El nuevo Guerenos, tierra de científicos y filósofos y cantamañanas.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Paseo por Valdecuerdo VI.

Episodio VI: De los muchos y muy variados negocios que pueden llegan a florecer en un pueblo de la Meseta Castellana.

                Incluso en los más modestos pueblos que puedas imaginar, se abren cada día más y más negocios, que son la base fundamental de la economía occidental. En sitios como éstos, podemos encontrar diversas cosas de indudable utilidad, así como servicios imprescindibles para la vida en el siglo XXI; siglo convulso y falto de base filosófica, gustoso de ahogar sus penas en una tarjeta de crédito, y a los forasteros despistados en el pilón del pueblo.
                Faltaban ya pocos días para la llegada de las fiestas locales a Valdecuerdo, y la gente en sí, comenzaba a agitarse para que todo estuviese en orden llegado el momento: don Gervasio se molestaba en escribir los pregones, el señor Pérez Estuardo (cuyo nombre seguía siendo aún un interrogante) adecentaba el pueblo, colgando banderines tristes de países diversos en las esquinas, Elena trataba de violarme una y otra vez, mientras Pelayo seguía su ejemplo y don Romualdo le echaba un poquito de marihuana al incensario.
                Todo parecía estar listo cuando de pronto, nos dimos cuenta de justo al lado del establo en el que yo solía dormir, acababa de aparecer un edificio de grandes proporciones, y de colores diversos, muy chillones. ¿Sería ese el resultado de la obra que había durado cinco meses, en los cuales contemplamos como se iba levantando el edificio; o habría aparecido allí por generación espontánea?
-¿Alguien sabe qué es eso?-preguntó don Gervasio, un día que estábamos reunidos en su casa-búnker.
-Había un cartel en la puerta,-comentó Pelayo.-ponía que esta noche sería la recepción de apertura del local.
-Sí…..sí….sí…-añadió don Romualdo;  en ese momento no supimos si quería decir algo, o es que estaba teniendo un orgasmo.-en… los…caaaartelesss……ponen cosassssssss…….
-Vale, está bien, vayamos a ver que pasa en ese sitio.-respondí yo.-Con suerte,  lo mismo tienen galletas…
                Nadie podía decirle que no a lo de las galletas, así que decidimos ir, aquella misma noche, a ver qué era aquel misterioso edificio. La verdad es que fuimos un poquito pronto, así que tuvimos que esperar durante más de diez horas delante de la puerta, lo que nos concedió tiempo suficiente como para fijarnos en el gigantesco letrero que había sobre las puertas, y que daba ciertas pistas acerca de la naturaleza abstracta de aquel sitio. “LAELLALOL” se llamaba el lugar en cuestión, nombre que me era curiosamente familiar, pero no sé muy bien por qué.
-Elllolol.-me llamó Pelayo.-¿Te has fijado en que el nombre de éste sitio se parece a…
                Justo cuando iba a resolver mi duda, las ventanas se abrieron de golpe, dejando salir una alegre música de piano. La gran puerta también se abrió, y lo que salió de ésta fue algo bastante distinto a las notas de las ventanas: eran féminas, hembras humanas de una edad no superior a los veinte años. La discusión general que había en el pueblo sobre si hacía frío o no, se resolvió en el acto: empezaba a hacer calor. Por si nos quedaba alguna duda, aquellas mozas nos las resolvieron cuando se liberaron de la parte superior de sus vestidos, ya de por sí bastante cortos.
                ¿Querrían también ellas hacerse con mi chaleco?. Siquiera tuve tiempo de plantearme la pregunta, cuando una de aquellas bellas chicas me agarró por el brazo y me arastró hacia dentro.
-Deja de escribir,-me decía todo el tiempo, tratando de quitarme el cuaderno.-deja de escribir. Suelta eso y cógeme entera.
                Debían escocerla mucho los labios, porque no paraba de lamérselos, mientras se frotaba continuamente sobre mí. Y es por eso, que tengo la letra torcida en este tramo de los apuntes.
-Dámelo.-me decía.-Dame lo que necesito.
                Entonces caí en la cuenta de lo que me estaba diciendo, entendí que era lo que ella quería, y eso me puso muy…muy…muy contento. Me metí la mano debajo de la ropa muy lentamente y con cara de placer mientras ella sonreía muy picaronamente.
-Aquí debajo está lo que quieres, verdad.-la dije.-Está aquí debajo.
-Sí,-gimió ella.-lo quiero todo para mi.
                Yo seguí buscando debajo de mi ropa hasta que al fin di con ello, cosa que me puso bastante contento.
-Pero…-la dije parodiando su tono sensual y provocativo.-¿lo quieres de limón, o lo prefieres de naranja?
-No me importa, me vale cualquier cosa…-debía de estar muy ansiosa, porque ella también empezó a buscar debajo de mi ropa con cierta ansiedad, intentando desabrocharme la camisa.
                Entonces paró en seco y se separó un poco.
-Un momento…-dijo extrañada cuando saqué la bolsa de caramelos.-¿qué es eso?
-Pues…caramelos,¿no?-la dije yo, sorprendido por la pregunta-,me acabas de decir que es lo que tú deseabas y tal y cual.
-Pero yo hablaba de esto.-dijo, acercándose mucho a una zona que todo el mundo se imagina, y a la que otros muchos han intentado llegar sin ser capaces.
-Pero ¿quieres un caramelo o no quieres un caramelo?-le dije, empezando a enfadarme.
-Yo solo quiero tu caramelo, el que escondes tanto.
                Entonces, me alejé de ella de un salto. Me acababa de dar cuenta de que ella no quería caramelos.
-Tú lo que quieres es sexo.-exclamé alterado, guardándome los caramelos en lugar seguro.-¡SEXO!
-Hola, -me dijo ella sarcásticamente, como si fuese idiota.-esto es un burdel, aquí la gente viene buscando eso precisamente.
                Yo salí corriendo de allí por el primer pasillo que encontré, por muy poco caballeroso que pareciese. Y corrí escaleras arriba hasta llegar a una sala más amplia, con una mesa en medio. La escena era, cuanto menos, curiosa: sentados a la mesa estaban el cura, el alcalde, y el señor Pérez, reunidos como si estuviesen tramando algo, y luego, en una esquina, unas cuantas chicas ligeras de ropa cuchicheando mientras les señalaban.
-Un burdel.-exclamé cuando llegué.-Esto es un burdel.
-Silencio.-me rugió el alcalde sin apartar la vista de lo que quiera que estuviesen haciendo entre los tres.
                Yo me acerqué lentamente a ellos, no sin cierta cautela. ”Me llevo veinte…”susurraban de vez en cuando, y otras veces se les oía tirar dados sobre la mesa. Sí, era justo lo que pensáis, estaban jugando al parchís, como si nada de lo que ocurriese a su alrededor tuviese la más mínima importancia. Cuando conseguí ponerme a su lado, el anciano señor don Gervasio se puso en pie de golpe, lanzando el tablero y las fichas por los aires.
-Maldito el sacerdote.-exclamó con la cara roja de rabia.- Deja de comerme las fichas justo cuando están a punto de llegar al final, que así no acabamos nunca.
                Al ver todo tirado por el suelo nos dimos cuenta de que la partida acababa de terminar en aquel momento. Las mozas se rieron desde la esquina  mientras esquivaban el zapato que don Gervasio lanzó contra ellas. Cuando conseguimos calmar al alcalde, yo repetí la afirmación con la cual había entrado.
-Esto es un burdel.-repetí. Todos me miraron como si fuese tonto perdido.
-Pero, ¿nos lo dices, o nos lo cuentas?-se rio una de las prostitutas allí presentes. Como venganza, provoqué en ese momento un silencio incómodo.
                En ese momento, se formó una tensión que se podía incluso esnifar, y que duró casi veinte minutos en los que nadie se atrevía a decir nada, hasta que una voz desgarradora nos llegó desde el piso de arriba; era una voz desesperada que pedía auxilio frenéticamente.
-Un momento…-dije yo con gesto de intriga.-¿Dónde está Pelayo?
                Romualdo, Gervasio y el señor Pérez se miraron entre ellos, y se rieron jocosamente. Entendí que quien gritaba era Pelayo, evidentemente.
-Tenía tres mozas solo para él.-me informó el alcalde.-Y las dijimos que no le dejasen irse sin…bueno, tú ya me entiendes.
                Los gritos eran cada vez más desesperados y agónicos, hasta que de pronto cesaron de golpe tras uno más fuerte que el resto. Al instante, Pelayo bajó tambaleándose por las escaleras, pálido y tembloroso. Todos los presentes menos yo se rieron discretamente de él, que estuvo a punto de desmayarse.
                Pero aquello tampoco duró demasiado, pues desde debajo de una puerta empezó a salir humo.
-Fuego.-advertí.-fuego, todos fuera.
                Salimos corriendo de aquel edificio justo antes de que este se derrumbara sobre nosotros con estrépito, en una marea de llamas y madera chamuscada. Todos nos preguntamos qué había pasado, pero solamente yo obtuve la respuesta cuando miré hacia una colina cercana y vi a todas las mujeres del pueblo reunidas con antorchas y bidones de gasolina.

                Y así fue como se acabó la aventura de “LAELLALOL” en Valdecuerdo, así fue como un negocio tan próspero como hubiese sido aquel, acabó en desastre, pues como nos suelen recordar las más antiguas tragedias griegas, solo hay algo peor que la ira de una mujer: la ira de todas las mujeres del pueblo.

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