El nuevo Guerenos, tierra de científicos y filósofos y cantamañanas.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Paseo por Valdecuerdo VI.

Episodio VI: De los muchos y muy variados negocios que pueden llegan a florecer en un pueblo de la Meseta Castellana.

                Incluso en los más modestos pueblos que puedas imaginar, se abren cada día más y más negocios, que son la base fundamental de la economía occidental. En sitios como éstos, podemos encontrar diversas cosas de indudable utilidad, así como servicios imprescindibles para la vida en el siglo XXI; siglo convulso y falto de base filosófica, gustoso de ahogar sus penas en una tarjeta de crédito, y a los forasteros despistados en el pilón del pueblo.
                Faltaban ya pocos días para la llegada de las fiestas locales a Valdecuerdo, y la gente en sí, comenzaba a agitarse para que todo estuviese en orden llegado el momento: don Gervasio se molestaba en escribir los pregones, el señor Pérez Estuardo (cuyo nombre seguía siendo aún un interrogante) adecentaba el pueblo, colgando banderines tristes de países diversos en las esquinas, Elena trataba de violarme una y otra vez, mientras Pelayo seguía su ejemplo y don Romualdo le echaba un poquito de marihuana al incensario.
                Todo parecía estar listo cuando de pronto, nos dimos cuenta de justo al lado del establo en el que yo solía dormir, acababa de aparecer un edificio de grandes proporciones, y de colores diversos, muy chillones. ¿Sería ese el resultado de la obra que había durado cinco meses, en los cuales contemplamos como se iba levantando el edificio; o habría aparecido allí por generación espontánea?
-¿Alguien sabe qué es eso?-preguntó don Gervasio, un día que estábamos reunidos en su casa-búnker.
-Había un cartel en la puerta,-comentó Pelayo.-ponía que esta noche sería la recepción de apertura del local.
-Sí…..sí….sí…-añadió don Romualdo;  en ese momento no supimos si quería decir algo, o es que estaba teniendo un orgasmo.-en… los…caaaartelesss……ponen cosassssssss…….
-Vale, está bien, vayamos a ver que pasa en ese sitio.-respondí yo.-Con suerte,  lo mismo tienen galletas…
                Nadie podía decirle que no a lo de las galletas, así que decidimos ir, aquella misma noche, a ver qué era aquel misterioso edificio. La verdad es que fuimos un poquito pronto, así que tuvimos que esperar durante más de diez horas delante de la puerta, lo que nos concedió tiempo suficiente como para fijarnos en el gigantesco letrero que había sobre las puertas, y que daba ciertas pistas acerca de la naturaleza abstracta de aquel sitio. “LAELLALOL” se llamaba el lugar en cuestión, nombre que me era curiosamente familiar, pero no sé muy bien por qué.
-Elllolol.-me llamó Pelayo.-¿Te has fijado en que el nombre de éste sitio se parece a…
                Justo cuando iba a resolver mi duda, las ventanas se abrieron de golpe, dejando salir una alegre música de piano. La gran puerta también se abrió, y lo que salió de ésta fue algo bastante distinto a las notas de las ventanas: eran féminas, hembras humanas de una edad no superior a los veinte años. La discusión general que había en el pueblo sobre si hacía frío o no, se resolvió en el acto: empezaba a hacer calor. Por si nos quedaba alguna duda, aquellas mozas nos las resolvieron cuando se liberaron de la parte superior de sus vestidos, ya de por sí bastante cortos.
                ¿Querrían también ellas hacerse con mi chaleco?. Siquiera tuve tiempo de plantearme la pregunta, cuando una de aquellas bellas chicas me agarró por el brazo y me arastró hacia dentro.
-Deja de escribir,-me decía todo el tiempo, tratando de quitarme el cuaderno.-deja de escribir. Suelta eso y cógeme entera.
                Debían escocerla mucho los labios, porque no paraba de lamérselos, mientras se frotaba continuamente sobre mí. Y es por eso, que tengo la letra torcida en este tramo de los apuntes.
-Dámelo.-me decía.-Dame lo que necesito.
                Entonces caí en la cuenta de lo que me estaba diciendo, entendí que era lo que ella quería, y eso me puso muy…muy…muy contento. Me metí la mano debajo de la ropa muy lentamente y con cara de placer mientras ella sonreía muy picaronamente.
-Aquí debajo está lo que quieres, verdad.-la dije.-Está aquí debajo.
-Sí,-gimió ella.-lo quiero todo para mi.
                Yo seguí buscando debajo de mi ropa hasta que al fin di con ello, cosa que me puso bastante contento.
-Pero…-la dije parodiando su tono sensual y provocativo.-¿lo quieres de limón, o lo prefieres de naranja?
-No me importa, me vale cualquier cosa…-debía de estar muy ansiosa, porque ella también empezó a buscar debajo de mi ropa con cierta ansiedad, intentando desabrocharme la camisa.
                Entonces paró en seco y se separó un poco.
-Un momento…-dijo extrañada cuando saqué la bolsa de caramelos.-¿qué es eso?
-Pues…caramelos,¿no?-la dije yo, sorprendido por la pregunta-,me acabas de decir que es lo que tú deseabas y tal y cual.
-Pero yo hablaba de esto.-dijo, acercándose mucho a una zona que todo el mundo se imagina, y a la que otros muchos han intentado llegar sin ser capaces.
-Pero ¿quieres un caramelo o no quieres un caramelo?-le dije, empezando a enfadarme.
-Yo solo quiero tu caramelo, el que escondes tanto.
                Entonces, me alejé de ella de un salto. Me acababa de dar cuenta de que ella no quería caramelos.
-Tú lo que quieres es sexo.-exclamé alterado, guardándome los caramelos en lugar seguro.-¡SEXO!
-Hola, -me dijo ella sarcásticamente, como si fuese idiota.-esto es un burdel, aquí la gente viene buscando eso precisamente.
                Yo salí corriendo de allí por el primer pasillo que encontré, por muy poco caballeroso que pareciese. Y corrí escaleras arriba hasta llegar a una sala más amplia, con una mesa en medio. La escena era, cuanto menos, curiosa: sentados a la mesa estaban el cura, el alcalde, y el señor Pérez, reunidos como si estuviesen tramando algo, y luego, en una esquina, unas cuantas chicas ligeras de ropa cuchicheando mientras les señalaban.
-Un burdel.-exclamé cuando llegué.-Esto es un burdel.
-Silencio.-me rugió el alcalde sin apartar la vista de lo que quiera que estuviesen haciendo entre los tres.
                Yo me acerqué lentamente a ellos, no sin cierta cautela. ”Me llevo veinte…”susurraban de vez en cuando, y otras veces se les oía tirar dados sobre la mesa. Sí, era justo lo que pensáis, estaban jugando al parchís, como si nada de lo que ocurriese a su alrededor tuviese la más mínima importancia. Cuando conseguí ponerme a su lado, el anciano señor don Gervasio se puso en pie de golpe, lanzando el tablero y las fichas por los aires.
-Maldito el sacerdote.-exclamó con la cara roja de rabia.- Deja de comerme las fichas justo cuando están a punto de llegar al final, que así no acabamos nunca.
                Al ver todo tirado por el suelo nos dimos cuenta de que la partida acababa de terminar en aquel momento. Las mozas se rieron desde la esquina  mientras esquivaban el zapato que don Gervasio lanzó contra ellas. Cuando conseguimos calmar al alcalde, yo repetí la afirmación con la cual había entrado.
-Esto es un burdel.-repetí. Todos me miraron como si fuese tonto perdido.
-Pero, ¿nos lo dices, o nos lo cuentas?-se rio una de las prostitutas allí presentes. Como venganza, provoqué en ese momento un silencio incómodo.
                En ese momento, se formó una tensión que se podía incluso esnifar, y que duró casi veinte minutos en los que nadie se atrevía a decir nada, hasta que una voz desgarradora nos llegó desde el piso de arriba; era una voz desesperada que pedía auxilio frenéticamente.
-Un momento…-dije yo con gesto de intriga.-¿Dónde está Pelayo?
                Romualdo, Gervasio y el señor Pérez se miraron entre ellos, y se rieron jocosamente. Entendí que quien gritaba era Pelayo, evidentemente.
-Tenía tres mozas solo para él.-me informó el alcalde.-Y las dijimos que no le dejasen irse sin…bueno, tú ya me entiendes.
                Los gritos eran cada vez más desesperados y agónicos, hasta que de pronto cesaron de golpe tras uno más fuerte que el resto. Al instante, Pelayo bajó tambaleándose por las escaleras, pálido y tembloroso. Todos los presentes menos yo se rieron discretamente de él, que estuvo a punto de desmayarse.
                Pero aquello tampoco duró demasiado, pues desde debajo de una puerta empezó a salir humo.
-Fuego.-advertí.-fuego, todos fuera.
                Salimos corriendo de aquel edificio justo antes de que este se derrumbara sobre nosotros con estrépito, en una marea de llamas y madera chamuscada. Todos nos preguntamos qué había pasado, pero solamente yo obtuve la respuesta cuando miré hacia una colina cercana y vi a todas las mujeres del pueblo reunidas con antorchas y bidones de gasolina.

                Y así fue como se acabó la aventura de “LAELLALOL” en Valdecuerdo, así fue como un negocio tan próspero como hubiese sido aquel, acabó en desastre, pues como nos suelen recordar las más antiguas tragedias griegas, solo hay algo peor que la ira de una mujer: la ira de todas las mujeres del pueblo.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Paseo por Valdecuerdo V.

Episodio V: de como el arte de hacer música llega hasta los más alejados lugares de la Meseta Castellana.


                Desde el Epitafio de Seikilos hasta la macarena, nos encontramos una amplia gama de composiciones musicales que la humanidad ha ido creando a lo largo del tiempo. Ha sido como una necesidad vital que nos ha acompañado desde siempre, dando lugar a grandes genios como Beethoven, Encina, o David el Gnomo, así como a grandes piezas como Bohemian Rapsody, Diferencias sobre Guárdame las Vacas o Paquito el Chocolatero. Han sido muchos los que han intentado triunfar, pero muy pocos los que lo han conseguido. Personalmente, he tenido el placer de conocer a algunos de los grupos que más alto han llegado, a lo largo de mis viajes a través del espacio tiempo.
                Pero vayamos al grano, es decir, a Valdecuerdo, donde unos pocos días antes de las fiestas locales, se decidió celebrar un casting para elegir quién sería la banda que tocase antes del pregón, así que se pusieron anuncios en Internet, por las calles, en la radio, en la televisión china y hasta debajo de las papeleras, para que nadie se lo perdiese. En cuestión de horas, Valcuerdo se había llenado de aspirantes. Unos eran grupos de jóvenes que empezaban a montarse sus pequeñas orgías musicales y querían darse a conocer, otros eran solistas de aspecto apagado que no soltaban más que cursilerías, y hasta vinieron grupos de bailes tradicionales Cherviokosovarkistanianos. También llegó un tal Justino Bieldaber, llegado desde los Montes de Toledo, pero le descalificamos cuando le encontramos sodomizando a un par de cabras.
                Misteriosamente, me eligieron para formar parte del jurado, entre grandes personajes de la música actual como Alfonso X o Freddy Mercury. No entiendo por qué, pero no fue ninguno de los dos, así que todo el peso de la decisión recaería sobre mis sensuales hombros.
                El primer grupo al que descalifiqué, fue a uno que bailaba bailes satánicos llamados “jotas” mientras tocaban un desagradable instrumento superdesagradable llamado “dulzaina” o algo parecido; acto seguido anuncié que no aceptaría a ningún grupo que se pareciese a aquel anterior. Pero no tardó en llegar otro aún peor.
                Montados sobre negros caballos, llegaron por el llano una noche sin luna, con sus negras capas al viento, y sus negras almas salidas del Infierno. Armas oscuras portaban, que con las manos blandían al son de los negros himnos que cantando proferían. Las campanas de la iglesia, tarde nos alertaron, y cuando nos dimos cuenta, aquí ya estaban llegados. Perturbaron nuestras calles con sus roncos alaridos, temblaban de miedo en sus casas, los abuelos y los niños. Por hacer que no entrasen, lancé granadas de luz, mas las batearon ellos con un golpe de laúd. Bien tuve que resignarme a perder esta batalla; bien tuve que resignarme a lo que allí me pasara.
                Era lo que todos pensáis, la Tuna había llegado a Valdecuerdo, decidida a presentarse al concurso, y yo, en mi condición de juez imparcial, me vi obligado a resignarme, y darles una oportunidad, que aprovecharon para berrear lo que les apeteció en aquel momento. De hecho, un carnero que pasaba por allí quiso montarles, creyendo que se trataba de ovejas en celo.
                Cuando acabaron, legó mi momento de gloria, y levanté el dedo índice, señalando hacia la llanura con expresión de ira absoluta. Entonces les pedí, muy amablemente que hicieran el favor de abandonar el pueblo y no regresar en lo que nos quedaba de milenio. Bueno, vale, a lo mejor no lo hice de forma tan amable.
                Para mi sorpresa, y para la de todos los vecinos allí presentes, se fueron sin decir nada, y sin molestar a nadie, cosa curiosa en esta especie de animal prehistórico. Así que ya sólo nos quedaban dos grupos: uno de polka y otro de rock formado por un grupo de alocados jóvenes aficionados. Una elección difícil, y más para un amante de las polkas (suerte que allí no había ninguno).
                A la mañana siguiente, llegó el momento de dar el veredicto ante las autoridades  del pueblo, para lo cual se había montado un gran escenario en la plaza mayor con focos inclusive. Yo subí y desenrollé el antiguo pergamino en el que había escrito mi decisión en lengua rúnica perdida.
-Gentes de Valdecuerdo.-comencé a pregonar.- Tras horas de reflexión intensa, y de seleccionar cuidadosamente a cada uno de los aspirantes para que permaneciese o no en el concurso, he concluido que el grupo que amenizará nuestras fiestas de este año será el de los…
                Me disponía a acabar la frase cuando una gran sombra se cernió sobre el pueblo. Todo el mundo miró hacia arriba para contemplar como sobre nosotros se había aparecido un gran platillo volador de color oscuro. De la monstruosa nave, emergió un rayo de luz mística, que se dirigió contra los dos grupos aspirantes, que estaban allí presentes para escuchar el veredicto.
                Mediante una fuerza misteriosa, los hizo ascender hasta una compuerta del volador objeto, por la que desaparecieron ante la impotencia de todo el pueblo. Nadie sabía que era lo que había pasado hasta que desde las sombras de una esquina, nos llegó una voz que nos era familiar, la voz de uno de los tunos del día anterior.
-Ya no tenéis nadie para que toque en vuestra fiesta, gentes de Valdecuerdo.-nos dijo riéndose con unas profundas y maquiavélicas carcajadas.- Ahora no tenéis más remedio que escucharnos a nosotros.
-Jamás.-exclamé yo mientras un fuerte viento me azotaba la cara, haciendo de aquella escena algo digno de cualquier fantasía épica.-¿Qué has hecho con nuestros aspirantes, malvado tunante?
-Ahora están bajo nuestro poder, y no podréis hacer nada. Las fiestas de Vadecuerdo son nuestras. ¡NUESTRAS!.-y sin decir nada más, se esfumó en una nube de humo negro.
                Yo caí de rodillas al suelo mientras gritaba hacia los cielos.
-¿Es que no hay misericordia en las alturas?-exclamé desgarradoramente. Todo el pueblo se estremeció, e incluso los pájaros salieron volando en bandada desde el torreón de la iglesia.
-Llolol.-me llamó la aparentemente inocente voz de Elena desde el público.-Elllolol,-dijo cuando al fin levante la vista hacia ella.-tienes que hacer algo, Llolol, tienes que salvar a Valdecuerdo de la tuna.
-Sí.-afirmé, levantándome decidido.-Lo haré.
                Aún recuerdo el clamor de la gente dándome las gracias, y tirándome flores, y el tacto suave de Elena, intentando violarme infructuosamente otra vez. De hecho, hasta pinté un cuadro de la escena que ahora se expone en el Museo del Prado.
                 Pero, por muy decidido que estuviese, y por mucho que me dopase cual ciclista, no sabía a dónde había ido aquel platillo volador, ni cómo rescatar a los grupos secuestrados. Así que para resolver e primer interrogante, decidí consultar al Guguel Erz (o como se escriba); descubrí que el platillo había aterrizado sobre los campos de don Marcial, justo al lado del establo donde solía dormir, y a la vista de todos.
                Ahora solo me quedaba trazar un plan de ataque, que sería la parte más difícil de éste periplo. El ataque con heces de vaca no funcionó, y cuando catapultamos a las vacas tampoco. Nos disponíamos a lanzarles a la yegua Jacinta cuando una idea de última hora vino a mi mente. Recordé el más poderoso artefacto de cuantos se hayan visto por esos lares, y que si eres un lector comprometido, (cosa que así espero) quizás recuerdes del Episodio III.
                Efectivamente, me refiero al cuerno de sodomizar, el Cuerno de Mamut de Sodom-Izar. Si no recordaba mal, Nicomedes se lo había llevado con él de regreso a África, pero ahora, lo necesitábamos en Valdecuerdo.
                Corrí hacia el portaviones que teníamos amarrado junto al ayuntamiento, donde me hice con un avión ultrasónico. A penas tardé diez minutos en llegar al campamento del anciano Nicomedes, en lo más profundo de la sabana. Tuve que enfrentarme a tres cíclopes a la vez para demostrar que era digno de portar el cuerno, y cuando lo conseguí al fin, puse rumbo en seguida de vuelta a Valdecuerdo.
                Cuerno en mano, conseguí superar el blindaje del patillo volador de la tuna, accediendo al interior. Con un poder como el que blandía en aquel momento, no me fue difícil rescatar a los grupos cautivos, ni introducir el Cuerno en le tubo digestivo de cuanto tuno como me encontré por delante. Así conseguí erradicar esa amenaza, de una vez por siempre.
                El pueblo agradecido me regaló un vale descuento en una cervecería cutre, mientras esperaba escuchar mi decisión. Evidentemente, elegí a los que bailaban polkas, pero hubo algo que me hizo cambiar de opinión en el último momento, pues oí cómo uno de los integrantes de este grupo le decía algo a otro con un acento extraño.
-Es que soy griego.-me dijo cuando le pregunté.-Concretamente del Peloponeso.
-¿Del Peloponeso?-pregunté yo algo alterado.-¡¡¡ESTO NO ES ESPARTA!!!-y con un puntapié le mandé directo al pozo de la plaza, del que se decía que no tenía fondo.
                Los de las polkas estaban descalificados. Así que sería el grupo de rockeros aficionados quienes tocarían en las fiestas. He decidido no decir su nombre aquí para protegerles de lo que les pudiera llegar a pasar. Devolví el cuerno a Nicomedes, y me dispuse a escribir todo lo ocurrido hasta entonces en esta última aventura en Valdecuerdo.

                Espero que hayas entendido la moraleja de ésta bella historia: nunca aparques un platillo volador en un pueblo, pues no sabes lo que te puede pasar.

Paseo por Valdecuerdo IV.

Episodio IV: De las prácticas religiosas dadas en Valdecuerdo a lo largo de mi estancia allí.


                Por lo general, alguien que imparte una doctrina, suele ser fiel a la misma; o sea, no puede decir cualquier cosa. Por ejemplo: una persona que estudia biología va a clase, y el profesor le dice que el creacionismo es una teoría completamente válida, y con base científica. Evidentemente, a ese alumno le costará creer eso sin que se lo demuestren, y no bajará la cabeza con expresión solemne y dirá “si, maestro”. O por lo menos en el mundo…bueno, civilizado de algún modo. Pero, por supuesto, en Valdecuerdo no es así.
Allí, maestros, lo que se dice maestros, no hay muchos; digamos que tiende a cero (o sea que no hay ni medio). Pero para compensar, tienen a don Romualdo, el cura, siempre tan…tan…siempre tan cura. Allí, lo que dice don Romualdo va a misa literalmente, y nadie osa ponerlo en duda. Esto le convertiría en el hombre más poderoso del pueblo de no ser porque tarda media hora en acabar una frase. Todo esto viene a cuento de una cosa que me pasó allí en Valdecuerdo, unos pocos días antes de las fiestas locales.
                Yo había decidido ir a misa aquel día, y eso que a mí, las cosas de la religión me atraen bastante poco; pero lo hice para ver a don Romualdo en plena acción. Y acción hubo, pero fue lenta y cansina. Para empezar, tardó media hora en salir de la sacristía, porque según dijo, estaba enseñándole el “espíritu santo” al monaguillo que salió pálido cual muerto andante. De hecho, yo creí que estaba poseído y le tiré el agua bendita de la pila encima mientras trataba de expulsar a Satán de él, pero no me salió bien.
Cuando el cura consiguió llegar al altar con su paso perezoso, se puso a hablar de un señor raro de hace muchos años que debió hacer algo importante. He visto ovejas con más elocuencia que don Romualdo. Cada dos palabras que decía, añadía un “emmm….” que hacía que pareciese que entraba en trance a cada cosa que decía. Dicen que Hitchcock era bueno con lo del suspense, pero don Romualdo lo superaba con mucho.
La única parte medio entretenida de todo aquello, fue que nos regaló galletitas rancias, pero comestibles al fin y al cabo. Y pocas veces he sido tan feliz en mi vida que cuando nos dijo que podíamos irnos.
-ALELUYA.-exclamé tras oír el “podeis ir en paz”, exasperado ya de estar allí. Vi como Romualdo me miraba desde el altar, así que supliqué a quienes estaban a mi alrededor que no le dejasen seguir hablando.
-Mirad,-dijo el cura señalándome.-aún queda…. gente…….. con fe…… en el mundo….. Dios…. aún…… tiene leales.
Y desde entonces me pregunto que quién sería ese tal Dios. Ya me había recorrido el pueblo entero y no había visto a nadie con ese nombre, ni similares.
Pero bueno, al fin y al cabo, aquella tortura psicológica había sido culpa mía por haberme metido en donde no me llamaban, así que decidí no volver. Pero volví, volví: me había quedado enganchado a esas galletas rancias que nos había repartido don Romualdo, así que fui una noche sin que nadie me viese y robé un saco entero de la sacristía.
Aquella mañana compartí el botín con Pelayo, y para mojarlas, qué menos que preparar chocolate fundido (que en realidad se lo robamos a los del bar).
-No están buenas ni ná.-dije yo mientras me metía diez en la boca a la vez.
-Sí,-afirmó Pelayo.-son la hostia.
-Bueno, tampoco es para tanto.
                Acabado el piscolabis, decidimos que  se nos había quedado corto y repetimos el proceso, yo robé las galletas y él el chocolate. Vuelta a empezar, hasta que se apareció don Gervasio, que no dudó en unirse a nosotros. Cuando las probó, las describió como “la hostia de buenas”, que las que se acababa de comer en su casa no valía “ni media hostia” comparada con aquellas.
                Y así, tras igualar esas galletas rancias al miembro viril masculino unas cuantas veces, decidimos repetir el suceso, y me tocó volver a colarme en la iglesia. Y allí empezó todo.
                Una vez me vi dentro de la sacristía, me pareció ver algo que se movía en una esquina: era el monaguillo, que miraba hacia el infinito con los brazos abrazando las rodillas mientras se balanceaba adelante y atrás.
-Espíritu santo.-repetía con voz entrecortada.-Espíritu santo.
                Tan absorto estaba, que ni siquiera se percató de mi presencia, así que seguí en mi búsqueda de las galletas rancias, y allí estaban justo al fondo en un saco se veinte kilos. La sonrisa maquiavélica que se había dibujado en mi rostro se borró en cuanto me acerqué a ellas. De la iglesia, salían voces.
                Miedo absoluto. Aquella podía ser la señal de que se estaba celebrando un acto religioso como el día anterior, y si salía de la sacristía, me vería obligado a presenciarlo. Pero la suerte estaba de mi parte, aquellas voces no sonaban como las del día anterior, sonaban como berridos de satánica bestia. Me asomé a la puerta por descubrir que era aquello, y fue un espectáculo bastante curioso, grotesco incluso cual esperpento de Valle-Inclán.
                La genta bailaba por toda la iglesia, si es que a eso se le puede llamar bailar. Más bien se retorcían y daban saltos por todas partes como si hubiesen metido los dedos en un enchufe. También gritaban cosas raras que supuse incoherentes. Todo el pueblo estaba allí, haciendo lo que se supusiese que estaban haciendo, incluso Elena, que bailaba quizá algo ligera de ropa, pero ya había intentado violarme tantas veces que estaba acostumbrado a verla así. Busqué a don Romualdo entre el tumulto, y ciertamente no fue difícil encontrarlo: estaba sobre el altar con una capa de plumas de colores, con las manos levantadas hacia arriba mientras rezaba en un idioma extraño.
                Me quedé pegado a la pared para evitar la colisión con cualquiera de las ochenteras danzantes allí presentes, y me acorralé un una esquina para sentirme pequeño y atemorizado.
                Tres horas después, lo que fuera aquello acabó cuando el cura invocó al espíritu del Kualalompupu para que nos guiase, y aún así, la gente se fue con sus bailes raros hasta sus respectivas casas. Yo me quedé en aquella esquina hasta bien entrada la noche, cuando decidí salir, esperando no cruzarme con nadie. De vuelta a mi hotel-establo, me enterré en el monton de paja más grande que vi para pasar toda la noche repitiéndome que todo había sido una pesadilla.
                Me levanté con la habitual sonrisa de todos los días para comprobar que nada había cambiado desde la noche anterior, la gente salía a la calle con los bailes estrambóticos y los gritos guturales, y lo peor fue cuando empezaron a rodearme. Solo me quedaba una opción desesperada para escapar de allí.
-¡¡¡¡¡¡¡¡¡GOKU!!!!!!!!!-exclamé.-¡Te necesitoooo!
                Pero no se apareció por allí, solo llegó el amigo suyo ese, el calvo bajito, pero le mataron unas ardillas enfurecidas. Así que estaba sólo ante el peligro. Y justo cuando vi que mi vida pasaba por delante de mis ojos, encontré un hueco entre los frenéticos bailarines pueblerinos. Tuve que usar toda mi habilidad en artes marciales adquirida gracias al exceso de videojuegos para escapar de allí, y salir del cerque que habían tendido en torno a mi persona.
                Conseguí esconderme en el espacio pluridimensional que había dentro de la alberca del pueblo, pero sabía que ni siquiera allí estaría seguro durante demasiado tiempo. Tenía que hacer algo para acabar con aquella locura…Pero no se me ocurría nada, así que saqué las cartas y me puse a jugar al solitario hasta que me acordé, que según la tele, la sabia tele, si matas al vampiro jefe, mueren todos los vampiros menores, así que decidí ir a enfrentarme al seños don Romualdo en el que sería una de las mayores batallas de nuestro mundo.
                Derribé las puertas de la iglesia con un puñetazo, y allí estaba Romualdo, dedicado a sus oraciones en extraña lengua, en cuanto me vio, le hizo una señal al director de la Gran Orquesta de Valdecuerdo para que empezase a tocar algo de música épica, muy dada para la ocasión. Y así comenzó el duelo, solos él, yo, y más de trescientos músicos para acompañar los golpes. Os puedo asegurar que de haber estado allí, no habríais visto nada, pues nuestros ataques eran tan rápidos que serían imperceptibles para el ojo humano. Estuve a punto de hacerme con la victoria en un par de ocasiones, pero no pude evitar la patada voladora que me hizo volar más allá de las puertas de la iglesia.
                Casualmente, en menos de diez minutos, una violenta tormenta había llegado al pueblo, y había empezado a llover fuertemente entre rayo y rayo. Yo había quedado tendido en el suelo, y estaba completamente empapado y lleno de barro, sabía que ese era mi final…
                Pero no, no, aún había una posibilidad de sobrevivir. No se cómo, pero justo a mi lado, al alcance de mi mano, había caído una de esas deliciosas galletas rancias, era mi salvación: en cuanto don Romualdo apareció por la puerta de la iglesia, dispuesto a darme el remate final, arrojé la galleta contra él. Pude ver como giraba hacia él, trazando una trayectoria perfecta hacia su boca. Encesté de pleno.
-Esto…-dijo él, deteniéndose en seco.-esto…está bueno de la hostia.
                Los bailes cesaron, la tormenta se disipó y la gente volvió a su vida normal, como si no recordasen nada de lo que había pasado hasta entonces. Don Romualdo entró en la iglesia en silencio, y todo volvió a ser como antes.
                Nadie volvió a hablar del tema, quizá no se acordasen. Con el tiempo descubrí que todo había ocurrido porque el cura se había pasado toda la noche anterior viendo programas de televidencia y había empezado a creer que todo lo que decían allí era verdad, transmitiéndoselo al resto de vecinos.

                Este hecho debe dejaros claro, lo peligroso que es ver programas de este tipo, jugar con los espíritus es divertido, pero puede llegar a ser peligroso. Como dice el proverbio chino: ”Si invocas al agua, que sea porque quieres que te lleven a algún sitio; si invocas al aire, que sea por que busques su sabiduría; si invocas a la tierra, que sea por que quieres entrar en armonía con ella; y si invocas al fuego, que sea por que tú solo no te apañas para encender la barbacoa.”

Paseo por Valdecuerdo III.

Episodio III: de los exóticos tesoros encontrados por Nicomedes Emiliano Abundio, natural del municipio de Valdecuerdo.

Emiliano Abundio, Nicomedes. Natural de Valdecuerdo con una edad de noventa y cinco años, licenciado en arqueología por la Universidad Congoleña Superior (cuya existencia está aún por demostrar). Es conocido en el pueblo por ser su vecino más ilustre,  uno de los más mayores, y porque el pueblo no llega a los cincuenta habitantes y allí todo el mundo se conoce. Ha pasado los últimos cincuenta años en paradero desconocido.
Esto que ves arriba fue lo primero que averigüé acerca del señor Nicomedes, que se dedicó en cuerpo y alma a la arqueología. Me dijeron que se había adentrado en lo más profundo del Amazonas nada más acabar la carrera, y había escalado el Himalaya años después. Después descubrí que esto era mentira, y que no había salido del pueblo hasta hace cincuenta años cuando partió en busca de un extraño artefacto Sahariano, cerca de Marruecos.
Todo este rollo viene a una cosa que pasó durante mi estancia en Valdecuerdo, unos pocos días antes de las fiestas municipales. Yo me encontraba en el monte con mi amigo Pelayo, que desde que había descubierto su homosexualidad, se había unido a mi cortejo personal de acosadores, junto con Elena, que también estaba allí. Estábamos dedicándonos a lanzar rocas, con la intención de hacerlas orbitar en torno al campanario de la Iglesia, pero no lo conseguimos en ninguno de nuestros intentos, no me explico yo por qué. Quizá fuesen rocas defectuosas.
         Estando en esta importante labor, nos llegó del pueblo un gran ruido, que en principio atribuimos a la cópula de dos reses; pero no tardamos en darnos cuenta de que la causa era otra muy distinta: un dirigible se acababa de estrellar contra la casa del señor Gervasio, y había explotado. Cuando fuimos a ver qué había pasado, nadie se explicaba qué hacía un dirigible allí, si la gasolinera para vehículos como ese estaba en el pueblo de al lado.
Todas las dudas se resolvieron, cuando de los restos del dirigible, bajó un señor de ya cierta edad. Todo el mundo se preguntaba quién sería, y, efectivamente, era él. Nicomedes Emiliano Abundio había vuelto a Valdecuerdo, y traía algo con él: un objeto blanco y alargado, algo extraño.
-Aquí está.-exclamó levantando el objeto. La gente cuchicheó señalándolo, sin explicarse qué sería aquello.-Es…un cuerno de mamut.
-¿Un cuerno de mamut?-dijo el señor Pérez mientras todos los presentes se reían de aquello.-ya tenemos un cuerno de mamut en la iglesia. ¿Para qué queremos otro?
-Ajá, -respondió Nicomedes.-Este no es un colmillo normal, es el famoso Cuerno Sodomizador de Mamut.-la gente se quedó sin aliento, boquiabierta.- Este cuerno es mágico, dicen, ya que está poseído por el espíritu del antiguo Sodom-Izar-Todó.
         La gente quedó en estado de shock ante aquello, sin saber qué responder, algunos incluso se desmayaron.
-Podemos……-dijo al fin el cura don Romualdo.-podemos………exponerlo.
-¿Exponerlo?-saltó don Gervasio.-Ni que hubiese museo en el pueblo.
-Un momento, un momento.-les cortó Nicomedes.-El cuerno es mío, se viene conmigo para mi casa.
         Se formó un revuelo general. La gente quería exponer el cuerno en la iglesia, para atraer a los turistas (los sistemas de imanes no habían funcionado), mientras que el anciano señor Nicomedes se negaba a dárselo. La cuestión se zanjó con una solución que yo mismo propuse: expondríamos el cuerno en el ayuntamiento mientras que al señor Nicomedes la expandíamos en la iglesia. Él se quejó un poco, pero acabó resignándole cuando le amordazamos y apaleamos. Reconozco que no fue una solución del todo justa, pero así tendríamos dos atractivos turísticos distintos.
         Cuando nos cansamos de aspirar los gases que salían del dirigible en llamas, nos dispusimos a pasar la que prometía ser una noche tranquila. Yo volví al establo que me servía de hotel; por suerte, la yegua Jacinta no daría ninguna clase de trompeta aquella noche, como era habitual (todo el pueblo quería que Jacinta les enseñara a tocar la trompeta). Fue algo distinto lo que me despertó de mi dulce sueño, lo que me separó de mis imágenes idealizadas de este mundo material: había alguien gritando en algún lugar del pueblo y había despertado a todo el mundo. En un principio pensé que nos atacaban los dragones que suelen bajar del Peñalara, pero no era eso.
         Corrí hasta la fuente del sonido, donde encontré a mucha gente reunida en torno al señor Pérez, que estaba completamente pálido.
-¿Qué ha pasado?-pregunté, tratando de expresar mis evidentes ganas por conocer lo que había sucedido allí.
-Ay hijo,-me dijo doña Angustias Padrescrueles.-el señor Pérez…
-¿Qué le pasa?-le dije empezando a impacientarme.-¿es grave?
-Ha sido…sodomizado.-dio la casualidad de que en aquel momento se calló todo el mundo de golpe, así que ese “sodomizado” sonó más fuerte. Entonces, acudieron muchas preguntas a mi mente sucia.-Sí, sodomizado, por…por…por un cuerno de mamut.
         No he pasado más miedo que entonces, cuando don Gervasio llegó diciendo que el cuerno había sido robado del ayuntamiento. Entonces todos pensamos que el culpable había sido el señor Nicomedes, pero éste seguía en la vitrina de la iglesia donde le teníamos encerrado.
-Es el espíritu.-nos advirtió a los presentes cuando fuimos a verle.-Sodom no ha hecho más que empezar.
         Todos teníamos miedo, cualquiera podía ser el siguiente en ser violado salvajemente por un objeto prehistórico de gran tamaño, así que durante  los tres días siguientes no durmió nadie.
Con el tiempo, la gente se fue confiando más y más; y justo cuando todos empezamos a creer que lo del señor Pérez había sido una broma cruel, volvió a ocurrir, pero esta vez fue Pelayo el que fue sodomizado brutalmente por el cuerno del mamut en lo más oscuro de la noche. Como él me dijo aquel mismo día, lo que él quería es que hubiese sido yo quien lo hiciese, y no el cuerno de mamut. Pero yo ya había rechazado a Elena, y también le rechacé a él; como ya he dicho varias veces, no quiero manchar esta narración con la marca de la lujuria. A partir de entonces, buscamos el cuerno (que en realidad es más correcto llamarlo colmillo) por todo el pueblo y por los contornos, pero no encontramos nada, y los días siguieron pasando, y cada día fue siendo violada más gente, mucha más gente, incluso Elena, aunque ella fue la única voluntaria, y también me dijo que debería haberme adelantado al cuerno maldito.
         Entonces decidimos hacer una cosa, que fue consultarle al señor Nicomedes, ya que supusimos que sabría algo, y él nos dijo que si le soltábamos, detendría al cuerno. Nadie se negó a aquello, básicamente porque dijimos que quién quisiese votar, debería sentarse en uno de los bancos de la iglesia, y sin sodomizar solo quedábamos tres personas. Cuando salió de la vitrina, Nicomedes nos ordenó que nos hiciésemos los dormidos la noche siguiente en medio de la plaza del pueblo, y le hicimos caso. Mientras, él se quedó dormido en un banco justo en medio, a la vista de todos, esperando que el cuerno tratase de agredirle.
         La espera fue tensa, y pasar la noche al raso fue duro, pero no fue lo más duro contando con que Pelayo se empeñó en dormir a mi lado por si “hacía frío” según él. Pero por fin llegó el momento: Nicomedes dio la voz de alarma, y en un instante, todo el pueblo se presentó en la plaza armados con antorchas, palos, hoces y horcas (uno confundió a la herramienta con el animal y se presentó allí con una pecera enorme).
         Pero, en cuanto vimos aquello, la sorpresa fue general.
-Pero Gervasio.-chilló la mujer del alcalde.-¿has sido tú todo este tiempo?
         El señor Gervasio nos miró a todos perplejo, levantando el cuerno de mamut sobre el anciano señor Nicomedes.
-Ha sido poseído por el espíritu de Sodom. –advertí.-Señor Romualdo, haga algo.
         El cura se apresuró a lanzarle al alcalde un cubo de agua, que supuse que sería bendita, pero la único que consiguió es que el alcalde gruñera y se cagara en lo más “sagrao”.
-No está poseído.-anunció Nicomedes.-No muestra los síntomas que vi en África.
-Pues claro que no estoy poseído.-farfulló Gervasio.
-Entonces…-no me quedaba más que dar lugar a la pregunta evidente.-¿por qué has violado a tantas personas?
-Pos mu simple.-el anciano alcalde se rio.-Por dos cuestiones fundamentalmente: la primera es porque me dedico a la política ¿no?,  y los políticos nos dedicamos a cosas como ésta. Y la segunda razón es que me dije a mi mismo: Gervasio, esto de violar a tus amigos y vecinos, o lo haces ahora, o nunca, así que ni me lo pensé dos veces.
         A la gente del pueblo, aquello no le gustó demasiado, y se decidió que se votaría a otro alcalde, pero os recuerdo que en Valdecuerdo, las votaciones se hacen sentados en los bancos de la iglesia, así que no fue nadie, ya que aún no se habían recuperado del todo de sus…”episodios violacionales”. Así que don Gervasio siguió en el puesto y nadie dijo ni hizo nada. Nicomedes volvió a África y se llevó el cuerno con él, para alivio de todos.
         Supongo que esperabas un final más enfático, lleno de acción, pasión, magia y muerte, pero eso en Valdecuerdo, no suele darse demasiado, así que esto es lo que hay. Si no fuese una historia real, podría haberme inventado algo espectacular, pero debo serle fiel a los hechos.

         Aún así, espero que hayas captado el miedo a ser penetrado sin previo aviso que se esconde en estas líneas, pues, para mí fue como verle la cara a la misma muerte, sentí la crudeza de este mundo, y sobretodo, comprendí el daño que los mamuts nos hicieron en el pasado, y nos siguen haciendo hoy en día. Realmente horrible.

Paseo por Veldecuerdo II.

Episodio II: Sobre el acto del cortejo entre los más ilustres personajes de la Meseta Castellana.


En un principio principal, no comprendía el significado de todas esas veces en las que me guiñó el ojo de forma picaresca, ni todas aquellas ocasiones en las que se lamía lentamente el labio superior cada vez que nos mirábamos y nadie podía verla, pero al final, todo cobró un sentido, y fue una historia de amor muy bonita, pero también cruel y dolorosa.
Ella era Elena, Elena Pérez, hija del Señor Pérez, a quién quizás recuerdes del Episodio I, y de quién jamás supe el nombre. Elena era alta, de largo pelo entre rubio y castaño, fracciones dulces, ojos claros y cuerpo digno de cualquier supermodelo de dieciocho, que es la edad que tenía. Su voz era agradable, y siempre tenía un comentario inteligente que hacer; ya de paso también olía bien. Además de su más que envidiable presencia física, era una excelente conversadora, y podía seguir una conversación sobre física cuántica exactamente igual que una sobre historia medieval (está estudiando historia). Desde que la conocí, me quedó bastante claro que sería la chica perfecta para cualquier hombre capaz de hablar de otras cosas a parte de fútbol, que a ella no le gusta.
Bien, la cuestión está en que Pelayo, nieto de Don Gervasio, la pretendía desde hace tiempo, y fue casualidad que Pelayo fuese de mis mejores amigos en Valdecuerdo.
-Llolol,-me dijo en una de las mesas del bar, pues así me llamaban en aquel pueblo para ahorrarse la primera “e”.-¿podrías dejar de escribir todo lo que hacemos y escucharme un momento?-me preguntó, pero no me di cuenta de lo que quería hasta que leí lo que acababa de escribir.
-¿Pasa algo?-le pregunte yo, omitiendo la evidencia de que en aquel pueblo SIEMPRE está pasando algo.
-¿Sabes quién es Elena?- me dijo con gesto de preocupación.-¿ya la conoces verdad?
Yo me quedé un rato pensativo, sin saber qué contestarle mientras miraba mi taza de chocolate caliente como si me fuese a revelar el por qué de la vida.
-Que si la conoces.-me repitió el terco, haciendo que mi taza dejase de hablarme.
-No.-le respondí.-Aún no conozco a todo el pueblo.
-Ah, no sé. Como acabas de describirla tan al detalle justo antes de narrar esta conversación, he supuesto que ya la conocías.-entonces me señaló todo el párrafo que había escrito en esa misma hoja. Debí suponer que se refería a esa Elena.
-Ah, claro, la hija del señor Pérez. Sí, sí, la conozco.
-Bien, -comenzó.- todo el pueblo sabe que llevo años detrás de ella. No es nada nuevo. Pero es que ella me omite, no me hace caso…
-Omg.-le corté yo.-Supongo que quieres que te eche una mano ¿no?
-Pues sí, obviamente.-me contestó, cosa que me molestó bastante, y no por el hecho de tener que levantarme, sino por el uso de un derivado de la palabra “obvio”. “Obvio” es una palabreja feucha con demasiadas bes y demasiadas uves por metro cuadrado; os ruego que la sustituyáis por la palabra “elemental” y “elementalmente” que son mucho más agradables al oído. Pero sigamos con la conversación.
-¿Y qué puedo hacer yo?-le pregunté, esperando que no fuese nada cansado.
-Podrías hablar con ella, a ti te hará caso.-me aseguró.-A mí nunca me escucharía.
-No sé que te hace pensar eso, Pelayo. ¿Por qué crees que a mí me escuchará?
-Creo que le caes bien.-señaló.-De hecho, ahora mismo está jugueteando con tu pelo mientras te pone ojitos con cara de abstracción.
-Je, que cosas tienes, Pelayo.-no me podía creer aquello.-No mientas que no es bueno.
-Pero es verdad.-exclamó vehemente.- Está justo a tu derecha. Sólo tienes que mirar.
         Yo me giré con aire irónico hacia dónde él decía, y para mi escarmiento la encontré allí, jugueteando con mi pelo, mi amado pelo, con una expresión casi anonadada, sin dejar de mirarme y suspirando cada cierto tiempo.
-Pues tenías razón.-le admití a Pelayo.-está aquí.
-¿Ves?-me insistió él.-La has caído bien. Tanto que ya ni nos escucha.
-En ese caso,-sentencié yo con seguridad.-solo hay una cosa que debemos hacer.-cogí el chocolate que Elena se había dejado a medio acabar y me lo bebí. Quise limpiarme mis lujuriosos bigotes, pero ella se me adelantó y lo hizo por mí. Cuando le di las gracias, ella me respondió que las gracias se las daría cuando me hiciera lo que quería hacerme.
-¿Crees que podrás hablar con ella?-insistió Pelayo.-¿lo harás?
-Claro, claro. -le respondí yo, dispuesto a hacerlo. Entonces se marchó, convencido de que le ayudaría.
No había ni pasado la salida del bar, me giré yo hacia Elena y la espeté sonriente:
-Pero que majo, ¿y quién era?
Para variar, ella no dijo nada, solo se levantó y me agarró del chaleco para que me levantase yo también. Después me arrastró hasta el baño del local, donde se rasgó la camisa para quitársela, y hubiese hecho lo mismo con la mía si yo no se lo hubiese impedido. Tiró mi cuaderno al suelo así que no pude apuntar la serie de “cumplidos” que me dijo a continuación, pero de haberlos apuntado, los habría censurado seguro.
-Te quiero.-recuerdo que me dijo, y yo, poco habituado a recibir cumplidos tales, de una moza como aquella, tuve que matizar para salir de aquella con dignidad.
-Pero ¿me quieres como concepto o como persona?-la pregunté.
-Loca por ti.-fu la insatisfactoria respuesta.-Loca. Desde que leí El Arlequín he querido (PARTE CENSURADA) entero.
-Pero si aún no he publicado El Arlequín.-protesté intranquilo, esquivado sus intentos de intercambiar fluidos bucales.
-Te lo robé un día que te descuidaste.-respondió jadeante.-Te lo robé de esa cartera marrón que llevas siempre y que todo el mundo dice que es de chica. No te diste ni cuenta. Pero no estaba terminado, y me quedé sin saber como acaba.
-Ah, bien.-dije yo más tranquilo.- Pues al final va el (CENSURADO).
-Oh, sí, -gimió ella.-es genial, genial. Espero que seas igual de sorprendente en la cama.
-Claro que sí.-presumí.-Pocas cosas hay que se me den mejor que dormir.-y orgulloso estoy de ello.
         Seguramente tuviese frío, porque se arrimó mucho a mí, y con mucho, me refiero a mucho mucho; tanto, que perdí el equilibrio y caí al suelo del baño con ella encima. Tras la caída, mi cara quedó sepultada por sus atributos propios femeninos de considerable tamaño, mientras ella seguía luchando contra los botones de mi camisa.
-Todo para mí.-repetía sin parar.-Todo para mí.
         Yo, horrorizado, llegué a la conclusión de que quería robarme el chaleco para quedárselo ella, y eso sí, yo no estaba dispuesto a dárselo. Amo a mis chalecos. Así que para evitar que me lo quitara, me la quité de encima, y quise correr hacia la puerta.
-¡Atrás, ladrona!-la gritaba, intentando que me soltase.-Quita, quita.
         Ya me había liberado de ella cuando se dispuso a utilizar su arma final en un acto desesperado. No sé muy bien de dónde, pero de algún sitio sacó una caja azul con varios globos raros dibujados, unos globos blanquecinos bastante sosos que supuse que usaría para llenarlos de agua y tirármelos. Por suerte, me dio tiempo a huir del bar y correr a refugiarme en el establo donde solía dormir durante mi estancia en Valdecuerdo. Correr mientras escribía lo sucedido no fue fácil, pero allí no me encontraría, mi chaleco estaba a salvo.
         Poco después, aquella noche mientras dormía, se me apareció de nuevo el fantasma de Quevedo, al que ya había visto en otras ocasiones. Cuando me preguntó que qué tal me había ido el día, yo le conté la historia. Se estuvo riendo un buen rato, hasta que por fin me aseguró que mi amado chaleco estaba a salvo, que lo que ella quería era que la diese <<de mis amorosos favores>>, como dijo Quevedo. Entonces caí en la cuenta de que lo que ella quería era ligar conmigo y no alguna de mis amadas prendas.
         En los días siguientes, poco antes de mi partida, se me declaró unas cuantas veces e intentó violarme otras tantas, pero yo no podía permitir que mi odisea pueblerina se viese mancha por la lujuria, así que la drogué y la metí en la cama con Pelayo para que se desfogara, y así es como Pelayo descubrió su homosexualidad.

         Ahora recuerdo esta historia como una verdadera tragicomedia llena de pasión y sufrimiento, y me arrepiento de no haberla hecho el favor de darla lo que ella quería, pero para mí, este relato tenía prioridad. ¿Quién sabe? quizá si la hubiese atendido, quizá ahora algún@ de mis fans más salvajes se sentiría ofendid@.

Paseo por Valdecuerdo I.

No hace mucho, recibí la sugerencia de volver a darle vida a este sitio, que tanto bueno nos trajo en el pasado, por lo menos a mí. Y ¿qué mejor forma de volver a Guerenos que con aquello con lo que comenzó, hace más de un año? Sí, es cierto que volver a subir una serie que ya está más que vista pone en entredicho mi capacidad para la perogrullada, pero no podía dejar Guerenos sin Valdecuerdo. Así que he aquí el primer episodio, y tras de él, todos los demás.



Episodio I: Debate sobre la climatología en Agosto en el ámbito de la Meseta Castellana.


         Hace poco, en verano, he tenido la ocasión de visitar Valdecuerdo, un pueblo, que si os soy sincero, me ha calado muy hondo, y no solo por los cubos de agua que me tiraban por la calle. Sentía la necesidad vital de narrar la experiencia, así que espero que sea de vuestro agrado. Solamente deciros, que me he visto obligado a seleccionar las escenas más relevantes de todo lo sucedido allí. Aquí va la primera:
-Hace frío, ¿no crees?-le preguntó a Don Gervasio.
-Frío hace, frío hace.-respondió éste, colocándose la negra boina sobre la cabeza.-Tanto frío que el agua de los cubos esos, ha acabado por congelarse.
-Pero señor Gervasio,-señaló Pérez Estuardo.-se congelaron cuando los metió dentro del camión frigorífico que le robamos al repartidor el otro día. Tampoco hace tanto frío.
-Sí, no debió dejarlo cerrado con tan sólo un cerrojo,-Don Gervasio esbozó una sonrisa traviesa más propia de un chaval de quince años que de un señor de ochenta.- en el fondo le hicimos un favor al muchacho. Pero aún así sigue haciendo frío.
-Es posible.-dijo el cura despacio, como solía hablar él.-Esssss……..posible……….
-Sí,-volvió a intervenir Pérez Estuardo.-También es cierto que a las tres de la madrugada suele hacer frío. No me hagan mucho caso, pero suele pasar así. También es cierto, que cuando estuve de vulcanólogo dentro del Krakatoa, el día que saltó por los aires, no hacía frío, y eso que era tarde. Pero vayamos al grano, ahora hace frío ya que es tarde. Quizá a mediodía no haga tanto frío, y menos en Agosto.
-Ennnnn…….Agossssstoooooo……..-Don Romualdo, el cura, parecía querer guardar la expectación.-las……….cosas………….se agostan.
-¿Y tú qué opinas?-me preguntó Don Gervasio.-¿crees que hace frío o no?
         Pero yo estaba demasiado ocupado tratando de dejar claro quién tenía frío y quién no, así que ni me enteré de la pregunta, ni de quién tenía frío.
-¡TÚ!-me gritó el anciano alcalde, cual si de una vaca me tratase.-Que si crees que hace frío.
-Emmmm….-respondí yo pensativo.-Sí, empecé a tener frío cuando me tirasteis al pilón del pueblo esta madrugada y le regalasteis mi trenca nueva al perro de Faustino.-era un perro bonito, así que aquello no me molestó tanto. Tampoco conseguí explicarme por qué seguía llevando trenca en Agosto.
-Bien, bien.-se alegró Don Gervasio.-Pero el problema sigue ahí.
-¿Cuál es el problema?-preguntó el señor Pérez.
-Pues el de siempre, señor Pérez, el de siempre.-Don Gervasio agarró al pobre señor Pérez por los hombros y comenzó a zarandearle violentamente.-No hay consenso-le espetó.- No hay consenso alguno.
-Pero ¿qué consenso quiere ahora?-le preguntó Pérez cuando consiguió liberarse de las zarpas del anciano.
-Pos sobre el frío, ¿no?. Sobre el frío. No nos ponemos de acuerdo sobre si hace frío o no.
         El señor Pérez soltó tal carcajada que se la cayó la boina de la cabeza, y casi tira también la del alcalde.
-Pero si eso no es un problema ni es ná.-dijo cuando consiguió dejar de reírse.-Si yo solo había hecho esa pregunta para romper el hielo.
-Jeje.-intervine yo con uno de mis chistes malos en mente.-Si lo que quería era romper el hielo, señor Pérez, debería haber preguntado si hacía calor, no si hacía frío.
         Para variar, no se rio nadie, clara prueba de su falta de sentido del humor.
-¿Alguien sabe ya por qué ha venido al pueblo?-les preguntó el alcalde a los demás como si yo no pudiese oírles.
-Dijo….que huía de sus fans…. o algo así.-le respondió el cura.
-No sé, no sé.-susurró el señor Pérez.-Lleva un rato escribiendo todo lo que hacemos y decimos. Lo mismo nos hace famosos.
-Lo mismo….lo mismo……loooooo mismooooooooo….. nos deja de seguir en Twitter.-añadió el cura.
-Baf,-gruñó el alcalde en tono despectivo.-dejad de farfullar y votemos, que para esto nos pagan.
-A mí no me pa…-comenzó a decir el señor Pérez, pero el alcalde le cortó sin darle tiempo a acabar la frase.
-Votos a favor de que hace frío.-gritó, y de los cuatro que estábamos allí, solo levantamos la mano él y yo. Les pregunte que por qué habían tenido mi voto en cuenta, pero me dijeron que lo mejor era que no lo supiese. El cura también estuvo a punto, pero se declaró indeciso, aunque acabó levantando la mano cuando se pidieron votos a favor de que no hacía frío.
-Empate.-anunció Pérez como si hubiese sido el único que había llegado a aquella conclusión. Don Gervasio repitió el recuento por si habíamos contado mal, y no estuvo contento hasta la tercera vuelta de la votación.
-Bien.-dijo.-Nos hace falta otro voto para desempatar.-entonces se giró hacia su casa, que se encontraba al otro lado de la era.-¡Paca!¡Paca! Ahomaté, que noj falta un vóto.-gritó con su maravillosa y dulce voz, al más sofisticado estilo pastoril, pero no obtuvo respuesta alguna de su mujer.-¡Francijca!¡Francijca!-volvió a decir, pero al ver que seguía sin contestarle, cogió del suelo la piedra más grande de los alrededores y la tiró contra una ventana. Sorprendentemente, la piedra rabotó contra el cristal, deshaciéndose en pedruscos más pequeños, dejando el vidrio intacto. Clara prueba de que las casas antiguas son más resistentes que las de ahora. Entonces sí que Doña Francisca, la Gervasia, se dignó a asomarse.-¡Paca!¡¿crees que hace frío?!
-Yo que sé.-se limitó a decir la señora antes de volverse adentro.-Mira los grajos.
         No encontramos muchos grajos a las tres de la madrugada, pero por suerte, acabó pasando uno con forma de murciélago, a poca altura. Así conseguimos deducir que hacía bastante frío a pesar de ser agosto. Ésta fue la primera escena relevante que me sucedió en Valdecuerdo, días antes de las fiestas locales que puede que algún día me moleste en describir.
         Desde luego, fue un momento de alta tensión política que jamás podré olvidar. Presenciar un debate se tal relevancia socioeconómica pueden llegar a cambiar la vida de uno; ahora puedo presumir de haber debatido con tres de las mayores mentes de la historia de la humanidad, aprendiendo de ellos valores tales como el respeto hacia los demás.

         Sinceramente, os recomiendo encarecidamente que visitéis este pequeño pueblecito de la Meseta Castellana, y que disfrutéis de sus maravillosos habitantes y sus muchos puntos de interés (como el majano), igual que he hecho yo este último verano.

lunes, 7 de octubre de 2013

Manzanas.

                                                               
Podríamos estar hablando horas sobre las manzanas; las hay de muchos tipos, y hay gente que las ama, y gente que las odia, así como gente que se muestra bastante indiferente al respecto. Pero lo que la mayoría de la gente ignora, es que la manzana no es solo una fruta de lo más tediosa, sino que también es un símbolo, un símbolo antiguo que alberga una profundidad que va mucho más allá que cualquier marca comercial que todos conocemos. Me explico:
La manzana aparece mencionada en el génesis. Realmente este libro no habla de una manzana exactamente, pero la tradición popular la ha concedido este papel en la historia. Allí se dice que la manzana es el fruto del árbol del que los hombres no deben comer, el Árbol de la Ciencia; aquel que pruebe su fruto, obtendrá un conocimiento sobre el bien y el mal que, por algún motivo, Dios no quiere que tengamos. Y acabamos de encontrar el primer significado de la manzana como símbolo: el conocimiento. Meditemos un poco acerca de esta cuestión y de este mito, que alberga una significación de lo más interesante. En el Paraíso, el hombre (y la mujer, evidentemente), vive de una forma relajada y sin problemas de ningún tipo, teniendo todo lo que necesita o desea al alcance de su mano, porque Dios le provee de eso. Pero tiene una condición, no ha de probar las manzanas, lo cual podría traducirse en que no debe buscar el conocimiento, según lo dicho anteriormente. Cuando tanto Adán como Eva prueban la manzana, adquieren el conocimiento de sí mismos, y son expulsados de su nidito de amor. ¿Por qué tiene Dios miedo del conocimiento? Traslademos el mito a nuestro propio mundo.
                                                             
Antes de que apareciese la ciencia como la entendemos hoy en día, el hombre era incapaz de comprender los sucesos que se daban en la naturaleza, como la caída de los rayos o el resurgir de las estaciones, por ello se crearon las figuras de los dioses, como una primera teoría explicativa. Según el hombre fue comiendo de la manzana, es decir, investigando, los dioses fueron perdiendo su peso en las vidas de los hombres y fueron desapareciendo, o quedando relegados a simples aspectos formales, refugiándose en los rincones aún inexplorados por la ciencia. Por eso la Biblia nos advierte que no debemos hacer ciencia, porque relega a Dios a sus mínimos existenciales, amenazándonos con la pérdida del Paraíso (que realmente representa al dogma). Pero la Biblia fue escrita hace demasiado tiempo, ahora sabemos que la ciencia no provoca mal alguno para los hombres si es mal empleada, sino que a través de ella, poco a poco vamos alcanzando un mundo mejor, en la mayoría de los casos. Queda concluir que Eva no hizo mal en probar la manzana, aunque en aquel momento no la sentase demasiado bien, pues liberó al humano de su dependencia de lo divino y le dio el control de sus propias vidas.
La manzana vuelve a aparecer en el siglo XVII, esta vez en una famosa anécdota que le sucedió al famoso físico-matemático-teólogo-alquimista Sir Isaac Newton, quien a mi parecer, fue la mayor mente que ha existido nunca. Esta anécdota también es (seguramente) falsa, como el mito anterior, pero una vez más aparece la manzana como símbolo del conocimiento, al menos de forma abstracta.
Newton estaba sentado debajo de un manzano; en aquel momento, la universidad en la que trabajaba sufría un brote de peste, que había obligado a suspender el curso. Como era normal en él, se encontraba en un profundo debate interno acerca del movimiento de los planetas, que era uno de los temas de moda de la época. De pronto, una manzana cayó del árbol ante él, inspirándole, según se dice su teoría de la gravedad. Bien, de nuevo nos encontramos una alegoría de la manzana como símbolo del conocimiento: a Newton no le cayó nada encima, lo que significa es que Newton dio con la solución que estaba buscando desde hacía tiempo, resolviendo así uno de los grandes problemas de la humanidad como el del movimiento de los cuerpos celestes. La manzana es ese conocimiento que encontró, es la ciencia.
                                                         
Y aunque me encantaría contar más sobre este genio, pero tampoco es cuestión de irse por las ramas, excepto si son ramas de un manzano. La siguiente aparición de las manzanas en la historia, se da en uno de los episodios más dramáticos de la historia de la Ciencia. Empecemos por el principio:
Durante la segunda guerra mundial, el ejército alemán se valía de la conocida máquina “enigma” para enviar mensajes codificados entre sus tropas. Esta máquina lo que hacía esencialmente era codificar y descodificar. El ejército aliado necesitaba descifrar esos mensajes para prever los ataques, así que se convocó a varios matemáticos con la misión de desvelar dichos códigos. Uno de ellos era el joven Alan Turing, que consiguió no solo resolver el problema de la máquina alemana, sino crear la llamada máquina de Turing, un aparato por el cual se predecía el funcionamiento de un ordenador, antes incluso de que se inventasen los ordenadores; realmente fascinante. Acabada la guerra, se descubrió que Turing era homosexual, lo cual estaba penado en Reino Unido en la época en la que él vivió. Fue condenado a tratarse con hormonas durante unos años, lo cual le condujo al suicidio. Para despedirse del mundo, decidió contaminar una manzana con cianuro y comérsela, lo que acabó en el acto con él. Una historia que debería enseñarnos mucho a muchos.
                                                             
Como podemos ver, esta fruta, aparentemente inocente, ha acompañado durante siglos al conocimiento. Un objeto tan cotidiano puede contener muchos sentidos inesperados. Y esto no acaba aquí. Recordemos también cuando al pobre Paris le obligan a elegir entre tres diosas, obligándole a entregar una manzana a una de las tres. Aquí la manzana representa la belleza (¿podríamos quizá, relacionar ciencia y belleza?), y luego está el mito de Hércules y las manzanas de las Hespérides, y otros muchos relatos más los que la manzana adquiere un papel importante.
Ya represente la belleza, el conocimiento o el reconocimiento deberíamos “comer manzanas”.