milenio. Bueno, vale, a lo mejor no lo hice de forma tan amable.
Para mi
sorpresa, y para la de todos los vecinos allí presentes, se fueron sin decir
nada, y sin molestar a nadie, cosa curiosa en esta especie de animal
prehistórico. Así que ya sólo nos quedaban dos grupos: uno de polka y otro de
rock formado por un grupo de alocados jóvenes aficionados. Una elección
difícil, y más para un amante de las polkas (suerte que allí no había ninguno).
A la
mañana siguiente, llegó el momento de dar el veredicto ante las autoridades del pueblo, para lo cual se había montado un
gran escenario en la plaza mayor con focos inclusive. Yo subí y desenrollé el
antiguo pergamino en el que había escrito mi decisión en lengua rúnica perdida.
-Gentes de Valdecuerdo.-comencé a pregonar.- Tras horas de
reflexión intensa, y de seleccionar cuidadosamente a cada uno de los aspirantes
para que permaneciese o no en el concurso, he concluido que el grupo que
amenizará nuestras fiestas de este año será el de los…
Me
disponía a acabar la frase cuando una gran sombra se cernió sobre el pueblo.
Todo el mundo miró hacia arriba para contemplar como sobre nosotros se había
aparecido un gran platillo volador de color oscuro. De la monstruosa nave,
emergió un rayo de luz mística, que se dirigió contra los dos grupos
aspirantes, que estaban allí presentes para escuchar el veredicto.
Mediante
una fuerza misteriosa, los hizo ascender hasta una compuerta del volador
objeto, por la que desaparecieron ante la impotencia de todo el pueblo. Nadie
sabía que era lo que había pasado hasta que desde las sombras de una esquina,
nos llegó una voz que nos era familiar, la voz de uno de los tunos del día
anterior.
-Ya no tenéis nadie para que toque en vuestra fiesta, gentes
de Valdecuerdo.-nos dijo riéndose con unas profundas y maquiavélicas
carcajadas.- Ahora no tenéis más remedio que escucharnos a nosotros.
-Jamás.-exclamé yo mientras un fuerte viento me azotaba la
cara, haciendo de aquella escena algo digno de cualquier fantasía épica.-¿Qué
has hecho con nuestros aspirantes, malvado tunante?
-Ahora están bajo nuestro poder, y no podréis hacer nada.
Las fiestas de Vadecuerdo son nuestras. ¡NUESTRAS!.-y sin decir nada más, se
esfumó en una nube de humo negro.
Yo caí
de rodillas al suelo mientras gritaba hacia los cielos.
-¿Es que no hay misericordia en las alturas?-exclamé
desgarradoramente. Todo el pueblo se estremeció, e incluso los pájaros salieron
volando en bandada desde el torreón de la iglesia.
-Llolol.-me llamó la aparentemente inocente voz de Elena
desde el público.-Elllolol,-dijo cuando al fin levante la vista hacia
ella.-tienes que hacer algo, Llolol, tienes que salvar a Valdecuerdo de la
tuna.
-Sí.-afirmé, levantándome decidido.-Lo haré.
Aún
recuerdo el clamor de la gente dándome las gracias, y tirándome flores, y el
tacto suave de Elena, intentando violarme infructuosamente otra vez. De hecho,
hasta pinté un cuadro de la escena que ahora se expone en el Museo del Prado.
Pero, por muy decidido que estuviese, y por
mucho que me dopase cual ciclista, no sabía a dónde había ido aquel platillo
volador, ni cómo rescatar a los grupos secuestrados. Así que para resolver e
primer interrogante, decidí consultar al Guguel Erz (o como se escriba);
descubrí que el platillo había aterrizado sobre los campos de don Marcial, justo
al lado del establo donde solía dormir, y a la vista de todos.
Ahora
solo me quedaba trazar un plan de ataque, que sería la parte más difícil de
éste periplo. El ataque con heces de vaca no funcionó, y cuando catapultamos a
las vacas tampoco. Nos disponíamos a lanzarles a la yegua Jacinta cuando una
idea de última hora vino a mi mente. Recordé el más poderoso artefacto de
cuantos se hayan visto por esos lares, y que si eres un lector comprometido,
(cosa que así espero) quizás recuerdes del Episodio III.
Efectivamente,
me refiero al cuerno de sodomizar, el Cuerno de Mamut de Sodom-Izar. Si no
recordaba mal, Nicomedes se lo había llevado con él de regreso a África, pero
ahora, lo necesitábamos en Valdecuerdo.
Corrí
hacia el portaviones que teníamos amarrado junto al ayuntamiento, donde me hice
con un avión ultrasónico. A penas tardé diez minutos en llegar al campamento
del anciano Nicomedes, en lo más profundo de la sabana. Tuve que enfrentarme a
tres cíclopes a la vez para demostrar que era digno de portar el cuerno, y
cuando lo conseguí al fin, puse rumbo en seguida de vuelta a Valdecuerdo.
Cuerno
en mano, conseguí superar el blindaje del patillo volador de la tuna,
accediendo al interior. Con un poder como el que blandía en aquel momento, no
me fue difícil rescatar a los grupos cautivos, ni introducir el Cuerno en le
tubo digestivo de cuanto tuno como me encontré por delante. Así conseguí
erradicar esa amenaza, de una vez por siempre.
El
pueblo agradecido me regaló un vale descuento en una cervecería cutre, mientras
esperaba escuchar mi decisión. Evidentemente, elegí a los que bailaban polkas,
pero hubo algo que me hizo cambiar de opinión en el último momento, pues oí
cómo uno de los integrantes de este grupo le decía algo a otro con un acento
extraño.
-Es que soy griego.-me dijo cuando le
pregunté.-Concretamente del Peloponeso.
-¿Del Peloponeso?-pregunté yo algo alterado.-¡¡¡ESTO NO ES
ESPARTA!!!-y con un puntapié le mandé directo al pozo de la plaza, del que se
decía que no tenía fondo.
Los de
las polkas estaban descalificados. Así que sería el grupo de rockeros
aficionados quienes tocarían en las fiestas. He decidido no decir su nombre
aquí para protegerles de lo que les pudiera llegar a pasar. Devolví el cuerno a
Nicomedes, y me dispuse a escribir todo lo ocurrido hasta entonces en esta
última aventura en Valdecuerdo.
Espero
que hayas entendido la moraleja de ésta bella historia: nunca aparques un
platillo volador en un pueblo, pues no sabes lo que te puede pasar.
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