El nuevo Guerenos, tierra de científicos y filósofos y cantamañanas.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Paseo por Veldecuerdo II.

Episodio II: Sobre el acto del cortejo entre los más ilustres personajes de la Meseta Castellana.


En un principio principal, no comprendía el significado de todas esas veces en las que me guiñó el ojo de forma picaresca, ni todas aquellas ocasiones en las que se lamía lentamente el labio superior cada vez que nos mirábamos y nadie podía verla, pero al final, todo cobró un sentido, y fue una historia de amor muy bonita, pero también cruel y dolorosa.
Ella era Elena, Elena Pérez, hija del Señor Pérez, a quién quizás recuerdes del Episodio I, y de quién jamás supe el nombre. Elena era alta, de largo pelo entre rubio y castaño, fracciones dulces, ojos claros y cuerpo digno de cualquier supermodelo de dieciocho, que es la edad que tenía. Su voz era agradable, y siempre tenía un comentario inteligente que hacer; ya de paso también olía bien. Además de su más que envidiable presencia física, era una excelente conversadora, y podía seguir una conversación sobre física cuántica exactamente igual que una sobre historia medieval (está estudiando historia). Desde que la conocí, me quedó bastante claro que sería la chica perfecta para cualquier hombre capaz de hablar de otras cosas a parte de fútbol, que a ella no le gusta.
Bien, la cuestión está en que Pelayo, nieto de Don Gervasio, la pretendía desde hace tiempo, y fue casualidad que Pelayo fuese de mis mejores amigos en Valdecuerdo.
-Llolol,-me dijo en una de las mesas del bar, pues así me llamaban en aquel pueblo para ahorrarse la primera “e”.-¿podrías dejar de escribir todo lo que hacemos y escucharme un momento?-me preguntó, pero no me di cuenta de lo que quería hasta que leí lo que acababa de escribir.
-¿Pasa algo?-le pregunte yo, omitiendo la evidencia de que en aquel pueblo SIEMPRE está pasando algo.
-¿Sabes quién es Elena?- me dijo con gesto de preocupación.-¿ya la conoces verdad?
Yo me quedé un rato pensativo, sin saber qué contestarle mientras miraba mi taza de chocolate caliente como si me fuese a revelar el por qué de la vida.
-Que si la conoces.-me repitió el terco, haciendo que mi taza dejase de hablarme.
-No.-le respondí.-Aún no conozco a todo el pueblo.
-Ah, no sé. Como acabas de describirla tan al detalle justo antes de narrar esta conversación, he supuesto que ya la conocías.-entonces me señaló todo el párrafo que había escrito en esa misma hoja. Debí suponer que se refería a esa Elena.
-Ah, claro, la hija del señor Pérez. Sí, sí, la conozco.
-Bien, -comenzó.- todo el pueblo sabe que llevo años detrás de ella. No es nada nuevo. Pero es que ella me omite, no me hace caso…
-Omg.-le corté yo.-Supongo que quieres que te eche una mano ¿no?
-Pues sí, obviamente.-me contestó, cosa que me molestó bastante, y no por el hecho de tener que levantarme, sino por el uso de un derivado de la palabra “obvio”. “Obvio” es una palabreja feucha con demasiadas bes y demasiadas uves por metro cuadrado; os ruego que la sustituyáis por la palabra “elemental” y “elementalmente” que son mucho más agradables al oído. Pero sigamos con la conversación.
-¿Y qué puedo hacer yo?-le pregunté, esperando que no fuese nada cansado.
-Podrías hablar con ella, a ti te hará caso.-me aseguró.-A mí nunca me escucharía.
-No sé que te hace pensar eso, Pelayo. ¿Por qué crees que a mí me escuchará?
-Creo que le caes bien.-señaló.-De hecho, ahora mismo está jugueteando con tu pelo mientras te pone ojitos con cara de abstracción.
-Je, que cosas tienes, Pelayo.-no me podía creer aquello.-No mientas que no es bueno.
-Pero es verdad.-exclamó vehemente.- Está justo a tu derecha. Sólo tienes que mirar.
         Yo me giré con aire irónico hacia dónde él decía, y para mi escarmiento la encontré allí, jugueteando con mi pelo, mi amado pelo, con una expresión casi anonadada, sin dejar de mirarme y suspirando cada cierto tiempo.
-Pues tenías razón.-le admití a Pelayo.-está aquí.
-¿Ves?-me insistió él.-La has caído bien. Tanto que ya ni nos escucha.
-En ese caso,-sentencié yo con seguridad.-solo hay una cosa que debemos hacer.-cogí el chocolate que Elena se había dejado a medio acabar y me lo bebí. Quise limpiarme mis lujuriosos bigotes, pero ella se me adelantó y lo hizo por mí. Cuando le di las gracias, ella me respondió que las gracias se las daría cuando me hiciera lo que quería hacerme.
-¿Crees que podrás hablar con ella?-insistió Pelayo.-¿lo harás?
-Claro, claro. -le respondí yo, dispuesto a hacerlo. Entonces se marchó, convencido de que le ayudaría.
No había ni pasado la salida del bar, me giré yo hacia Elena y la espeté sonriente:
-Pero que majo, ¿y quién era?
Para variar, ella no dijo nada, solo se levantó y me agarró del chaleco para que me levantase yo también. Después me arrastró hasta el baño del local, donde se rasgó la camisa para quitársela, y hubiese hecho lo mismo con la mía si yo no se lo hubiese impedido. Tiró mi cuaderno al suelo así que no pude apuntar la serie de “cumplidos” que me dijo a continuación, pero de haberlos apuntado, los habría censurado seguro.
-Te quiero.-recuerdo que me dijo, y yo, poco habituado a recibir cumplidos tales, de una moza como aquella, tuve que matizar para salir de aquella con dignidad.
-Pero ¿me quieres como concepto o como persona?-la pregunté.
-Loca por ti.-fu la insatisfactoria respuesta.-Loca. Desde que leí El Arlequín he querido (PARTE CENSURADA) entero.
-Pero si aún no he publicado El Arlequín.-protesté intranquilo, esquivado sus intentos de intercambiar fluidos bucales.
-Te lo robé un día que te descuidaste.-respondió jadeante.-Te lo robé de esa cartera marrón que llevas siempre y que todo el mundo dice que es de chica. No te diste ni cuenta. Pero no estaba terminado, y me quedé sin saber como acaba.
-Ah, bien.-dije yo más tranquilo.- Pues al final va el (CENSURADO).
-Oh, sí, -gimió ella.-es genial, genial. Espero que seas igual de sorprendente en la cama.
-Claro que sí.-presumí.-Pocas cosas hay que se me den mejor que dormir.-y orgulloso estoy de ello.
         Seguramente tuviese frío, porque se arrimó mucho a mí, y con mucho, me refiero a mucho mucho; tanto, que perdí el equilibrio y caí al suelo del baño con ella encima. Tras la caída, mi cara quedó sepultada por sus atributos propios femeninos de considerable tamaño, mientras ella seguía luchando contra los botones de mi camisa.
-Todo para mí.-repetía sin parar.-Todo para mí.
         Yo, horrorizado, llegué a la conclusión de que quería robarme el chaleco para quedárselo ella, y eso sí, yo no estaba dispuesto a dárselo. Amo a mis chalecos. Así que para evitar que me lo quitara, me la quité de encima, y quise correr hacia la puerta.
-¡Atrás, ladrona!-la gritaba, intentando que me soltase.-Quita, quita.
         Ya me había liberado de ella cuando se dispuso a utilizar su arma final en un acto desesperado. No sé muy bien de dónde, pero de algún sitio sacó una caja azul con varios globos raros dibujados, unos globos blanquecinos bastante sosos que supuse que usaría para llenarlos de agua y tirármelos. Por suerte, me dio tiempo a huir del bar y correr a refugiarme en el establo donde solía dormir durante mi estancia en Valdecuerdo. Correr mientras escribía lo sucedido no fue fácil, pero allí no me encontraría, mi chaleco estaba a salvo.
         Poco después, aquella noche mientras dormía, se me apareció de nuevo el fantasma de Quevedo, al que ya había visto en otras ocasiones. Cuando me preguntó que qué tal me había ido el día, yo le conté la historia. Se estuvo riendo un buen rato, hasta que por fin me aseguró que mi amado chaleco estaba a salvo, que lo que ella quería era que la diese <<de mis amorosos favores>>, como dijo Quevedo. Entonces caí en la cuenta de que lo que ella quería era ligar conmigo y no alguna de mis amadas prendas.
         En los días siguientes, poco antes de mi partida, se me declaró unas cuantas veces e intentó violarme otras tantas, pero yo no podía permitir que mi odisea pueblerina se viese mancha por la lujuria, así que la drogué y la metí en la cama con Pelayo para que se desfogara, y así es como Pelayo descubrió su homosexualidad.

         Ahora recuerdo esta historia como una verdadera tragicomedia llena de pasión y sufrimiento, y me arrepiento de no haberla hecho el favor de darla lo que ella quería, pero para mí, este relato tenía prioridad. ¿Quién sabe? quizá si la hubiese atendido, quizá ahora algún@ de mis fans más salvajes se sentiría ofendid@.

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