El nuevo Guerenos, tierra de científicos y filósofos y cantamañanas.

lunes, 6 de enero de 2014

Paseo por Valdecuerdo VIII

Episodio VIII: Sobre los múltiples rituales mágicos que se han dado a lo largo de los tiempos en muchas de las más antiguas culturas de la Meseta Castellana.

No me considero religioso, ya os lo tengo dicho, ni me creo todos esos bulos que se sueltan por la televisión en esos programas casposos que suelen inundar las horas más tardías de la noche. Pero debo confesar, que siento una especial debilidad por cualquier creencia esotérica que haya llegado hasta nuestros tiempos desde las muchas culturas que nos han precedido; no pienses mal, que tampoco es que me ponga a dar brincos como un descosido las noches sin luna para invocar a los espíritus  del Solo Kumbu, ni nada de eso. Es simplemente, otra de mis excentricidades.
¿Acaso tú, sabio lector, nunca te has preguntado qué es lo que se esconde tras los ritos chamánicos inuits?, ¿o tras los misteriosos jeroglíficos egipcios?. Bueno, pues esas son la clase de preguntas que me suelo hacer yo en mis ratos libres, cuando no estoy incendiando (accidentalmente) algún laboratorio, o escribiendo nimiedades estúpidas sobre pueblos raros. Todo esto lo digo, para que no se diga que soy un poco friki; soy muy, pero que muy friki. Además, viene a cuento con lo que pasó en aquella ocasión en Valdecuerdo, unos días antes de las fiestas locales.
Como norma general, cada año suele tener un mes llamado Agosto, según el calendario gregoriano utilizado actualmente; en este mes, como es bien sabido, las cosas se agostan. Y suele ser en agosto cuando el antiguo pueblo celta celebraba la conocida Lugnasad, en la que se honraba al dios Lugh.
Por unas cosas o por otras, los celtas ya no se encuentran entre nosotros: algunos cedieron entre los romanos mientras que el resto no pudo resistirse a las rebajas navideñas del Corte Escocés. La cuestión es que nos dejaron solos en este mundo intempestivo. Aunque lo que nadie sabe es que el último de todos ellos, vino a la Meseta, y aquí fundó un pequeño pueblo al que llamó Valdecuerdo.
Sí, amigos, sí. Valdecuredo fue fundado por el último de los celtas que habitaron entre nosotros, un poderoso druida llamado Atamentaco. Según me revelan mis fuentes, el nombre Valdecuerdo, proviene de la unión de las palabras “Valde”, que en celta significa “bastión inquebrantable”, y “cuerdo”, que en celta significa “como una puta cabra”.
Y en honor de Atamentaco, cada agosto se celebraba la Lugnasad, de la que ya os he hablado antes. Los vecinos no tenían muy claro qué es lo que se hacía en la Lugnasad, así que se dedicaban a ponerse finos a vodka, como se suele hacer en el resto de fiestas. Y no solo vodka, sino que había un poco de todo lo que te puedas imaginar. De hecho, yo probé a echar un poco del contenido de una de las botellas presentes sobre el enlosado de la calle, lo que provocó que allí mismo surgiese un enorme árbol en un instante. Entonces me bebí el resto del contenido, esperando convertirme en un ent, pero no pudo ser.
Nadie se dio cuenta de lo sucedido hasta que nos empezó a hablar una voz de ultratumba, que nos susurraba palabras siniestras a todos los presentes.
-Señor Gervasio…- nos decía pesarosamente.-Señor Gervasiooooooo…. Señor Gervasioooooo…..ha aparcado usted el tractor encima de mi mujeeeeeeeerrrrr…….
Nadie se explicaba qué era aquella voz, aquel suspiro del más allá, aquel sonido que parecía provenir de más allá del mismo Infierno. Para nuestro alivio cesó al momento, justo cuando nos dispusimos a llamar a los cazafantasmas. Pero hubo otro incidente sobrenatural que nos perturbó de forma superlativa: el árbol que había aparecido antes se partió por la mitad, con un crujido que nos dejó a todos sordos durante unos momentos.
Entonces, del corazón del árbol, salió un señor mayor, así con barba larga y vestido todo de blanco, con unas ramas puestas en la cabeza, como si tuviese complejo de arbusto.
-Gentes de Valdecuerdo.-nos gritó, como si le estuviésemos prestando atención.- He vuelto a vosotros en esta hora sombría. Soy Atamentaco, antiguo druida del pasado.
                Todos nos quedamos boquiabiertos. No nos podíamos creer que la prima de riesgo hubiese bajado de los cuatrocientos puntos básicos. Después nos dimos cuenta de que había un druida hablándonos.
-He vuelto para reclamar el lugar que me corresponde entre vosotros, para gobernaros con sabiduría, y bajo el poder de los dioses.-siguió el druida, esperando por nuestra parte una gran aclamación que nunca llegó.
-¿De qué habla el hippie éste?-pregunto doña Crisolda.-¿De qué habla?
-Que éste se nos quiere hacer alcalde sin que nosotros lo queramos.-aclaró el señor Pérez Estuardo a grandes voces.- Que se quiere pasar la democracia por el forro de los…
-Calle, señor Pérez,-le paré a tiempo.-que va a dar mala impresión del pueblo.
-He permanecido dormido bajo la tierra durante más de mil años.-explicó Atamentaco.- Ahora he vuelto para poner mis poderes a vuestra disposición.
-A mí de alcalde no me quita ni la Merkel.-sentenció Gervasio, rojo de rabia.- Y mucho menos un perroflauta zarrapastroso.
-Pero yo fundé este bastión, y os traigo el conocimiento del pasado.-el druida nos miraba a todos con desesperación.
                El griterío general inundó la plaza del pueblo. Yo creí en aquel momento que la cosa no acabaría allí, pero me equivoqué estrepitosamente. Varios conflictos armados de gran magnitud, se sucedieron a lo largo de los días, en los que se enfrentaron los partidarios de Atamentaco, y los del señor Gervasio, que eran una amplia y absoluta minoría. Sí, he dicho minoría, el señor Gervasio había perdido el apoyo de sus vecinos cuando derribó accidentalmente el museo de arte moderno que estaban construyendo en el pueblo. Por suerte para él, la gente era demasiado vaga para ir a votar de nuevo.
                La verdad es que durante aquellos días no se estuvo tan mal, desde luego; una vez te acostumbrabas a las explosiones y a las emboscadas entre vecinos, todo parecía más llevadero. La OTAN llegó a intervenir, pero huyó con el rabo entre las piernas en lo que ellos llamaron “retirada táctica”, y que los vecinos llamaron “san cagao por la pata abajo”.
                Pero la situación se había vuelto finalmente insostenible, y ya no había quién aguantase aquello, así que los pocos indiferentes que quedamos, urdimos un maquiavélico plan: para empezar, le pedimos a don Gervasio que se rindiese, y que cediera el cargo. Para convencerle, le prometimos una nueva pluma de plata para que pudiese recalificar terrenos sin tapujo alguno una vez volviese al poder.
                Hecho esto, el buen druida Atamentaco, ascendió al poder, igual que asciende el precio del petróleo, y comenzó a hacer reformas: la iglesia la convirtió un templo para Tutatis y Belisana, obligando a don Romualdo a sacrificar cada día una cabra, una inocente, pero deliciosa cabra. También nos enseñó el antiguo lenguaje de los druidas, que hasta entonces todo el mundo desconocía, y que desde entonces, todo el mundo hubiese preferido no conocer. Expulsó a la compañía química que atentaba contra el río, volviéndolo de color magenta, haciendo que nuestro amado río magenta volviese a su insípida transparencia. Y por último, nos obligó a forjar espadas mágicas para dominar el mundo, pero nos vino la vagancia y nos las dejamos a medias.
                Entonces comenzó la segunda parte del plan: le mostramos la inmensa pila de facturas almacenadas en el ayuntamiento. Según nuestros cálculos, debería haber sufrido un infarto que nunca llegó, pues utilizó su magia para invocar al poderoso Awen, el dios de los banqueros y de la bolsa, que consiguió que la UE le diese una ayuda para pagar todo aquello, quitándose el peso de encima.
                Con aquel fracaso a nuestras espaldas, solo se nos ocurrió una última idea desesperada: encendimos la televisión y pusimos el canal de noticias las veinticuatro horas. Encerramos a Atamentaco en la misma habitación que a la tele, y aguardamos.
                Jamás he oído gritos tan desesperados como aquellos, pidiendo auxilio mientras golpeaba la puerta. Cuando por fin le abrimos tras una larga espera de cinco minutos, salió corriendo delante de nosotros para volver a desaparecer dentro de su árbol, tal y como había llegado. Don Gervasio volvió al poder para encontrarse un pueblo sin deudas, limpio y saludable, que eso ni es un pueblo ni es nada.
Y así acabó este trágico suceso en el pueblo de Valdecuerdo. Los druidas en el fondo fueron buena gente; se pasaban un poco con la marihuana, pero fueron buena gente, campechanos donde los haya. Tenemos mucho que aprender de ellos, de su amor por la naturaleza, de su respeto a los ancestros, y sobre todo, de sus fórmulas para sacar la combinación de la quiniela.
Sinceramente, amado lector, no entiendo por qué sigues leyendo, si todos los episodios son prácticamente iguales, tienen la misma estructura penosa y un final decepcionante. Lo único bueno que tienen son las chorradas que aparecen de vez en cuando, y que dicen bastante poco en mi favor. Si te soy sincero, aprovecharías más el tiempo viendo una televisión apagada que leyendo esto, que no vale ni para borrarlo de la papelera de reciclaje.
                Que Awen te acompañe, que tal y como están las cosas, falta nos hace.

P.D.: Sí, podría trabajármelo un poco más, y hacer las historias éstas un poco mejores, pero entonces ya no sería lo mismo, que me tenéis todo el día trabajando, narices.

jueves, 2 de enero de 2014

El nobel y el bosón.



"Se dispondrá como sigue de todo el remanente de la fortuna realizable que deje al morir: el capital, realizado en valores seguros por mis testamentarios, constituirá un fondo cuyo interés se distribuirá anualmente como recompensa a los que, durante el año anterior, hubieran prestado a la humanidad los mayores servicios. El total se dividirá en cinco partes iguales, que se concederán: una a quien, en el ramo de las Ciencias Físicas, haya hecho el descubrimiento o invento más importante; otra a quien lo haya hecho en Química o introducido en ella el mejor perfeccionamiento; la tercera al autor del más importante descubrimiento en Fisiología o Medicina; la cuarta al que haya producido la obra literaria más notable en el sentido del idealismo; por último, la quinta parte a quien haya laborado más y mejor en la obra de la fraternidad de los pueblos, a favor de la supresión o reducción de los ejércitos permanentes, y en pro de la formación y propagación de Congresos por la Paz."

Este fragmento pertenece al testamento que nos legó Alfred Bernhard Nobel, creador de la dinamita entre otras cosas, y en él se disponen los premios que ahora llevan su nombre. Nobel, consciente de todo el más que habían provocado sus descubrimientos (dado el mal uso que se les había dado) decidió hacer lo posible por enmendar su error, y tratar de movilizar al mundo en contra de la violencia hacia un mundo menos oscuro. Su idea fue premiar, como supongo que habréis leído arriba, a quienes hicieran los descubrimientos más notables del año con un una (nada despreciable) cantidad de dinero, así como con un galardón que, actualmente es el más prestigioso del mundo. Pero, ¿cuál era la idea real que tenía en aquel momento Nobel realmente?

La respuesta se desprende automáticamente de lo dicho anteriormente: Nobel tenía la imperiosa necesidad de reparar el mal que había hecho, y eso solo podía hacerlo mediante una motivación para aquellos que viniesen detrás de él, y en este caso, la motivación vendría en forma de premio o reconocimiento. Esto, evidentemente solo podría ir dirigido a aquellos investigadores y activistas con capacidad de actuación.

A la vista de esto, nos invade una última pregunta: ¿Es correcto que el año pasado (2013), fuese Peter Higgs el premiado con semejante reconocimiento?Mi humilde opinión es que no, no debería haberlo ganado.

No tengo nada en contra de Higgs ni de Englert, por supuesto, y admiro su trabajo y lo considero fundamental, pero sinceramente, el Nobel no debería haber sido para ellos. Higgs descubrió el bosón hace varios años, pero ya no trabajaba en ello; realmente no trabajaba en nada porque se jubiló tiempo atrás para dejar paso a las nuevas generaciones de físicos, lo cual le honra, pero no le convierte en demasiado buen candidato para un nobel. Hay quien dice que ni él mismo querría haberlo ganado, e incluso le molestó hacerlo. Como muchos científicos a los que he tenido la suerte de conocer afirman(no voy a dar nombres),el premio nunca debería ser para un científico retirado.

Otra norma general, bastante molesta por cierto, que tiene el jurado de los premios, es la de exigir una prueba experimental para cada premio que se de, es decir, que nunca se reconocerá un descubrimiento simplemente teórico si aún no se ha hecho ningún experimento para corroborare; por eso se han tardado tantos años en darle el premio a algo que se definió teóricamente hace tanto tiempo.

 Y justo por eso, el premio de este año debería haber ido al propio CERN (el consejo europeo de la investigación nuclear), que fueron los que realizaron las complejas experiencias que llevaron a cabo el descubrimiento. El único problema sería que el premio de este año no llevaría ningún nombre en concreto, sino cientos de ellos, lo cual no es ni la mitad de elegante que el caso típico, pero de cualquier forma, quizá sería más justo con el casi olvidado Alfred Bernhard Nobel.


Paseo por Valdecuerdo VII.

Episodio VII: De las interacciones entre sujetos de similares propiedades.


                No hace falta ser físico, filósofo, travestido ni abogado para saber que dos elementos iguales suelen repelerse, es como si una ley natural esotérica les obligase a ello, una ley universal de esas que tanto nos gustan a los que estudiamos ciencias, y a los que no también supongo. Claro ejemplo de esto son los imanes, que todo el mundo suele conocer, o como poco, haber visto alguna vez.
                Pero, ¿por qué esta lección de filosofía avanzada en un relato sobre Valdecuerdo?. No tiene una respuesta fácil; quizá porque me apeteciese ponerla, que es lo más probable, pero también puede ser por rellenar un poco de espacio, que si no lo que viene a ser la trama me queda más bien escueta. También supongo que tiene que ver con que la historia que viene a continuación, tiene algo que ver con lo que pone en el primer párrafo, como suele ser habitual.
                Todo empieza con aquella tarde, profunda y cerrada, unos pocos días antes de las fiestas locales tan esperadas por la gente de Valdecuerdo. Yo, personalmente, estaba sentado sobre una gran piedra, alejado del pueblo, con la mente en blanco, igual que cuando voy a la facultad (muy extrañamente). Los pájaros cantaban, el río fluía, y el grupo de japoneses me sacaba fotos en contra de mí voluntad, creyéndome un elemento del terreno de tan quieto como estaba. Entonces hubo algo que me sorprendió, y no fue la fluctuación espaciotemporal que casualmente pasaba por allí, ni mucho menos, sino que fue el autobús que como cada mañana paraba redundantemente en la parada.
                En un principio principal, no era nada extraño, hasta que pude ver como se bajaba un personaje un tanto peculiar: un chico alto, desgarbado, mal peinado, con unas gafas torcidas y un tanto rellenito. Lo que más me sorprendió de él, fue forma de vestir; llevaba una camisa salida, y un chaleco oscuro, todo cubierto por una parca marrón, algo desgastada por el uso. Nada más verlo, no tardé un instante en sacar un cuaderno de mi parca marrón algo desgastada por el uso y mi pluma de mi chaleco oscuro y registrar su llegada.
                Dentro de que aquel episodio me pareció, cuanto menos curioso, acabé por pasarlo por alto. No creía que aquel extraño tan desagradable fuese a quedarse mucho en Valdecuerdo. Seguramente se hubiese equivocado Pero no fue así, y aquella misma noche volví a verle.
                Esta vez fue en el bar, al que yo me dirigía a tomarme unas gordas. Le encontré en una de las mesas del rincón, él solo, escribiendo algo en un cuaderno; entonces comprendí que alguien como él no podía traer nada bueno. Me acerqué a él y me senté en su misma mesa.
-Hola.-le saludé amablemente en cuanto levantó la mirada.
-Buenas.-me respondió él tímidamente.
-No eres de por aquí. ¿Verdad?-le pregunté para romper el hielo, cual si del cambio climático me tratase.
-No, he venido aquí a pasar una temporada.-había algo en él que me decía que tenía que salir de allí tan deprisa como me fuese posible, pero no lo hice, básicamente por masoquismo.- He venido para descubrir cómo es la vida en lo más profundo de la Meseta Castellana. Seguramente, todo lo que escriba aquí, lo ponga después en un blog que tengo en Internet, aunque no creo que lo lea demasiada gente.
-Ah, pues suena interesante.-y curiosamente familiar.- Yo también tengo un blog en Internet, en el que también cuelgo cosas a veces.
                Esta última frase no llegó a acabarla, ya que el señor Gervasio entró por la puerta como una exhalación.
-¡Las vacas!-nos gritaba.-Se han escapado las vacas.
                Todos los presentes nos pusimos en pie de golpe, alarmados. Tuvimos el tiempo justo antes de que una vaca atravesase la pared del fondo del local, mugiendo como una descosida, tirando por el suelo todos los tableros de parchís que había apilados al fondo de la habitación.
                Aquella situación nos tuvo tres días subidos en el tejado de la iglesia, fuera del alcance de susodichos animales. Dónde pude estudiar bien el comportamiento de aquel recién llegado. Para empezar, no paraba de escribir en su cuaderno, y cuando paraba, se ponía a hablar de cosas que realmente, a nadie le importan. De vez en cuando, dejaba caer algún chiste absurdo y sin gracia, que la gente le reía por pena más que nada. Era un tipo muy, muy bizarro.
                En cierta ocasión, hablando con él, le pregunté por su nombre, y el me respondió que era “Lollloel”. Entonces, supe con certeza, que se trataba de uno de estos que van de modernos solo por saber usar un ordenador. También me comentó que quería ser un escritor, o algo así, pero solo le salían bien las narraciones absurdas, y carentes de sentido.
                Aquello no podía durar más, tenía que marcharse del pueblo antes de causar un mal mayor que todo el daño que estaba haciendo solo con estar allí.
                Una vez conseguimos bajar del tejado, comencé a tejer un plan tan maquiavélico y sutil, que difícilmente podría fallar. Y no exagero si os digo, que fueron horas de reflexión las que tuve que pasar para no dejar ningún cabo suelto hasta conseguir encajar todas las piezas.
                Corrí por el duro enlosado de la calle hasta llegar a la casa del señor Pérez Estuardo, que en aquel momento estaba cerrada a cal y canto, con uno de esos cerrojos como los de antes. Agité el tragaldabas para llamar, pero no hubo respuesta. Volví a intentarlo, e igual que antes, nadie se dignó a abrirme. Finalmente, cuando ya me disponía a marcharme blasfemando, Elena se asomó a la ventana.
-¿Llololito?¿Eres tú?-me preguntó.- Claro que  eres tú. Como se suele decir, si piensas mucho en una persona, es que estás a punto de encontrarte con ella.-esto es falso, yo a Newton aún no le he visto.-Y mira, que casualidad, has venido a mí.
-Elena, ¿está tu padre?-la dije.-
-¿Mi padre?¿Mi padre? Uy, claro, vienes a pedirle mi mano, qué romántico, qué romántico.
                Entonces, desapareció de la ventana. Al cabo de un instante, la puerta de la casa se abrió, y yo entré para encontrarme con el señor Pérez.
-Señor Pérez, señor Pérez.-exclamé yo, fingiendo tono de preocupación.
-¿Qué ocurre?¿Qué ocurre?-me preguntó alterado.
-¿Ha visto usted al chico ese que llegó al pueblo?¿le ha visto?-no sé si lo de actuar se me da demasiado bien, pero lo que viene a ser mentir, gloria bendita.- Pues creo que está pervirtiendo a su inocente hija.
-¿A Elena?¿pervertirla?- desde luego, se le notaba alterado.- Nunca, mi hija es una bendita. ¿Dónde está ese canalla?
                Después le añadió un par de blasfemias que venían muy a cuento. Me mandó a buscarle, para poder dialogar con él, y así conocer sus perversas intenciones. Fui en su busca, y le encontré jugando a la petanca con un pueblerino, aunque ahora que lo pienso, creo que aquello no era una petanca…
                El caso es que cuando llegué con él a la casa del señor Pérez, se había reunido allí una gran turba armada con antorchas y rastrillos. En cuanto nos vieron llegar, se lanzaron contra nosotros, seguramente instigados por el señor Pérez.
                Hubiese sido fácil que le apaleasen, pero sentí una sensación extraña en el siglo XXI: el remordimiento. Así que le agarré de la manga y salí corriendo de allí tan deprisa como pude, contento en parte porque mi plan hubiese funcionado.
                Cuando llegamos a un camino apartado, le dije que no podía volver por Valdecuerdo si no quería que le linchasen.
-Coge este camino y ve hacia el sur.-le dije.-Y no vuelvas nunca; la gente de pueblo, no olvida.
-Llolol,- me dijo él como despedida.- desde el momento que te vi he querido…
                No acabó la frase, solo clavó sus ojos en los míos, y antes de que me diese cuenta, me cogió de la chaqueta y me acercó a él. Cuando quise reaccionar, su lengua ya estaba intentando abrirse paso hasta mi esófago mientras los pelos de su corta barbita, chocaban contra los míos. No sabía que hacer, por lo menos podría haber avisado.
                Acabado el morreo, me soltó y se puso en marcha, sin decirme nada más, dejándome atónito durante casi media hora, en la que intenté procesar aquello.

                Así, Valdecuerdo volvía a estar a salvo de los muchos peligros que suelen acecharlo. Porque las personas, vienen y van, pero Valdecuerdo permanece, permanece por toda la eternidad.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Paseo por Valdecuerdo VI.

Episodio VI: De los muchos y muy variados negocios que pueden llegan a florecer en un pueblo de la Meseta Castellana.

                Incluso en los más modestos pueblos que puedas imaginar, se abren cada día más y más negocios, que son la base fundamental de la economía occidental. En sitios como éstos, podemos encontrar diversas cosas de indudable utilidad, así como servicios imprescindibles para la vida en el siglo XXI; siglo convulso y falto de base filosófica, gustoso de ahogar sus penas en una tarjeta de crédito, y a los forasteros despistados en el pilón del pueblo.
                Faltaban ya pocos días para la llegada de las fiestas locales a Valdecuerdo, y la gente en sí, comenzaba a agitarse para que todo estuviese en orden llegado el momento: don Gervasio se molestaba en escribir los pregones, el señor Pérez Estuardo (cuyo nombre seguía siendo aún un interrogante) adecentaba el pueblo, colgando banderines tristes de países diversos en las esquinas, Elena trataba de violarme una y otra vez, mientras Pelayo seguía su ejemplo y don Romualdo le echaba un poquito de marihuana al incensario.
                Todo parecía estar listo cuando de pronto, nos dimos cuenta de justo al lado del establo en el que yo solía dormir, acababa de aparecer un edificio de grandes proporciones, y de colores diversos, muy chillones. ¿Sería ese el resultado de la obra que había durado cinco meses, en los cuales contemplamos como se iba levantando el edificio; o habría aparecido allí por generación espontánea?
-¿Alguien sabe qué es eso?-preguntó don Gervasio, un día que estábamos reunidos en su casa-búnker.
-Había un cartel en la puerta,-comentó Pelayo.-ponía que esta noche sería la recepción de apertura del local.
-Sí…..sí….sí…-añadió don Romualdo;  en ese momento no supimos si quería decir algo, o es que estaba teniendo un orgasmo.-en… los…caaaartelesss……ponen cosassssssss…….
-Vale, está bien, vayamos a ver que pasa en ese sitio.-respondí yo.-Con suerte,  lo mismo tienen galletas…
                Nadie podía decirle que no a lo de las galletas, así que decidimos ir, aquella misma noche, a ver qué era aquel misterioso edificio. La verdad es que fuimos un poquito pronto, así que tuvimos que esperar durante más de diez horas delante de la puerta, lo que nos concedió tiempo suficiente como para fijarnos en el gigantesco letrero que había sobre las puertas, y que daba ciertas pistas acerca de la naturaleza abstracta de aquel sitio. “LAELLALOL” se llamaba el lugar en cuestión, nombre que me era curiosamente familiar, pero no sé muy bien por qué.
-Elllolol.-me llamó Pelayo.-¿Te has fijado en que el nombre de éste sitio se parece a…
                Justo cuando iba a resolver mi duda, las ventanas se abrieron de golpe, dejando salir una alegre música de piano. La gran puerta también se abrió, y lo que salió de ésta fue algo bastante distinto a las notas de las ventanas: eran féminas, hembras humanas de una edad no superior a los veinte años. La discusión general que había en el pueblo sobre si hacía frío o no, se resolvió en el acto: empezaba a hacer calor. Por si nos quedaba alguna duda, aquellas mozas nos las resolvieron cuando se liberaron de la parte superior de sus vestidos, ya de por sí bastante cortos.
                ¿Querrían también ellas hacerse con mi chaleco?. Siquiera tuve tiempo de plantearme la pregunta, cuando una de aquellas bellas chicas me agarró por el brazo y me arastró hacia dentro.
-Deja de escribir,-me decía todo el tiempo, tratando de quitarme el cuaderno.-deja de escribir. Suelta eso y cógeme entera.
                Debían escocerla mucho los labios, porque no paraba de lamérselos, mientras se frotaba continuamente sobre mí. Y es por eso, que tengo la letra torcida en este tramo de los apuntes.
-Dámelo.-me decía.-Dame lo que necesito.
                Entonces caí en la cuenta de lo que me estaba diciendo, entendí que era lo que ella quería, y eso me puso muy…muy…muy contento. Me metí la mano debajo de la ropa muy lentamente y con cara de placer mientras ella sonreía muy picaronamente.
-Aquí debajo está lo que quieres, verdad.-la dije.-Está aquí debajo.
-Sí,-gimió ella.-lo quiero todo para mi.
                Yo seguí buscando debajo de mi ropa hasta que al fin di con ello, cosa que me puso bastante contento.
-Pero…-la dije parodiando su tono sensual y provocativo.-¿lo quieres de limón, o lo prefieres de naranja?
-No me importa, me vale cualquier cosa…-debía de estar muy ansiosa, porque ella también empezó a buscar debajo de mi ropa con cierta ansiedad, intentando desabrocharme la camisa.
                Entonces paró en seco y se separó un poco.
-Un momento…-dijo extrañada cuando saqué la bolsa de caramelos.-¿qué es eso?
-Pues…caramelos,¿no?-la dije yo, sorprendido por la pregunta-,me acabas de decir que es lo que tú deseabas y tal y cual.
-Pero yo hablaba de esto.-dijo, acercándose mucho a una zona que todo el mundo se imagina, y a la que otros muchos han intentado llegar sin ser capaces.
-Pero ¿quieres un caramelo o no quieres un caramelo?-le dije, empezando a enfadarme.
-Yo solo quiero tu caramelo, el que escondes tanto.
                Entonces, me alejé de ella de un salto. Me acababa de dar cuenta de que ella no quería caramelos.
-Tú lo que quieres es sexo.-exclamé alterado, guardándome los caramelos en lugar seguro.-¡SEXO!
-Hola, -me dijo ella sarcásticamente, como si fuese idiota.-esto es un burdel, aquí la gente viene buscando eso precisamente.
                Yo salí corriendo de allí por el primer pasillo que encontré, por muy poco caballeroso que pareciese. Y corrí escaleras arriba hasta llegar a una sala más amplia, con una mesa en medio. La escena era, cuanto menos, curiosa: sentados a la mesa estaban el cura, el alcalde, y el señor Pérez, reunidos como si estuviesen tramando algo, y luego, en una esquina, unas cuantas chicas ligeras de ropa cuchicheando mientras les señalaban.
-Un burdel.-exclamé cuando llegué.-Esto es un burdel.
-Silencio.-me rugió el alcalde sin apartar la vista de lo que quiera que estuviesen haciendo entre los tres.
                Yo me acerqué lentamente a ellos, no sin cierta cautela. ”Me llevo veinte…”susurraban de vez en cuando, y otras veces se les oía tirar dados sobre la mesa. Sí, era justo lo que pensáis, estaban jugando al parchís, como si nada de lo que ocurriese a su alrededor tuviese la más mínima importancia. Cuando conseguí ponerme a su lado, el anciano señor don Gervasio se puso en pie de golpe, lanzando el tablero y las fichas por los aires.
-Maldito el sacerdote.-exclamó con la cara roja de rabia.- Deja de comerme las fichas justo cuando están a punto de llegar al final, que así no acabamos nunca.
                Al ver todo tirado por el suelo nos dimos cuenta de que la partida acababa de terminar en aquel momento. Las mozas se rieron desde la esquina  mientras esquivaban el zapato que don Gervasio lanzó contra ellas. Cuando conseguimos calmar al alcalde, yo repetí la afirmación con la cual había entrado.
-Esto es un burdel.-repetí. Todos me miraron como si fuese tonto perdido.
-Pero, ¿nos lo dices, o nos lo cuentas?-se rio una de las prostitutas allí presentes. Como venganza, provoqué en ese momento un silencio incómodo.
                En ese momento, se formó una tensión que se podía incluso esnifar, y que duró casi veinte minutos en los que nadie se atrevía a decir nada, hasta que una voz desgarradora nos llegó desde el piso de arriba; era una voz desesperada que pedía auxilio frenéticamente.
-Un momento…-dije yo con gesto de intriga.-¿Dónde está Pelayo?
                Romualdo, Gervasio y el señor Pérez se miraron entre ellos, y se rieron jocosamente. Entendí que quien gritaba era Pelayo, evidentemente.
-Tenía tres mozas solo para él.-me informó el alcalde.-Y las dijimos que no le dejasen irse sin…bueno, tú ya me entiendes.
                Los gritos eran cada vez más desesperados y agónicos, hasta que de pronto cesaron de golpe tras uno más fuerte que el resto. Al instante, Pelayo bajó tambaleándose por las escaleras, pálido y tembloroso. Todos los presentes menos yo se rieron discretamente de él, que estuvo a punto de desmayarse.
                Pero aquello tampoco duró demasiado, pues desde debajo de una puerta empezó a salir humo.
-Fuego.-advertí.-fuego, todos fuera.
                Salimos corriendo de aquel edificio justo antes de que este se derrumbara sobre nosotros con estrépito, en una marea de llamas y madera chamuscada. Todos nos preguntamos qué había pasado, pero solamente yo obtuve la respuesta cuando miré hacia una colina cercana y vi a todas las mujeres del pueblo reunidas con antorchas y bidones de gasolina.

                Y así fue como se acabó la aventura de “LAELLALOL” en Valdecuerdo, así fue como un negocio tan próspero como hubiese sido aquel, acabó en desastre, pues como nos suelen recordar las más antiguas tragedias griegas, solo hay algo peor que la ira de una mujer: la ira de todas las mujeres del pueblo.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Paseo por Valdecuerdo V.

Episodio V: de como el arte de hacer música llega hasta los más alejados lugares de la Meseta Castellana.


                Desde el Epitafio de Seikilos hasta la macarena, nos encontramos una amplia gama de composiciones musicales que la humanidad ha ido creando a lo largo del tiempo. Ha sido como una necesidad vital que nos ha acompañado desde siempre, dando lugar a grandes genios como Beethoven, Encina, o David el Gnomo, así como a grandes piezas como Bohemian Rapsody, Diferencias sobre Guárdame las Vacas o Paquito el Chocolatero. Han sido muchos los que han intentado triunfar, pero muy pocos los que lo han conseguido. Personalmente, he tenido el placer de conocer a algunos de los grupos que más alto han llegado, a lo largo de mis viajes a través del espacio tiempo.
                Pero vayamos al grano, es decir, a Valdecuerdo, donde unos pocos días antes de las fiestas locales, se decidió celebrar un casting para elegir quién sería la banda que tocase antes del pregón, así que se pusieron anuncios en Internet, por las calles, en la radio, en la televisión china y hasta debajo de las papeleras, para que nadie se lo perdiese. En cuestión de horas, Valcuerdo se había llenado de aspirantes. Unos eran grupos de jóvenes que empezaban a montarse sus pequeñas orgías musicales y querían darse a conocer, otros eran solistas de aspecto apagado que no soltaban más que cursilerías, y hasta vinieron grupos de bailes tradicionales Cherviokosovarkistanianos. También llegó un tal Justino Bieldaber, llegado desde los Montes de Toledo, pero le descalificamos cuando le encontramos sodomizando a un par de cabras.
                Misteriosamente, me eligieron para formar parte del jurado, entre grandes personajes de la música actual como Alfonso X o Freddy Mercury. No entiendo por qué, pero no fue ninguno de los dos, así que todo el peso de la decisión recaería sobre mis sensuales hombros.
                El primer grupo al que descalifiqué, fue a uno que bailaba bailes satánicos llamados “jotas” mientras tocaban un desagradable instrumento superdesagradable llamado “dulzaina” o algo parecido; acto seguido anuncié que no aceptaría a ningún grupo que se pareciese a aquel anterior. Pero no tardó en llegar otro aún peor.
                Montados sobre negros caballos, llegaron por el llano una noche sin luna, con sus negras capas al viento, y sus negras almas salidas del Infierno. Armas oscuras portaban, que con las manos blandían al son de los negros himnos que cantando proferían. Las campanas de la iglesia, tarde nos alertaron, y cuando nos dimos cuenta, aquí ya estaban llegados. Perturbaron nuestras calles con sus roncos alaridos, temblaban de miedo en sus casas, los abuelos y los niños. Por hacer que no entrasen, lancé granadas de luz, mas las batearon ellos con un golpe de laúd. Bien tuve que resignarme a perder esta batalla; bien tuve que resignarme a lo que allí me pasara.
                Era lo que todos pensáis, la Tuna había llegado a Valdecuerdo, decidida a presentarse al concurso, y yo, en mi condición de juez imparcial, me vi obligado a resignarme, y darles una oportunidad, que aprovecharon para berrear lo que les apeteció en aquel momento. De hecho, un carnero que pasaba por allí quiso montarles, creyendo que se trataba de ovejas en celo.
                Cuando acabaron, legó mi momento de gloria, y levanté el dedo índice, señalando hacia la llanura con expresión de ira absoluta. Entonces les pedí, muy amablemente que hicieran el favor de abandonar el pueblo y no regresar en lo que nos quedaba de milenio. Bueno, vale, a lo mejor no lo hice de forma tan amable.
                Para mi sorpresa, y para la de todos los vecinos allí presentes, se fueron sin decir nada, y sin molestar a nadie, cosa curiosa en esta especie de animal prehistórico. Así que ya sólo nos quedaban dos grupos: uno de polka y otro de rock formado por un grupo de alocados jóvenes aficionados. Una elección difícil, y más para un amante de las polkas (suerte que allí no había ninguno).
                A la mañana siguiente, llegó el momento de dar el veredicto ante las autoridades  del pueblo, para lo cual se había montado un gran escenario en la plaza mayor con focos inclusive. Yo subí y desenrollé el antiguo pergamino en el que había escrito mi decisión en lengua rúnica perdida.
-Gentes de Valdecuerdo.-comencé a pregonar.- Tras horas de reflexión intensa, y de seleccionar cuidadosamente a cada uno de los aspirantes para que permaneciese o no en el concurso, he concluido que el grupo que amenizará nuestras fiestas de este año será el de los…
                Me disponía a acabar la frase cuando una gran sombra se cernió sobre el pueblo. Todo el mundo miró hacia arriba para contemplar como sobre nosotros se había aparecido un gran platillo volador de color oscuro. De la monstruosa nave, emergió un rayo de luz mística, que se dirigió contra los dos grupos aspirantes, que estaban allí presentes para escuchar el veredicto.
                Mediante una fuerza misteriosa, los hizo ascender hasta una compuerta del volador objeto, por la que desaparecieron ante la impotencia de todo el pueblo. Nadie sabía que era lo que había pasado hasta que desde las sombras de una esquina, nos llegó una voz que nos era familiar, la voz de uno de los tunos del día anterior.
-Ya no tenéis nadie para que toque en vuestra fiesta, gentes de Valdecuerdo.-nos dijo riéndose con unas profundas y maquiavélicas carcajadas.- Ahora no tenéis más remedio que escucharnos a nosotros.
-Jamás.-exclamé yo mientras un fuerte viento me azotaba la cara, haciendo de aquella escena algo digno de cualquier fantasía épica.-¿Qué has hecho con nuestros aspirantes, malvado tunante?
-Ahora están bajo nuestro poder, y no podréis hacer nada. Las fiestas de Vadecuerdo son nuestras. ¡NUESTRAS!.-y sin decir nada más, se esfumó en una nube de humo negro.
                Yo caí de rodillas al suelo mientras gritaba hacia los cielos.
-¿Es que no hay misericordia en las alturas?-exclamé desgarradoramente. Todo el pueblo se estremeció, e incluso los pájaros salieron volando en bandada desde el torreón de la iglesia.
-Llolol.-me llamó la aparentemente inocente voz de Elena desde el público.-Elllolol,-dijo cuando al fin levante la vista hacia ella.-tienes que hacer algo, Llolol, tienes que salvar a Valdecuerdo de la tuna.
-Sí.-afirmé, levantándome decidido.-Lo haré.
                Aún recuerdo el clamor de la gente dándome las gracias, y tirándome flores, y el tacto suave de Elena, intentando violarme infructuosamente otra vez. De hecho, hasta pinté un cuadro de la escena que ahora se expone en el Museo del Prado.
                 Pero, por muy decidido que estuviese, y por mucho que me dopase cual ciclista, no sabía a dónde había ido aquel platillo volador, ni cómo rescatar a los grupos secuestrados. Así que para resolver e primer interrogante, decidí consultar al Guguel Erz (o como se escriba); descubrí que el platillo había aterrizado sobre los campos de don Marcial, justo al lado del establo donde solía dormir, y a la vista de todos.
                Ahora solo me quedaba trazar un plan de ataque, que sería la parte más difícil de éste periplo. El ataque con heces de vaca no funcionó, y cuando catapultamos a las vacas tampoco. Nos disponíamos a lanzarles a la yegua Jacinta cuando una idea de última hora vino a mi mente. Recordé el más poderoso artefacto de cuantos se hayan visto por esos lares, y que si eres un lector comprometido, (cosa que así espero) quizás recuerdes del Episodio III.
                Efectivamente, me refiero al cuerno de sodomizar, el Cuerno de Mamut de Sodom-Izar. Si no recordaba mal, Nicomedes se lo había llevado con él de regreso a África, pero ahora, lo necesitábamos en Valdecuerdo.
                Corrí hacia el portaviones que teníamos amarrado junto al ayuntamiento, donde me hice con un avión ultrasónico. A penas tardé diez minutos en llegar al campamento del anciano Nicomedes, en lo más profundo de la sabana. Tuve que enfrentarme a tres cíclopes a la vez para demostrar que era digno de portar el cuerno, y cuando lo conseguí al fin, puse rumbo en seguida de vuelta a Valdecuerdo.
                Cuerno en mano, conseguí superar el blindaje del patillo volador de la tuna, accediendo al interior. Con un poder como el que blandía en aquel momento, no me fue difícil rescatar a los grupos cautivos, ni introducir el Cuerno en le tubo digestivo de cuanto tuno como me encontré por delante. Así conseguí erradicar esa amenaza, de una vez por siempre.
                El pueblo agradecido me regaló un vale descuento en una cervecería cutre, mientras esperaba escuchar mi decisión. Evidentemente, elegí a los que bailaban polkas, pero hubo algo que me hizo cambiar de opinión en el último momento, pues oí cómo uno de los integrantes de este grupo le decía algo a otro con un acento extraño.
-Es que soy griego.-me dijo cuando le pregunté.-Concretamente del Peloponeso.
-¿Del Peloponeso?-pregunté yo algo alterado.-¡¡¡ESTO NO ES ESPARTA!!!-y con un puntapié le mandé directo al pozo de la plaza, del que se decía que no tenía fondo.
                Los de las polkas estaban descalificados. Así que sería el grupo de rockeros aficionados quienes tocarían en las fiestas. He decidido no decir su nombre aquí para protegerles de lo que les pudiera llegar a pasar. Devolví el cuerno a Nicomedes, y me dispuse a escribir todo lo ocurrido hasta entonces en esta última aventura en Valdecuerdo.

                Espero que hayas entendido la moraleja de ésta bella historia: nunca aparques un platillo volador en un pueblo, pues no sabes lo que te puede pasar.

Paseo por Valdecuerdo IV.

Episodio IV: De las prácticas religiosas dadas en Valdecuerdo a lo largo de mi estancia allí.


                Por lo general, alguien que imparte una doctrina, suele ser fiel a la misma; o sea, no puede decir cualquier cosa. Por ejemplo: una persona que estudia biología va a clase, y el profesor le dice que el creacionismo es una teoría completamente válida, y con base científica. Evidentemente, a ese alumno le costará creer eso sin que se lo demuestren, y no bajará la cabeza con expresión solemne y dirá “si, maestro”. O por lo menos en el mundo…bueno, civilizado de algún modo. Pero, por supuesto, en Valdecuerdo no es así.
Allí, maestros, lo que se dice maestros, no hay muchos; digamos que tiende a cero (o sea que no hay ni medio). Pero para compensar, tienen a don Romualdo, el cura, siempre tan…tan…siempre tan cura. Allí, lo que dice don Romualdo va a misa literalmente, y nadie osa ponerlo en duda. Esto le convertiría en el hombre más poderoso del pueblo de no ser porque tarda media hora en acabar una frase. Todo esto viene a cuento de una cosa que me pasó allí en Valdecuerdo, unos pocos días antes de las fiestas locales.
                Yo había decidido ir a misa aquel día, y eso que a mí, las cosas de la religión me atraen bastante poco; pero lo hice para ver a don Romualdo en plena acción. Y acción hubo, pero fue lenta y cansina. Para empezar, tardó media hora en salir de la sacristía, porque según dijo, estaba enseñándole el “espíritu santo” al monaguillo que salió pálido cual muerto andante. De hecho, yo creí que estaba poseído y le tiré el agua bendita de la pila encima mientras trataba de expulsar a Satán de él, pero no me salió bien.
Cuando el cura consiguió llegar al altar con su paso perezoso, se puso a hablar de un señor raro de hace muchos años que debió hacer algo importante. He visto ovejas con más elocuencia que don Romualdo. Cada dos palabras que decía, añadía un “emmm….” que hacía que pareciese que entraba en trance a cada cosa que decía. Dicen que Hitchcock era bueno con lo del suspense, pero don Romualdo lo superaba con mucho.
La única parte medio entretenida de todo aquello, fue que nos regaló galletitas rancias, pero comestibles al fin y al cabo. Y pocas veces he sido tan feliz en mi vida que cuando nos dijo que podíamos irnos.
-ALELUYA.-exclamé tras oír el “podeis ir en paz”, exasperado ya de estar allí. Vi como Romualdo me miraba desde el altar, así que supliqué a quienes estaban a mi alrededor que no le dejasen seguir hablando.
-Mirad,-dijo el cura señalándome.-aún queda…. gente…….. con fe…… en el mundo….. Dios…. aún…… tiene leales.
Y desde entonces me pregunto que quién sería ese tal Dios. Ya me había recorrido el pueblo entero y no había visto a nadie con ese nombre, ni similares.
Pero bueno, al fin y al cabo, aquella tortura psicológica había sido culpa mía por haberme metido en donde no me llamaban, así que decidí no volver. Pero volví, volví: me había quedado enganchado a esas galletas rancias que nos había repartido don Romualdo, así que fui una noche sin que nadie me viese y robé un saco entero de la sacristía.
Aquella mañana compartí el botín con Pelayo, y para mojarlas, qué menos que preparar chocolate fundido (que en realidad se lo robamos a los del bar).
-No están buenas ni ná.-dije yo mientras me metía diez en la boca a la vez.
-Sí,-afirmó Pelayo.-son la hostia.
-Bueno, tampoco es para tanto.
                Acabado el piscolabis, decidimos que  se nos había quedado corto y repetimos el proceso, yo robé las galletas y él el chocolate. Vuelta a empezar, hasta que se apareció don Gervasio, que no dudó en unirse a nosotros. Cuando las probó, las describió como “la hostia de buenas”, que las que se acababa de comer en su casa no valía “ni media hostia” comparada con aquellas.
                Y así, tras igualar esas galletas rancias al miembro viril masculino unas cuantas veces, decidimos repetir el suceso, y me tocó volver a colarme en la iglesia. Y allí empezó todo.
                Una vez me vi dentro de la sacristía, me pareció ver algo que se movía en una esquina: era el monaguillo, que miraba hacia el infinito con los brazos abrazando las rodillas mientras se balanceaba adelante y atrás.
-Espíritu santo.-repetía con voz entrecortada.-Espíritu santo.
                Tan absorto estaba, que ni siquiera se percató de mi presencia, así que seguí en mi búsqueda de las galletas rancias, y allí estaban justo al fondo en un saco se veinte kilos. La sonrisa maquiavélica que se había dibujado en mi rostro se borró en cuanto me acerqué a ellas. De la iglesia, salían voces.
                Miedo absoluto. Aquella podía ser la señal de que se estaba celebrando un acto religioso como el día anterior, y si salía de la sacristía, me vería obligado a presenciarlo. Pero la suerte estaba de mi parte, aquellas voces no sonaban como las del día anterior, sonaban como berridos de satánica bestia. Me asomé a la puerta por descubrir que era aquello, y fue un espectáculo bastante curioso, grotesco incluso cual esperpento de Valle-Inclán.
                La genta bailaba por toda la iglesia, si es que a eso se le puede llamar bailar. Más bien se retorcían y daban saltos por todas partes como si hubiesen metido los dedos en un enchufe. También gritaban cosas raras que supuse incoherentes. Todo el pueblo estaba allí, haciendo lo que se supusiese que estaban haciendo, incluso Elena, que bailaba quizá algo ligera de ropa, pero ya había intentado violarme tantas veces que estaba acostumbrado a verla así. Busqué a don Romualdo entre el tumulto, y ciertamente no fue difícil encontrarlo: estaba sobre el altar con una capa de plumas de colores, con las manos levantadas hacia arriba mientras rezaba en un idioma extraño.
                Me quedé pegado a la pared para evitar la colisión con cualquiera de las ochenteras danzantes allí presentes, y me acorralé un una esquina para sentirme pequeño y atemorizado.
                Tres horas después, lo que fuera aquello acabó cuando el cura invocó al espíritu del Kualalompupu para que nos guiase, y aún así, la gente se fue con sus bailes raros hasta sus respectivas casas. Yo me quedé en aquella esquina hasta bien entrada la noche, cuando decidí salir, esperando no cruzarme con nadie. De vuelta a mi hotel-establo, me enterré en el monton de paja más grande que vi para pasar toda la noche repitiéndome que todo había sido una pesadilla.
                Me levanté con la habitual sonrisa de todos los días para comprobar que nada había cambiado desde la noche anterior, la gente salía a la calle con los bailes estrambóticos y los gritos guturales, y lo peor fue cuando empezaron a rodearme. Solo me quedaba una opción desesperada para escapar de allí.
-¡¡¡¡¡¡¡¡¡GOKU!!!!!!!!!-exclamé.-¡Te necesitoooo!
                Pero no se apareció por allí, solo llegó el amigo suyo ese, el calvo bajito, pero le mataron unas ardillas enfurecidas. Así que estaba sólo ante el peligro. Y justo cuando vi que mi vida pasaba por delante de mis ojos, encontré un hueco entre los frenéticos bailarines pueblerinos. Tuve que usar toda mi habilidad en artes marciales adquirida gracias al exceso de videojuegos para escapar de allí, y salir del cerque que habían tendido en torno a mi persona.
                Conseguí esconderme en el espacio pluridimensional que había dentro de la alberca del pueblo, pero sabía que ni siquiera allí estaría seguro durante demasiado tiempo. Tenía que hacer algo para acabar con aquella locura…Pero no se me ocurría nada, así que saqué las cartas y me puse a jugar al solitario hasta que me acordé, que según la tele, la sabia tele, si matas al vampiro jefe, mueren todos los vampiros menores, así que decidí ir a enfrentarme al seños don Romualdo en el que sería una de las mayores batallas de nuestro mundo.
                Derribé las puertas de la iglesia con un puñetazo, y allí estaba Romualdo, dedicado a sus oraciones en extraña lengua, en cuanto me vio, le hizo una señal al director de la Gran Orquesta de Valdecuerdo para que empezase a tocar algo de música épica, muy dada para la ocasión. Y así comenzó el duelo, solos él, yo, y más de trescientos músicos para acompañar los golpes. Os puedo asegurar que de haber estado allí, no habríais visto nada, pues nuestros ataques eran tan rápidos que serían imperceptibles para el ojo humano. Estuve a punto de hacerme con la victoria en un par de ocasiones, pero no pude evitar la patada voladora que me hizo volar más allá de las puertas de la iglesia.
                Casualmente, en menos de diez minutos, una violenta tormenta había llegado al pueblo, y había empezado a llover fuertemente entre rayo y rayo. Yo había quedado tendido en el suelo, y estaba completamente empapado y lleno de barro, sabía que ese era mi final…
                Pero no, no, aún había una posibilidad de sobrevivir. No se cómo, pero justo a mi lado, al alcance de mi mano, había caído una de esas deliciosas galletas rancias, era mi salvación: en cuanto don Romualdo apareció por la puerta de la iglesia, dispuesto a darme el remate final, arrojé la galleta contra él. Pude ver como giraba hacia él, trazando una trayectoria perfecta hacia su boca. Encesté de pleno.
-Esto…-dijo él, deteniéndose en seco.-esto…está bueno de la hostia.
                Los bailes cesaron, la tormenta se disipó y la gente volvió a su vida normal, como si no recordasen nada de lo que había pasado hasta entonces. Don Romualdo entró en la iglesia en silencio, y todo volvió a ser como antes.
                Nadie volvió a hablar del tema, quizá no se acordasen. Con el tiempo descubrí que todo había ocurrido porque el cura se había pasado toda la noche anterior viendo programas de televidencia y había empezado a creer que todo lo que decían allí era verdad, transmitiéndoselo al resto de vecinos.

                Este hecho debe dejaros claro, lo peligroso que es ver programas de este tipo, jugar con los espíritus es divertido, pero puede llegar a ser peligroso. Como dice el proverbio chino: ”Si invocas al agua, que sea porque quieres que te lleven a algún sitio; si invocas al aire, que sea por que busques su sabiduría; si invocas a la tierra, que sea por que quieres entrar en armonía con ella; y si invocas al fuego, que sea por que tú solo no te apañas para encender la barbacoa.”

Paseo por Valdecuerdo III.

Episodio III: de los exóticos tesoros encontrados por Nicomedes Emiliano Abundio, natural del municipio de Valdecuerdo.

Emiliano Abundio, Nicomedes. Natural de Valdecuerdo con una edad de noventa y cinco años, licenciado en arqueología por la Universidad Congoleña Superior (cuya existencia está aún por demostrar). Es conocido en el pueblo por ser su vecino más ilustre,  uno de los más mayores, y porque el pueblo no llega a los cincuenta habitantes y allí todo el mundo se conoce. Ha pasado los últimos cincuenta años en paradero desconocido.
Esto que ves arriba fue lo primero que averigüé acerca del señor Nicomedes, que se dedicó en cuerpo y alma a la arqueología. Me dijeron que se había adentrado en lo más profundo del Amazonas nada más acabar la carrera, y había escalado el Himalaya años después. Después descubrí que esto era mentira, y que no había salido del pueblo hasta hace cincuenta años cuando partió en busca de un extraño artefacto Sahariano, cerca de Marruecos.
Todo este rollo viene a una cosa que pasó durante mi estancia en Valdecuerdo, unos pocos días antes de las fiestas municipales. Yo me encontraba en el monte con mi amigo Pelayo, que desde que había descubierto su homosexualidad, se había unido a mi cortejo personal de acosadores, junto con Elena, que también estaba allí. Estábamos dedicándonos a lanzar rocas, con la intención de hacerlas orbitar en torno al campanario de la Iglesia, pero no lo conseguimos en ninguno de nuestros intentos, no me explico yo por qué. Quizá fuesen rocas defectuosas.
         Estando en esta importante labor, nos llegó del pueblo un gran ruido, que en principio atribuimos a la cópula de dos reses; pero no tardamos en darnos cuenta de que la causa era otra muy distinta: un dirigible se acababa de estrellar contra la casa del señor Gervasio, y había explotado. Cuando fuimos a ver qué había pasado, nadie se explicaba qué hacía un dirigible allí, si la gasolinera para vehículos como ese estaba en el pueblo de al lado.
Todas las dudas se resolvieron, cuando de los restos del dirigible, bajó un señor de ya cierta edad. Todo el mundo se preguntaba quién sería, y, efectivamente, era él. Nicomedes Emiliano Abundio había vuelto a Valdecuerdo, y traía algo con él: un objeto blanco y alargado, algo extraño.
-Aquí está.-exclamó levantando el objeto. La gente cuchicheó señalándolo, sin explicarse qué sería aquello.-Es…un cuerno de mamut.
-¿Un cuerno de mamut?-dijo el señor Pérez mientras todos los presentes se reían de aquello.-ya tenemos un cuerno de mamut en la iglesia. ¿Para qué queremos otro?
-Ajá, -respondió Nicomedes.-Este no es un colmillo normal, es el famoso Cuerno Sodomizador de Mamut.-la gente se quedó sin aliento, boquiabierta.- Este cuerno es mágico, dicen, ya que está poseído por el espíritu del antiguo Sodom-Izar-Todó.
         La gente quedó en estado de shock ante aquello, sin saber qué responder, algunos incluso se desmayaron.
-Podemos……-dijo al fin el cura don Romualdo.-podemos………exponerlo.
-¿Exponerlo?-saltó don Gervasio.-Ni que hubiese museo en el pueblo.
-Un momento, un momento.-les cortó Nicomedes.-El cuerno es mío, se viene conmigo para mi casa.
         Se formó un revuelo general. La gente quería exponer el cuerno en la iglesia, para atraer a los turistas (los sistemas de imanes no habían funcionado), mientras que el anciano señor Nicomedes se negaba a dárselo. La cuestión se zanjó con una solución que yo mismo propuse: expondríamos el cuerno en el ayuntamiento mientras que al señor Nicomedes la expandíamos en la iglesia. Él se quejó un poco, pero acabó resignándole cuando le amordazamos y apaleamos. Reconozco que no fue una solución del todo justa, pero así tendríamos dos atractivos turísticos distintos.
         Cuando nos cansamos de aspirar los gases que salían del dirigible en llamas, nos dispusimos a pasar la que prometía ser una noche tranquila. Yo volví al establo que me servía de hotel; por suerte, la yegua Jacinta no daría ninguna clase de trompeta aquella noche, como era habitual (todo el pueblo quería que Jacinta les enseñara a tocar la trompeta). Fue algo distinto lo que me despertó de mi dulce sueño, lo que me separó de mis imágenes idealizadas de este mundo material: había alguien gritando en algún lugar del pueblo y había despertado a todo el mundo. En un principio pensé que nos atacaban los dragones que suelen bajar del Peñalara, pero no era eso.
         Corrí hasta la fuente del sonido, donde encontré a mucha gente reunida en torno al señor Pérez, que estaba completamente pálido.
-¿Qué ha pasado?-pregunté, tratando de expresar mis evidentes ganas por conocer lo que había sucedido allí.
-Ay hijo,-me dijo doña Angustias Padrescrueles.-el señor Pérez…
-¿Qué le pasa?-le dije empezando a impacientarme.-¿es grave?
-Ha sido…sodomizado.-dio la casualidad de que en aquel momento se calló todo el mundo de golpe, así que ese “sodomizado” sonó más fuerte. Entonces, acudieron muchas preguntas a mi mente sucia.-Sí, sodomizado, por…por…por un cuerno de mamut.
         No he pasado más miedo que entonces, cuando don Gervasio llegó diciendo que el cuerno había sido robado del ayuntamiento. Entonces todos pensamos que el culpable había sido el señor Nicomedes, pero éste seguía en la vitrina de la iglesia donde le teníamos encerrado.
-Es el espíritu.-nos advirtió a los presentes cuando fuimos a verle.-Sodom no ha hecho más que empezar.
         Todos teníamos miedo, cualquiera podía ser el siguiente en ser violado salvajemente por un objeto prehistórico de gran tamaño, así que durante  los tres días siguientes no durmió nadie.
Con el tiempo, la gente se fue confiando más y más; y justo cuando todos empezamos a creer que lo del señor Pérez había sido una broma cruel, volvió a ocurrir, pero esta vez fue Pelayo el que fue sodomizado brutalmente por el cuerno del mamut en lo más oscuro de la noche. Como él me dijo aquel mismo día, lo que él quería es que hubiese sido yo quien lo hiciese, y no el cuerno de mamut. Pero yo ya había rechazado a Elena, y también le rechacé a él; como ya he dicho varias veces, no quiero manchar esta narración con la marca de la lujuria. A partir de entonces, buscamos el cuerno (que en realidad es más correcto llamarlo colmillo) por todo el pueblo y por los contornos, pero no encontramos nada, y los días siguieron pasando, y cada día fue siendo violada más gente, mucha más gente, incluso Elena, aunque ella fue la única voluntaria, y también me dijo que debería haberme adelantado al cuerno maldito.
         Entonces decidimos hacer una cosa, que fue consultarle al señor Nicomedes, ya que supusimos que sabría algo, y él nos dijo que si le soltábamos, detendría al cuerno. Nadie se negó a aquello, básicamente porque dijimos que quién quisiese votar, debería sentarse en uno de los bancos de la iglesia, y sin sodomizar solo quedábamos tres personas. Cuando salió de la vitrina, Nicomedes nos ordenó que nos hiciésemos los dormidos la noche siguiente en medio de la plaza del pueblo, y le hicimos caso. Mientras, él se quedó dormido en un banco justo en medio, a la vista de todos, esperando que el cuerno tratase de agredirle.
         La espera fue tensa, y pasar la noche al raso fue duro, pero no fue lo más duro contando con que Pelayo se empeñó en dormir a mi lado por si “hacía frío” según él. Pero por fin llegó el momento: Nicomedes dio la voz de alarma, y en un instante, todo el pueblo se presentó en la plaza armados con antorchas, palos, hoces y horcas (uno confundió a la herramienta con el animal y se presentó allí con una pecera enorme).
         Pero, en cuanto vimos aquello, la sorpresa fue general.
-Pero Gervasio.-chilló la mujer del alcalde.-¿has sido tú todo este tiempo?
         El señor Gervasio nos miró a todos perplejo, levantando el cuerno de mamut sobre el anciano señor Nicomedes.
-Ha sido poseído por el espíritu de Sodom. –advertí.-Señor Romualdo, haga algo.
         El cura se apresuró a lanzarle al alcalde un cubo de agua, que supuse que sería bendita, pero la único que consiguió es que el alcalde gruñera y se cagara en lo más “sagrao”.
-No está poseído.-anunció Nicomedes.-No muestra los síntomas que vi en África.
-Pues claro que no estoy poseído.-farfulló Gervasio.
-Entonces…-no me quedaba más que dar lugar a la pregunta evidente.-¿por qué has violado a tantas personas?
-Pos mu simple.-el anciano alcalde se rio.-Por dos cuestiones fundamentalmente: la primera es porque me dedico a la política ¿no?,  y los políticos nos dedicamos a cosas como ésta. Y la segunda razón es que me dije a mi mismo: Gervasio, esto de violar a tus amigos y vecinos, o lo haces ahora, o nunca, así que ni me lo pensé dos veces.
         A la gente del pueblo, aquello no le gustó demasiado, y se decidió que se votaría a otro alcalde, pero os recuerdo que en Valdecuerdo, las votaciones se hacen sentados en los bancos de la iglesia, así que no fue nadie, ya que aún no se habían recuperado del todo de sus…”episodios violacionales”. Así que don Gervasio siguió en el puesto y nadie dijo ni hizo nada. Nicomedes volvió a África y se llevó el cuerno con él, para alivio de todos.
         Supongo que esperabas un final más enfático, lleno de acción, pasión, magia y muerte, pero eso en Valdecuerdo, no suele darse demasiado, así que esto es lo que hay. Si no fuese una historia real, podría haberme inventado algo espectacular, pero debo serle fiel a los hechos.

         Aún así, espero que hayas captado el miedo a ser penetrado sin previo aviso que se esconde en estas líneas, pues, para mí fue como verle la cara a la misma muerte, sentí la crudeza de este mundo, y sobretodo, comprendí el daño que los mamuts nos hicieron en el pasado, y nos siguen haciendo hoy en día. Realmente horrible.