Episodio VI: De los muchos y muy variados negocios que
pueden llegan a florecer en un pueblo de la Meseta Castellana.
Incluso
en los más modestos pueblos que puedas imaginar, se abren cada día más y más
negocios, que son la base fundamental de la economía occidental. En sitios como
éstos, podemos encontrar diversas cosas de indudable utilidad, así como
servicios imprescindibles para la vida en el siglo XXI; siglo convulso y falto
de base filosófica, gustoso de ahogar sus penas en una tarjeta de crédito, y a
los forasteros despistados en el pilón del pueblo.
Faltaban
ya pocos días para la llegada de las fiestas locales a Valdecuerdo, y la gente
en sí, comenzaba a agitarse para que todo estuviese en orden llegado el
momento: don Gervasio se molestaba en escribir los pregones, el señor Pérez
Estuardo (cuyo nombre seguía siendo aún un interrogante) adecentaba el pueblo,
colgando banderines tristes de países diversos en las esquinas, Elena trataba
de violarme una y otra vez, mientras Pelayo seguía su ejemplo y don Romualdo le
echaba un poquito de marihuana al incensario.
Todo
parecía estar listo cuando de pronto, nos dimos cuenta de justo al lado del
establo en el que yo solía dormir, acababa de aparecer un edificio de grandes
proporciones, y de colores diversos, muy chillones. ¿Sería ese el resultado de
la obra que había durado cinco meses, en los cuales contemplamos como se iba
levantando el edificio; o habría aparecido allí por generación espontánea?
-¿Alguien sabe qué es eso?-preguntó don Gervasio, un día que
estábamos reunidos en su casa-búnker.
-Había un cartel en la puerta,-comentó Pelayo.-ponía que
esta noche sería la recepción de apertura del local.
-Sí…..sí….sí…-añadió don Romualdo; en ese momento no supimos si quería decir
algo, o es que estaba teniendo un orgasmo.-en… los…caaaartelesss……ponen
cosassssssss…….
-Vale, está bien, vayamos a ver que pasa en ese
sitio.-respondí yo.-Con suerte, lo mismo
tienen galletas…
Nadie
podía decirle que no a lo de las galletas, así que decidimos ir, aquella misma
noche, a ver qué era aquel misterioso edificio. La verdad es que fuimos un
poquito pronto, así que tuvimos que esperar durante más de diez horas delante
de la puerta, lo que nos concedió tiempo suficiente como para fijarnos en el
gigantesco letrero que había sobre las puertas, y que daba ciertas pistas
acerca de la naturaleza abstracta de aquel sitio. “LAELLALOL” se llamaba el
lugar en cuestión, nombre que me era curiosamente familiar, pero no sé muy bien
por qué.
-Elllolol.-me llamó Pelayo.-¿Te has fijado en que el nombre
de éste sitio se parece a…
Justo
cuando iba a resolver mi duda, las ventanas se abrieron de golpe, dejando salir
una alegre música de piano. La gran puerta también se abrió, y lo que salió de
ésta fue algo bastante distinto a las notas de las ventanas: eran féminas,
hembras humanas de una edad no superior a los veinte años. La discusión general
que había en el pueblo sobre si hacía frío o no, se resolvió en el acto:
empezaba a hacer calor. Por si nos quedaba alguna duda, aquellas mozas nos las
resolvieron cuando se liberaron de la parte superior de sus vestidos, ya de por
sí bastante cortos.
¿Querrían
también ellas hacerse con mi chaleco?. Siquiera tuve tiempo de plantearme la
pregunta, cuando una de aquellas bellas chicas me agarró por el brazo y me
arastró hacia dentro.
-Deja de escribir,-me decía todo el tiempo, tratando de
quitarme el cuaderno.-deja de escribir. Suelta eso y cógeme entera.
Debían
escocerla mucho los labios, porque no paraba de lamérselos, mientras se frotaba
continuamente sobre mí. Y es por eso, que tengo la letra torcida en este tramo
de los apuntes.
-Dámelo.-me decía.-Dame lo que necesito.
Entonces
caí en la cuenta de lo que me estaba diciendo, entendí que era lo que ella
quería, y eso me puso muy…muy…muy contento. Me metí la mano debajo de la ropa
muy lentamente y con cara de placer mientras ella sonreía muy picaronamente.
-Aquí debajo está lo que quieres, verdad.-la dije.-Está aquí
debajo.
-Sí,-gimió ella.-lo quiero todo para mi.
Yo
seguí buscando debajo de mi ropa hasta que al fin di con ello, cosa que me puso
bastante contento.
-Pero…-la dije parodiando su tono sensual y provocativo.-¿lo
quieres de limón, o lo prefieres de naranja?
-No me importa, me vale cualquier cosa…-debía de estar muy
ansiosa, porque ella también empezó a buscar debajo de mi ropa con cierta
ansiedad, intentando desabrocharme la camisa.
Entonces
paró en seco y se separó un poco.
-Un momento…-dijo extrañada cuando saqué la bolsa de
caramelos.-¿qué es eso?
-Pues…caramelos,¿no?-la dije yo, sorprendido por la
pregunta-,me acabas de decir que es lo que tú deseabas y tal y cual.
-Pero yo hablaba de esto.-dijo, acercándose mucho a una zona
que todo el mundo se imagina, y a la que otros muchos han intentado llegar sin
ser capaces.
-Pero ¿quieres un caramelo o no quieres un caramelo?-le
dije, empezando a enfadarme.
-Yo solo quiero tu caramelo, el que escondes tanto.
Entonces,
me alejé de ella de un salto. Me acababa de dar cuenta de que ella no quería
caramelos.
-Tú lo que quieres es sexo.-exclamé alterado, guardándome
los caramelos en lugar seguro.-¡SEXO!
-Hola, -me dijo ella sarcásticamente, como si fuese
idiota.-esto es un burdel, aquí la gente viene buscando eso precisamente.
Yo salí
corriendo de allí por el primer pasillo que encontré, por muy poco caballeroso
que pareciese. Y corrí escaleras arriba hasta llegar a una sala más amplia, con
una mesa en medio. La escena era, cuanto menos, curiosa: sentados a la mesa
estaban el cura, el alcalde, y el señor Pérez, reunidos como si estuviesen
tramando algo, y luego, en una esquina, unas cuantas chicas ligeras de ropa
cuchicheando mientras les señalaban.
-Un burdel.-exclamé cuando llegué.-Esto es un burdel.
-Silencio.-me rugió el alcalde sin apartar la vista de lo
que quiera que estuviesen haciendo entre los tres.
Yo me
acerqué lentamente a ellos, no sin cierta cautela. ”Me llevo veinte…”susurraban
de vez en cuando, y otras veces se les oía tirar dados sobre la mesa. Sí, era
justo lo que pensáis, estaban jugando al parchís, como si nada de lo que ocurriese
a su alrededor tuviese la más mínima importancia. Cuando conseguí ponerme a su
lado, el anciano señor don Gervasio se puso en pie de golpe, lanzando el
tablero y las fichas por los aires.
-Maldito el sacerdote.-exclamó con la cara roja de rabia.-
Deja de comerme las fichas justo cuando están a punto de llegar al final, que
así no acabamos nunca.
Al ver
todo tirado por el suelo nos dimos cuenta de que la partida acababa de terminar
en aquel momento. Las mozas se rieron desde la esquina mientras esquivaban el zapato que don Gervasio
lanzó contra ellas. Cuando conseguimos calmar al alcalde, yo repetí la
afirmación con la cual había entrado.
-Esto es un burdel.-repetí. Todos me miraron como si fuese
tonto perdido.
-Pero, ¿nos lo dices, o nos lo cuentas?-se rio una de las
prostitutas allí presentes. Como venganza, provoqué en ese momento un silencio
incómodo.
En ese
momento, se formó una tensión que se podía incluso esnifar, y que duró casi
veinte minutos en los que nadie se atrevía a decir nada, hasta que una voz
desgarradora nos llegó desde el piso de arriba; era una voz desesperada que
pedía auxilio frenéticamente.
-Un momento…-dije yo con gesto de intriga.-¿Dónde está
Pelayo?
Romualdo,
Gervasio y el señor Pérez se miraron entre ellos, y se rieron jocosamente.
Entendí que quien gritaba era Pelayo, evidentemente.
-Tenía tres mozas solo para él.-me informó el alcalde.-Y las
dijimos que no le dejasen irse sin…bueno, tú ya me entiendes.
Los
gritos eran cada vez más desesperados y agónicos, hasta que de pronto cesaron
de golpe tras uno más fuerte que el resto. Al instante, Pelayo bajó
tambaleándose por las escaleras, pálido y tembloroso. Todos los presentes menos
yo se rieron discretamente de él, que estuvo a punto de desmayarse.
Pero
aquello tampoco duró demasiado, pues desde debajo de una puerta empezó a salir
humo.
-Fuego.-advertí.-fuego, todos fuera.
Salimos
corriendo de aquel edificio justo antes de que este se derrumbara sobre
nosotros con estrépito, en una marea de llamas y madera chamuscada. Todos nos
preguntamos qué había pasado, pero solamente yo obtuve la respuesta cuando miré
hacia una colina cercana y vi a todas las mujeres del pueblo reunidas con
antorchas y bidones de gasolina.
Y así
fue como se acabó la aventura de “LAELLALOL” en Valdecuerdo, así fue como un
negocio tan próspero como hubiese sido aquel, acabó en desastre, pues como nos
suelen recordar las más antiguas tragedias griegas, solo hay algo peor que la
ira de una mujer: la ira de todas las mujeres del pueblo.
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